La importancia de la encuesta presencial para saber la real influencia de las campañas electorales y la intención de voto, analizadas por dos de los más destacados profesionales de opinión pública de Argentina.

Faltan horas para que los argentinosasistamos a las urnas una vez más.

Las últimas semanas vivimos una de las campañas más atípicas de las que se tengan memoria, con agendas proselitistas muy pobres y de escasa llegada a las personas, casi como si la realidad social y la realidad política estuvieran corriendo por carriles separados.

Nuestro último estudio nacional, realizado en estos días finales de campaña, nos permite ver cuál es el nivel de desconexión entre la agenda ciudadana y la agenda de la política, mostrando de forma casi quirúrgica cómo las personas percibieron la campaña y los distintos hechos que fueron marcando a la misma.

Es un auténtico viaje al corazón de la apatía y la desafección que vienen instalándose en el corazón de la opinión pública argentina.

No podemos dejar de mencionar lo obvio, lo que suele suceder en todos los procesos electorales: el cuestionamiento clásico a las encuestas como método de pronóstico de los procesos electorales. Es en esa misma definición que tenemos un primer error.

Las encuestas deben ser concebidas como una herramienta científica que permite estudiar la opinión pública, no como una suerte de astro capaz de predecir el futuro.

Como herramienta científica, las encuestas permiten conocer determinadas dimensiones de la opinión pública, sirviendo de instrumento para diseñar y mejorar estrategias, descubrir issues, medir valoraciones de gestión, entre otras cuestiones, pero su capacidad para poder registrar la intención de votoestá en discusión, y al contrario de lo que muchos creen, no es por la intencionalidad política de encuestadores y consultores, sino por cuestiones eminentemente metodológicas.

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En 2019, junto a muchos colegas empezamos a bromear con la muerte definitiva de las encuestas IVR (voz grabada) como método de relevamiento. Las llamadas encuestas telefónicas habían empezado a mostrar sus límites, principalmente por su cada vez menor capacidad de llegada a la población y por el aumento en el rechazo a responder a las mismas. Qué decir, además, cuando la inmensa mayoría de los hogares argentinos ya no cuenta con teléfono fijo.

En ese momento, las encuestas realizadas mediante canales digitales (principalmente redes sociales) aparecieron como una posibilidad muy atractiva. Teniendo en cuenta que más del 70% de la población tiene presencia digital, se trata de una herramienta capaz de tomar muestras muy representativas. Sin embargo, no somos pocos los que creemos que incluso esa herramienta va a pasar este año por grandes cuestionamientos.

Quienes medimos la opinión pública en este país hace años venimos detectando un fenómeno particular, que se repite de elección en elección, sobre todo en los estudios de opinión pública que no son domiciliarios: el voto peronista siempre aparece subestimado en todos los pronósticos.

Es así que llegamos a la elección con pronósticos que predicen elecciones ajustadas y luego nos sorprendemos cuando vemos en el escrutinio provisorio resultados buenos para el peronismo, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. ¿Qué es lo que pasa? ¿Hay un voto peronista oculto que no llega a ser medido en las encuestas?

Creemos que el problema es esencialmente metodológico. No por nada, las encuestas domiciliarias siguen siendo las más confiables, porque tienen la capacidad de llegar a todos los segmentos que conforman el tejido social, construyendo muestras representativas sin ningún tipo de sesgo. Si se quiere una radiografía exhaustiva de la opinión pública, las viejas y confiables encuestas en papel siguen siendo el método más certero.

¿Qué nos dice la opinión pública cuando es pura apatía?

Nuestro último estudio nacional dejó algunos datos que deberían preocupar a todo el sistema político, sin importar ideología ni procedencia partidaria. Un 64% afirma que las campañas electorales no les generan nada. Un número abrumador, que demuestra no solo el nivel de desafección general sino también lo poco útil que se están mostrando las campañas electorales para lograr impacto en la opinión pública.

A este dato se le suma que un 73% afirma que las campañas no le hablan a personas como ellos.

Solo un 6% afirma haber cambiado su voto gracias a los contenidos generados por las campañas, mientras que un abrumador 58% afirma no haberse movido ni un centímetro de su posición inicial previa a la campaña. Ni siquiera el segmento de indecisos parece haber sido afectado por las campañas. Hace años que venimos cuestionando la efectividad de las campañas para generar cambios considerables en las intenciones de voto.

Esa efectividad se reduce todavía más cuando las campañas se alejan de los temas que importan a la población. En horas va a empezar la veda electoral y si tuviéramos que ver cuáles fueron los temas que la política desplegó y compararlos con aquellos que preocupan a la gente de a pie, el contraste no podría ser mayor. El domingo a la noche, con los resultados ya encima de la mesa, le tocará a la política replantear sus estrategias y campañas de cara a la elección en noviembre.

Aunque no son pocos los analistas que afirman lo contrario, la realidad es que no tenemos aún en Argentina una tendencia pronunciada que favorezca a las opciones outsiders y antisistema.

Para bien o para mal, la inmensa mayoría de los argentinos sigue creyendo en su sistema democrático y los partidos que lo conforman. Que eso siga siendo así, dependerá de que la política sepa revertir la apatía y transformarla en escucha e interés.

Gustavo Córdoba - Ignacio Muruaga, consultores de opinión - Zuban Córdoba y Asociados

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