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En una de las tantas memorables canciones de Charly García se escuchan, antes de empezar, dos intrigantes preguntas: “¿Recordás el día que naciste? ¿Recordás el día que recordaste algo por primera vez?” Al revisar nuestros recuerdos de la infancia, nos damos cuenta de que no tenemos memorias de nuestros primeros años. Hagamos la prueba, como propone la canción, de recordar cuál es nuestro primer recuerdo.

Lo que sucede es que el cerebro de un niño prioriza el aprendizaje por sobre la formación de recuerdos episódicos duraderos. La flexibilidad y la capacidad para aprender nueva información y adaptarse a nuevas experiencias de nuestros cerebros son extremadamente valiosas para la supervivencia. Una consecuencia de esta prevalencia sería, justamente, el fenómeno conocido como “amnesia infantil”.

Los bebés van desarrollando la capacidad de procesar memorias de largo plazo cada vez más complejas. Registran los patrones de sonido que escucharon mientras se encontraban en el vientre de sus madres. A los once meses suelen ser capaces de empezar a nombrar algunos objetos, lo que demuestra el desarrollo de la memoria semántica (de la información del mundo). Recién a los dos años de vida, comienzan a poder relatar eventos que pasaron ese mismo día o el día anterior de un modo muy fragmentado. Esto prueba que en los primeros años el sistema cerebral que mantiene la memoria de las experiencias funciona correctamente. Sin embargo, como dijimos, olvidamos muchas de nuestras experiencias tempranas y los recuerdos anteriores a los tres o cuatro años.

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En una investigación se observó que el primer recuerdo que chicos de entre siete y once años suelen tener es de los tres años y medio en promedio. Algunos investigadores sostienen que este olvido se relacionaría con las transformaciones en las estructuras cerebrales propias de esta etapa. La capacidad de desarrollar la consolidación de memorias en la infancia está basada, en parte, en la pérdida de los recuerdos viejos. El extraordinario crecimiento de las neuronas en el cerebro infantil que permite a los bebés aprender rápidamente podría interrumpir los enlaces neuronales que almacenan recuerdos más viejos. Más adelante en el desarrollo, se enlentece el crecimiento neuronal y recién entonces se hace posible la fijación de las nuevas experiencias vividas.

Por otra parte, la corteza frontal del cerebro, inmadura aún, no contribuiría adecuadamente al recuerdo de la información del contexto necesaria para la formación de la memoria infantil. La adquisición del lenguaje podría ser otra de las causas del olvido. Un estudio científico propone que la clave de la amnesia infantil se encuentra en la posibilidad de relatar los recuerdos. Los niños pequeños necesitan una gran estimulación para poder describir eventos, a diferencia de los niños mayores, los jóvenes y los adultos, quienes somos capaces de producir relatos más sofisticados. Los chicos de menos de tres años no poseen la habilidad narrativa que nos permite rememorar recuerdos importantes y retenerlos por más tiempo. Entonces, sus memorias se van haciendo inaccesibles y son más rápidamente olvidadas. Como un cuento que se desvanece porque nunca nadie lo contó.

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