El comienzo del Año Nuevo es un buen momento para realizar un balance de los logros y de los proyectos que quedaron inconclusos

Cada fin de año, solemos repasar todo lo sucedido en estos doce meses para hacer un balance de los logros y de los proyectos que quedaron inconclusos. Es el puntapié inicial para planificar el nuevo año: si empezaremos de una vez por todas a aprender algún pasatiempo postergado, qué cambios queremos realizar y qué nuevas metas nos proponemos.

La planificación es una de las cualidades distintivas de los seres humanos. El lóbulo frontal tiene un rol central en esto. Es un área del cerebro que ocupa toda la región anterior del cráneo y termina de madurar recién entre la segunda y tercera década de la vida.

Tiene una función clave para el establecimiento de objetivos y la creación de planes de acción para lograr las metas que nos planteamos. A diferencia de otros animales que solo tienen la capacidad de reaccionar ante lo inmediato, nosotros podemos perseguir propósitos, aun cuando se trata de acciones que contradicen nuestra forma de actuar en el pasado o nuestras necesidades inmediatas.

Se llaman “funciones ejecutivas” al conjunto de habilidades cognitivas que nos permiten adaptarnos a nuevas y complejas situaciones.

Estos procesos requieren de la coordinación de capacidades cognitivas, de emociones y de la regulación de respuestas conductuales frente a diferentes demandas ambientales. Es decir, conforman la habilidad que tenemos los humanos para establecer metas, planificar y automonitorear el propio desempeño para alcanzar un objetivo.

Involucran la resolución de problemas, el pensamiento abstracto, la memoria de trabajo, la planificación, la estrategia e implementación de acciones, además de procesos emocionales o motivacionales, responsables de coordinar la cognición y la emoción, es decir, de inhibir los impulsos y de encontrar estrategias socialmente aceptables para lograr los objetivos.

Asimismo, el lóbulo frontal resulta crítico para la recuperación de información almacenada en otras regiones del cerebro y la facilitación, de esta manera, de diferentes funciones intelectuales. Esto hace que seamos capaces de manejar al mismo tiempo muchos recuerdos y combinarlos de infinitas formas diferentes. Así, basados en nuestra experiencia, intuición, aprendizaje y emoción, integramos la información en un contexto que cambia permanentemente de manera inmediata y automática. Entonces, si alguna parte del cerebro tiene que ver mayormente con nuestra identidad, que nos hace a cada uno de nosotros diferentes, es el lóbulo frontal.

Mañana, cuando nos reunamos a celebrar con la familia y los amigos el año nuevo, pondremos en marcha esta habilidad de imaginarnos -y tratar de hacer cada día un poco mejor- nuestro futuro, el del otro y el de toda nuestra comunidad.

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