Por WILMAR MERINO Es una marca de radio y con justa razón su programa lleva ese sello: Rolando Hanglin. El hombre que apuesta al contacto humano, que prefiere historias de anónimos al codeo con famosos, el tipo que le pone un remanso a las tardes de radio para suspender las noticias y hablar de la vida. Contar historias de amores prohibidos, de fenómenos paranormales, entrevistar argentinos yirando por el mundo o charlar con anónimos personajes de la Argentina o el mundo, forman parte de su menú cotidiano. “Lani”, como lo llaman sus afectos, prefiere jugar en equipo, y en Radio 10, de 15 a 18, oficia de número 5 repartiendo el juego entre la locutora Fátima Slame (ahora de licencia por maternidad), Sergio Kanevski (deportes) y Silvia Freire (consejera de vida). La novedad es el regreso de Mario Mactas, su compañero del segmento El Gato y el Zorro, un oasis radial divertidísimo cuyo retorno muchos esperaban, desde que el dúo se separó por el pase de Rolando, de Continental a la 10. “Me resulta muy estimulante trabajar en un equipo, tener el rebote de otras personas. Soy jugador de equipo -se define Hanglin-. Pero esas personas tienen que tener una onda parecida, algo en común, el mismo sentido del humor, el reírnos de las mismas cosas. Es importante que me emocione con ellos y yo a ellos. Me siento bien trabajando de esta manera y como soy libretista de los otros, trato de sacar de adentro de los demás su personaje, ver qué pueden dar. Sea por su timbre de voz o por su sentido del humor”. El arte de la entrevista “Puede perderme la vida pero a la vida no me la pierdo”, decía el inolvidable Sandro, y Hanglin habla en parte de eso tan difícil que es saber vivir. O al menos, jugar las fichas que le tocaron a cada uno: “A cada uno Dios le dio un don. Cada uno hace lo que puede y como puede, y toca el instrumento que le tocó. La vida es un circo en donde hay lugar para el equilibrista, los payasos, el director de pista, y el que vende las entradas. Yo me siento director de pista. A veces, el payaso es el mismo muchacho que vende las entradas y hace de payaso. Y el domador de leones al mismo tiempo es acróbata. Yo trato de no hacer notas políticas, de no hacer notas de espectáculos, ni de fútbol. Me gusta empezar las historias por la infancia, porque allí es donde la gente se ablanda y cuenta su verdadera identidad. Si vos le das tiempo al entrevistado, si lo escuchás, éste se abre, siente que vos querés escuchar su vida, no que está rindiendo examen”. “La gente para hablar necesita tiempo, y que te interese lo que te están diciendo, si no nadie quiere hablar. Si a la primera frase lo interrumpís, la persona ya no quiere hablar más. O si le decís: `quiero hacerte la pregunta 1, 2 y 3, el tipo no se abre. En la radio estamos para servir al otro. Claro que uno es periodista, es impaciente como tal. Y la persona que habla tiene que tener el don de entretener: si el tipo es aburrido, si no cuenta lo interesante sino que se va por las ramas, a los tres minutos tenés que decir esto no va más. Yo quiero entretener. Si la nota entretiene, sigue, pero hay notas que se abortan solas. `No chutó’, dirían los españoles”. Y hablando de no chutar y de España, recuerda con sonrisas su intento de entrevista a un impenetrable Alfredo Distéfano que sólo contestó con malhumor los amables centros de Hanglin. “¿Por qué prefiero desconocidos a famosos?, porque a los famosos ya les hicieron muchas notas. Me gusta la nota de la señora que se enamoró de un lechero. Yo admiro a la gente, no a los famosos. La gente VIVE mucho más que los famosos, y los famosos viven nada, rinden examen todo el tiempo. No hay más tabúes, la gente hace de todo; los periodistas, en cambio, miran Internet. Nosotros ya tenemos a deformación profesional de contar lo que hacen otros. Por eso a mí me encantaría volver a hacer el programa Cartas de Amor Prohibido. Fue el programa que más disfruté en mi vida. Me encanta que me cuenten cosas. Era lograr un tono íntimo con la gente y enterarme de las búsquedas tan variadas que hay en la vida”. Curiosamente, el comunicador que logra el clima adecuado para que las personas le cuenten sus secretos mas íntimos, dice con honestidad brutal que su propia intimidad es menos novelesca de lo que muchos sueñan: “Yo estoy en una edad en que la vida privada es muy difícil de llevar. Algunos íntimos amigos murieron, otros están lejos, la vida te va llevando. Tengo compañeros de tenis, de café, pero no amigos íntimos. No estoy en edad, ya conocí mucha gente. Ya está”, dice con un dejo de melancolía. Pero no todos los amigos se van; algunos vuelven. Y con sonrisas bajo el poncho. Como lo hizo Mario Mactas, con quien ahora cada tarde reviven El Gato y El Zorro, segmento con nombre tomado del cuento de Collodi y que Hanglin eligió “porque es un nombre ideal para dos sinvergüenzas. Cada día espero ese momento, voy a la radio contento porque sé que va a estar Mario y me va a hacer reír. Cada uno sorprende al otro, es una comunidad humorística muy especial, laburamos a ciegas. Y eso lo venimos haciendo desde las sobremesas que compartíamos con nuestros compañeros en tiempos de integrar la redacción de la revista Gente. Y mantengo para el segmento la cortina de Caetano Veloso, porque no se parece a nada, es genial, única”. Genial y único, como El Gato y el Zorro en la radiofonía argentina.