Maradona y Messi están en la galería de los monstruos del fútbol de todos los tiempos, más allá de la épica inigualable que encarnó Diego superando a cualquier competidor. Entre ellos a Messi. Esa épica de Maradona para interpretar el juego y todas sus circunstancias y contextos más o menos adversos, es el capital futbolístico que lo mostró como un jugador total e imposible de igualar.
¿Qué tiene Osvaldo para brillar como una estrella que no es? Un estuche más pesado que el contenido. Esto no significa que sea un delantero del montón. El estuche son las formas, el diseño, la onda, el look, el color. Es el afuera. Hugo Gatti también tenía ese estuche aunque no cultivara su adhesión a la cultura del rock. Pero vendía desenfado y circo el Loco. Era distinto. Pero además era distinto adentro de la cancha a la hora cumplir con la función de arquero. Nunca fue un arquero más. Nunca quiso serlo. Ni lo fue. Anticipaba los tiempos. Como el gran Amadeo Carrizo, en definitiva su mentor. O como el legendario arquero ruso Lev Yashin (apodado la Araña negra por su vestimenta), también admirado por Gatti.
Osvaldo no es un distinto adentro de la cancha. No es un loco lindo en el verde césped. No hace lo que no hace nadie. Como Gatti. Como Houseman. Como Mané Garrincha. Como el Loco Corbatta. Como George Best. Como Eric Cantoná. Ahí, en la quinta de 105 metros por 70, Osvaldo no transgrede. No rompe los equilibrios formales. ¿Por qué si es tan atrevido afuera no lo es adentro? Porque no tiene ese talento ni esa sana locura que distingue a los tipos que caminan por arriba de los convencionalismos con absoluta espontaneidad.
Sabe como pocos Osvaldo llevar agua para su molino. Aún sin convertir golazos infernales. Aún sin jugar. Seguramente por esta condición que no es menor llegó a Boca en dos oportunidades. Y en las dos su arribo pareció la de un jugador de condiciones extraordinarias que resiste todos los análisis. Y no es así.
Muy lejos estuvo de romperla en Boca en el primer semestre del año pasado. Jugó 16 partidos y convirtió 7 goles, 6 de ellos en los primeros 7 encuentros. Los números, igual, siempre son relativos e insuficientes, aunque sean irrebatibles. Pero por encima de los datos duros, el muchacho de 30 años (los cumplió el 12 de enero), denunció que tiene buenos recursos, aunque su afiebrado y turbulento vínculo con los medios, los programas y las revistas del corazón no hayan guardado ninguna relación con el nivel de fútbol que expresó. Que fue aceptable, pero no brillante.
A velocidad crucero, Osvaldo se convirtió en Boca en un objeto de consumo. Dio y le dieron. Se mostró y lo mostraron. Lo vieron y se dejó ver. Hizo show para la tele y para la letra escrita. Y después pidió desde el rol de la víctima que pararan con el show. Cuando fue él quien naturalizó su integración al show. El fútbol, en ese escenario bastante bizarro, prácticamente quedó de lado. Y se fue al Porto de Portugal (12 partidos, 1 gol), casi emprendiendo una fuga inevitable para apaciguar los avatares de su vida más pública que privada sometida a los fisgones de turno.
En este regreso a Boca, anuncia más fútbol y menos interés en subordinarse a la lógica bastardeada de la frivolidad vernácula. A eso apuesta otra vez Boca. A que se venda menos. Y que juegue más. A que construya una sociedad de altos beneficios con Carlos Tevez. Claro que tampoco seamos tan inocentes: una medida aceptada y quizás consensuada de Osvaldo haciendo la pareja perfecta con Tevez, festejando y posando para todos los flashes habidos y por haber, es una postal de Boca en estado de gracia que no debe caerle nada mal a ningún dirigente. Y menos aún a Daniel Angelici.
Ahora habrá que verlo en acción. En la cancha. Afuera ya lo vimos. Falta lo más importante: la pelota y él. O él y la pelota.