El gran desafío no es que seamos iguales, sino que logremos consensos que nos permitan emprender el camino hacia una misma dirección

El cerebro humano es un órgano complejo y fascinante que no puede entenderse aislado y sin conexión con los demás. Las habilidades sociales facilitan nuestro sustento y protección. Si queremos entender a los seres humanos, es fundamental la comprensión de las capacidades relacionadas con la sociabilidad.

Nuestro desarrollo evolutivo se destaca por las habilidades sociales: la capacidad para comunicarnos con los demás, para entender al otro y ser entendidos, para planificar y trabajar juntos, para afianzar tradiciones colectivas, para reunirnos y celebrar fiestas patrias, para abrazarnos en un partido del mundial de fútbol. Podemos entender con mayor claridad esta noción si hacemos una analogía –casi un lugar común, por cierto– entre el funcionamiento del cerebro y el de una computadora en la actualidad. En el caso de que la máquina se encuentre desconectada de Internet, aunque se trate de un equipo de última generación y muy potente, no tendrá una prestación del todo plena y significativa. Más bien, su impulso será pobre, limitado, de bajo vuelo. Lo mismo sucede con nuestro cerebro.

Transformarnos en personas adultas no significa volvernos autónomos y solitarios, sino, por el contrario, depender de otros y, sobre todo, que otros puedan depender de uno. De hecho, el dolor de sentirse solo y aislado de los que están alrededor funciona como un alerta del sistema biológico frente a una amenaza o potencial daño al cuerpo social, del mismo modo que cuando detecta dolor físico, hambre o sed. Se disparan entonces conductas claves para asegurar respuestas que nos permiten la supervivencia.

Muchos investigadores sostienen que la evolución del cerebro humano fue impulsada en parte por la capacidad de la especie de vivir en grupos cada vez más complejos. Los seres humanos somos eminentemente seres sociales y como tales tenemos que pertenecer a un colectivo. Esto quiere decir que poseemos un deseo intenso de formar y mantener relaciones interpersonales duraderas y significativas.

Las comunidades para funcionar como tales tienen que pensar el futuro y acordar proyectos a largo plazo. Las diferencias entre las personas que integran una sociedad no son un defecto, más bien pueden considerarse una virtud. El gran desafío no es que seamos iguales, sino que logremos consensos que nos permitan emprender el camino hacia una misma dirección. Y eso se logra con convicciones y con diálogo. La gracia de la armonía es lograrla no solo cuando tenemos ideas comunes, sino fundamentalmente cuando tenemos posiciones divergentes. La clave está en hacer de la diferencia una virtud.

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