La intimidad del búnker de Cambiemos: así se vivió la jornada del domingo. Desde el cambio de estilo musical hasta las camareras que sobrevivieron a los hambrientos trabajadores de prensa.

Me frustré. Siento que vine a Disney y no vi a Mickey. Lo mejor de cubrir el búnker de Mauricio Macri, auguraban, era verlo bailar en vivo. Esos pasos famosos por su falta de coordinación, despelotados, contaba la leyenda, eran un show único en el país. Pero Mickey no vino a Disney. Costa Salguero no fue Disney, ni Macri el ratón de Walt. El clima, más allá de los números finales, no fue el mejor. Sólo la mitad del pabellón estaba ocupado: la lluvia impidió que los simpatizantes llegaran con facilidad al lugar donde Cambiemos esperó los resultados oficiales de las PASO.

Tan Bionica sonó tarde. Los globos ya habían caído, la gente se iba y, tímido, como algo que no estaba programado, empezó "Ella", el hit de la banda de Chano Moreno. Macri lo traicionó y cerró su discurso con "Arriba la vida", de Croni-k, un tema medio bajón que dice: "Que no se deprima, tirá para arriba". Con un semblante medio caído y saludos a un público manso, se fue del escenario. No regaló sonrisas ni descontrol; no mostró el tipico éxtasis de alegría.

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Quienes cubrieron la elección tuvieron una noche más sencilla que el candidato. Según el rol y el medio para el que trabajaban, el panorama de cada laburante cambiaba: los fotógrafos, por ejemplo, se desesperaban cuando algún representante político aparecía para una conferencia de prensa. Se sentaban en las primeras sillas de la sala y disparaban fotos a mansalva. Todos se trajeron su notebook. Con la cámara, son sus herramientas de trabajo: desde ahí "transmiten", como dice la jerga, las imágenes a sus redacciones. Pero mientras no había figuras dando vueltas, un fotógrafo se sentó a mirar Mad Men, una serie norteamericana: auriculares, piernas cruzadas, brazos tomados. Estuvo relajado, el muchacho.

Los funcionarios del PRO, en cambio, tuvieron una jornada más parecida a la de los cronistas de radio. Los muchachos del dial vivieron una histeria permanente producto del minuto a minuto. Se pegaban el teléfono a la oreja: parecía un apéndice de su cuerpo. En realidad, los celulares fueron grandes protagonistas de la jornada. No faltó periodista que no congelara las pupilas en la pantalla de su teléfono, como si ahí estuviera la receta de la felicidad, o la respuesta a la existencia de Dios. No sé cómo habrá sido cubrir un búnker en las épocas donde no existía Whatsapp ni Twitter. Quizá la gente charlaba entre sí.

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En la previa, nadie le prestó atención a la música que copó el búnker. Sumo —portador de la bandera del "under" y la independencia, si Luca Prodan estuviera vivo habría escrito una columna en algún diario reprobando que usaran su música para actos políticos—, Charly García, Los Piojos y Gustavo Cerati intentaron alegrar un ambiente que, entre la ventaja que consiguió Daniel Scioli y la humedad, estaba tenso. A los militantes, como si no hubiera nada para festejar, los retuvieron afuera hasta pasadas las 21:00. Los globos, esta vez celestes y blancos, cayeron sigilosos, sin Macri en el escenario.

Cuando los simpatizantes ingresaron, el playlist cambió rotundamente: con la idea de generar una atmósfera festiva, apareció el ritmo "latino". "Hace tiempo, el equipo del PRO nos pidió dejar la cumbia para poner algo más latino. Yo armé un playlist que ellos escucharon y aprobaron", dice Diego, el DJ de la noche.

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La cena llegó tarde. Los sánguches de peceto, las empanadas y la pizza fueron atacados con la furia de una manada de hienas. Los periodistas con hambre —miento: también los fotógrafos, sonidistas, productores y camarógrafos: es una característica de los trabajadores de prensa—son el peor rubro para alimentar. Se desesperan, se abalanzan, se codean. Conseguir comida es una tarea titánica, digna de un luchador romano. Vi a tipos llevarse de a tres empanadas, y escuché a un colega gritarle a una moza que saliera "con custodia". Lo que no vi fue a alguna camarera avanzar más de dos pasos con la bandeja llena. Si llegaron vivas al final de la noche, fueron las grandes heroínas del domingo electoral.

Ánimos extraños, bocas llenas, charlas en grupos chicos. Incertidumbre: nunca hubo precisiones sobre el horario de aparición del jefe de Gobierno en el escenario. Fue sorpresiva. Después de que habló María Eugenia Vidal y los fotógrafos descendían en fila de la tarima para mandar las fotos, la música explotó. Y Gabriela Michetti agarró el micrófono. Y se escuchó su voz. Y nos dimos vuelta. Y ahí estaba Mauricio, el hombre al que habíamos venido a ver. Y empezaron los insultos porque nadie sabía nada y tenían que reacomodarse. Y después, al final, vinieron los míos: me fui a mi silla, a escribir estas palabras, con la misma frustración que ese chico que se entera que Papa Noel es su papá, y que si Mauricio Macri pierde, si no está feliz, si no está conforme, no baila.

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