El actual técnico de Quilmes pone en el foco de su mirada la actitud de la sociedad, priorizando el tener sobre otros valores muy postergados. La catástrofe sanitaria mundial generada por el COVID-19 debería abrirle paso a otro escenario que trascienda los voluntarismos

“Nos estamos dando cuenta de que el ser humano y su naturaleza, la ambición por el poder y creer que podemos con todo nos llevó a esta situación. Puede servir para que tomemos conciencia de que hay cosas más importantes que el poder y el dinero: el amor, la familia. la salud. Si lo que pasa sirve para nos caiga esa ficha, será para mejor. La realidad es que no somos solidarios. Nos importa más el dinero que la solidaridad. Tiene que haber muchos que decidan cambiar eso y no uno agarrando la bandera. La sociedad en la que vivimos divide más de lo que une”.

Las palabras que el entrenador de Quilmes, Facundo Sava, utilizó (en nota al diario Olé) para describir los disvalores de las sociedades contemporáneas, no podrían ni tendrían que sorprender a nadie. Todos sabemos que la interpretación de Sava no admite lecturas contrarias. La ausencia de solidaridades efectivas y no declamatorias trasciende la aldea globalizada del fútbol, porque forma parte de la matriz ideológica que le allana el camino al capitalismo radicalizado.

Plantearlo ahora, como lo hizo Sava, es hasta bien recibido por las distintas audiencias que acompañan al fútbol y por otras audiencias a las que el fútbol no les mueve ni un pelo. En situación de catástrofe humanitaria, cuando absolutamente todo está en riesgo real, se cuentan como excepciones rabiosas y perturbadas aquellos que en público o en privado se ponen en la vereda de enfrente de solidaridades extendidas, compromisos sociales, construcciones colectivas y sensibilidades que interactúan con el amor, la familia y la salud integral de la comunidad.

Claro que exigir de la noche a la mañana grandes transformaciones sociales en el marco de complejidades sanitarias extremas (la irrupción fulminante del coronavirus), no parece ser otra cosa que un tributo dorado al voluntarismo.

Las sociedades del pasado y del presente no se bañaron ni se bañan todos los días en agua bendita. En muchísimos casos son rehenes aplicados de atmósferas que le ponen arriba de la mesa las posibilidades de realizarse en el altar de la sociedad de consumo. Como si a mayor consumo, mayor plenitud existencial. Y a la distancia cualquiera sabe que esta conexión aspiracional tan amplia, es totalmente falsa. Porque entre otras cosas, no todos están en condiciones de poder consumir. Ni de poder satisfacer sus necesidades básicas.

Los razonamientos y conceptos de Sava, seguramente son muy bien intencionados. Y así los consideramos. Pero Sava, en este plano, peca de voluntarista. Los valores que reivindica muy difícilmente se conquisten por generación espontánea. Son construcciones diarias. Y son ladrillos que se van sumando, sin pausas, a otros ladrillos que terminan conformando un diseño y un perfil social homogéneo.

Es cierto, en las grandes crisis (de todo tipo y calibre) suelen surgir grandes respuestas. Y también grandes falacias. O simplificaciones intelectuales que aportan confusión. Distinguirlas nunca ha sido sencillo. Adquirir solidaridades y comprensión total de las circunstancias en momentos dramáticos, cuando la solidaridad y la comprensión fue y es un faltante clamoroso de las sociedades desatentas y distraídas, es una demanda gigante y revolucionaria. Ponerla en marcha es un desafío impresionante.

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