Desde que se despidió como jugador de fútbol el domingo 25 de octubre de 1997 en un River-Boca, Diego siempre pareció buscar un destino profesional que lo colmara y sin embargo no lo encontró, hasta que hace unos años logró resignificar su pasión en el rol de entrenador

Hace más de una década, el Flaco Menotti nos dijo sin ningún afán crítico: “Diego conserva una pasión auténtica y notable por el fútbol, pero creo que le falta vocación para ser entrenador. Siempre tiene demasiados ruidos a su alrededor”.

¿A que se refería Menotti? A la necesidad de ejercer una dedicación exclusiva para poder desarrollarse y crecer. A sentirse entrenador todos los días, más allá de estar ligado a un club o no. A intentar descubrir los misterios del juego y cultivar conocimientos para volcarlos en esa labor. A dejar de lado otras opciones farandulescas que siempre aparecen en cualquier lugar y circunstancia.

Por aquellos días, cuando Menotti efectuó esa observación que citamos en el arranque, no parecía que Maradona pudiera enfocarse en el rol de entrenador. Lo visitaban, sin pausas, numerosos estímulos que trascendían las páginas más o menos luminosas del fútbol. Y él atendía esa agenda errática y siempre inconclusa que lo llevaba de viaje a diferentes destinos más próximos al show que a satisfacer sus necesidades futbolísticas.

Pero desde hace unos años, el hombre que el próximo 30 de octubre cumplirá seis décadas, comenzó a desandar un camino más estable y preciso, con todas las particularidades y contrapuntos que pueda encerrar la figura de Maradona. Ese camino fue, en definitiva, refugiarse en su territorio. En el territorio del fútbol. Desde mayo de 2017, dirigió en los Emiratos Arabes a un club de segunda división (Al Fujairah). En septiembre de 2018, condujo a los Dorados de Sinaloa, de la división de ascenso del fútbol mexicano.

Y en septiembre de 2019 se produjo su regreso al fútbol argentino (había conducido luego del Mundial en Estados Unidos a Deportivo Mandiyú en 1994 durante 12 partidos, a Racing en 1995, 11 partidos y a la Selección en Sudáfrica 2010) como técnico de Gimnasia y Esgrima La Plata, vínculo que se extenderá, en principio, hasta diciembre de 2021.

¿Podría anticiparse que después de infinitas marchas y contramarchas logró encontrar su lugar en el mundo, luego de despedirse como jugador de fútbol el 25 de octubre de 1997 frente a River en el Monumental? Es muy apresurado confirmarlo. Pero nunca como antes, manifestó sentirse protegido por cierta regularidad en la función de entrenador.

Los “ruidos” no pocos ni menores que siempre acompañan su presencia siguen conservando un espacio muy influyente. Están ahí. Intocables. Y a la espera de una oportunidad. Porque no cambiaron los contornos. Ni se modificaron de manera radical esos escenarios.

Quizás lo que cambió (en que medida se desconoce y quizás ni el propio Diego lo sabe) es su interpretación de los hechos que él produce sin que lo advierta. O quizás al borde de los 60 años redescubrió que su único y gran cable a tierra continúa siendo el poder del fútbol.

“El que más puso de su parte para continuar en Gimnasia reconsiderando sus ingresos, fue Maradona”, afirmó el vicepresidente del Lobo, Jorge Reina. Esta continuidad no parece ser apenas un episodio para alimentar su ficha estadística. Refleja la persistencia de una búsqueda. O de un horizonte profesional que no deja de ser un horizonte existencial.

No se puede hablar de certezas. Se puede hablar de presunciones. Maradona, luego de muchos años, quizás encontró un lugar. Que va más allá de Gimnasia. Pero que hoy es Gimnasia.

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