La disputa en el triángulo de hierro libertario es una pelea por el control político, territorial, comunicacional y hasta emocional del Gobierno.
La paz en el triángulo de hierro libertario parece más un alto el fuego que una reconciliación duradera. Javier Milei logró en los últimos días mostrar una foto de unidad entre Karina Milei y Santiago Caputo, después de semanas de tensión expuesta a cielo abierto, pero en la Casa Rosada casi nadie cree que la tregua vaya a durar demasiado. El conflicto ya dejó de ser una discusión de egos o estilos: es una pelea por el control político, territorial, comunicacional y hasta emocional del Gobierno. Y, sobre todo, por la administración del poder alrededor de un presidente que depende cada vez más de ambos y que, justamente por eso, parece incapaz de disciplinarlos.
La interna explotó públicamente a partir de la guerra digital entre el entorno de Santiago Caputo y el sector alineado con Martín Menem y Karina Milei. Lo que comenzó como una disputa en redes sociales terminó exponiendo algo mucho más profundo: la fractura entre dos modelos de construcción dentro del oficialismo. De un lado, Karina y “Lule” Menem, enfocados en el armado partidario y el control territorial de La Libertad Avanza. Del otro, Caputo y “Las Fuerzas del Cielo”, obsesionados con la narrativa, la comunicación y el manejo de resortes estratégicos del Estado.
En Balcarce 50 admiten que la tensión llegó a un nivel desconocido incluso para un Gobierno acostumbrado a las peleas internas. La diferencia es que antes las disputas quedaban encapsuladas. Ahora se libran en redes sociales, con operaciones cruzadas, filtraciones y mensajes encriptados que terminan impactando en la gestión y deteriorando la imagen de orden que Milei intenta proyectar.
El problema para el presidente es que necesita a ambos. Karina Milei es mucho más que una hermana: es la administradora de la intimidad presidencial, la guardiana del acceso al jefe de Estado y la responsable del armado político nacional. Santiago Caputo, en cambio, se convirtió en el gran arquitecto comunicacional y en un operador todoterreno con influencia creciente sobre áreas sensibles del Gobierno. Desde la salida de Nicolás Posse, Milei repartió funciones, pero nunca terminó de establecer límites claros. Y ese vacío es el que alimenta la pelea.
La tregua empezó a escenificarse el 25 de Mayo durante el Tedeum en la Catedral Metropolitana. Allí aparecieron juntos Karina, Caputo, Martín Menem y el resto de la plana mayor libertaria. La imagen buscó enviar un mensaje político hacia adentro y hacia afuera: el Gobierno intentó transmitir que el conflicto estaba contenido. Incluso hubo gestos mínimos que en la lógica oficialista fueron leídos como señales de descompresión.
Pero debajo de esa foto persiste la desconfianza. Cerca del karinismo creen que Santiago Caputo acumuló demasiado poder durante 2024 y parte de 2025, especialmente en organismos sensibles como ARCA, la SIDE y áreas estratégicas del Estado. Del lado caputista, en cambio, sostienen que Karina busca encapsular el Gobierno dentro de una estructura política cerrada y con lógica de obediencia absoluta. La pelea no es ideológica: es por control.
En el oficialismo reconocen además otro dato delicado: Milei ya no arbitra la interna, apenas la contiene. Durante los últimos episodios evitó tomar partido explícito. Primero respaldó indirectamente mensajes del sector de Caputo; después validó públicamente la versión de Martín Menem. El resultado fue paradójico: ambos bandos sintieron que habían ganado.
La pregunta que circula en despachos oficiales, en los círculos empresarios y hasta en las mesas de dinero es por cuánto tiempo puede sostenerse este equilibrio inestable. Porque la tregua parece apoyarse más en la conveniencia electoral que en una verdadera reconciliación política. Ninguno quiere dinamitar el Gobierno antes de las elecciones presidenciales que podrían llevar a Javier Milei a una reeleccion. Pero, al mismo tiempo, ambos se preparan para disputar la etapa siguiente: la construcción del mileísmo post 2026. ¿O se podría hablar del “post milésimo”? Hoy es difícil saberlo.
Karina Milei está convencida de que el futuro del proyecto libertario depende de consolidar una estructura partidaria vertical, disciplinada y manejada desde la Secretaría General. Por eso avanzó sobre el armado nacional, el control de candidaturas y el cierre de acuerdos provinciales. Santiago Caputo, en cambio, apuesta a construir poder desde otro lugar: influencia intelectual, manejo de la conversación pública y articulación con sectores empresariales, mediáticos y judiciales. Son dos modelos de poder que conviven, pero apenas.
El problema es que el Gobierno atraviesa además una etapa donde la política empezó a pesar más que la épica económica inicial. La desaceleración inflacionaria ya no alcanza por sí sola para ordenar el frente interno. Y aunque los precios ya no suben al ritmo de aquel diciembre de 2023 y la macroeconomía luce más ordenada, lo cierto es que el consumo no para de caer, las familias no llegan ni al 15 de cada mes y el desempleo acecha.
La gestión necesita coordinación, volumen político y capacidad de administrar tensiones. Y justamente ahí aparecen las fragilidades de un esquema extremadamente personalizado. Y donde la interna no para de esmerilar el poder de un Gobierno que llego siendo un grupo de amigos sin estructura partidaria alguna.
En privado, dirigentes libertarios admiten que la pelea desgasta a todos. Algunos temen que termine afectando incluso el vínculo emocional del presidente con su círculo más íntimo. Otros creen que Milei seguirá apostando a un equilibrio precario porque romper con alguno de los dos implicaría amputarse políticamente. Karina representa la confianza absoluta. Caputo, la ingeniería del poder. El presidente parece decidido a convivir con ambos, aunque eso implique administrar una guerra fría permanente.
Por eso la tregua actual tiene más olor a pausa táctica que a solución definitiva. En la Casa Rosada creen que el conflicto puede bajar algunas semanas, especialmente mientras el Gobierno necesite mostrar cohesión institucional. Pero nadie se anima a garantizar que no vuelva a explotar ante la próxima discusión por candidaturas, cajas, estrategia o comunicación. En el mileísmo todos saben que la pelea quedó apenas suspendida. Y que debajo de la foto de unidad todavía siguen encendidas las brasas de una interna que amenaza con convertirse en el principal problema político del Gobierno.
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