Nació en Armenia y, a diferencia
de santos venerados en América, nunca pisó este suelo
El pueblo paraguayo tiene como Patrono a San Blas, a pesar de que este hombre al que se le atribuyen variados milagros haya sido originario de Armenia, país tan lejano y distinto.
La devoción por este Santo, como la mayoría de los beatos seguidos en Latinoamérica, tiene su génesis en el período de la conquista española del “nuevo mundo”, en base a la subyugación de las comunidades indígenas que habitaban este suelo antes de la invasión.
Está claro que ha sido argumento de los españoles para someter a los aborígenes, ya que se mantiene en la tradición que en Paraguay comenzó a honrarse a San Blas cuando “en 1538, el fuerte de la Buena Esperanza se hallaba sitiado por los indios, los españoles luchaban por su recuperación y cuando sus fuerzas ya estaban agotadas, apareció sobre el fuerte la imagen de un varón que blandía una espada que lanzaba fuego, los indígenas se asustaron y huyeron”. Esto aconteció el 3 de febrero, por lo que el milagro se atribuyó a San Blas, ya que ésa es la fecha de su santoral.
Santo remoto
San Blas es un santo lejano geográficamente. Nació, según se estima, en Sebaste -actual Sivas-, que hoy se encuentra en Armenia. Pero también lejano en el tiempo, ya que vivió durante la segunda mitad del siglo III y principios del IV, por lo que no se tiene mucha información fidedigna y detallada de su existencia, especialmente porque sólo se escribió sobre él cuando pasaron 400 años de su muerte.
Evidentemente, las escrituras dedicadas a su persona están repletas de fantasías, pero que al momento de la fe son consideradas válidas.
Según dicen, Blas fue médico, pero aseguran que también ejercía con estupenda generosidad la “medicina en las almas”. Era la caridad la virtud que le impulsaba a hacer el bien, por lo que daba consuelo para los remordimientos y paz en las tempestades de dentro.
En la Enciclopedia de los Santos, se explica que “el regreso a las montañas fue el comienzo de su vida como anacoreta retirado en oración y penitencia”, y que, como no había fieles a los que instruir y curar, se hizo muy amigo de animales de todo tipo que le daban compañía en su cueva, hasta que un día lo encontraron los soldados del prefecto Agrícola cuando pateaban el monte Argeo en busca de fieras para las fiestas de los romanos en el circo. Asombrados lo vieron en escena paradisíaca, rodeado de lobos, tigres, leones, osos, liebres y conejos.
Llevado a la presencia del procurador, se le juzgó por blasfemo y le brindan la oportunidad de salvarse de la muerte con el solo hecho de derramar unos granos de incienso en la pira encendida a los dioses.
Como resistió con firmeza, lo apalearon, lo colgaron de un madero y desgarraron su cuerpo con garfios de hierro sin hacerle desistir de su fe. Unas mujeres piadosas -asegura el relato que fueron siete- tuvieron la osadía de tomar algo de su sangre y untaron con ella sus cuerpos. Bastó este gesto para que fueran culpadas, reducidas, encadenadas y condenadas a morir, junto a dos pequeños de una de ellas, que no dejaban de agarrarse al vestido de mamá. Blas fue decapitado con aquellos dos niños; el año, según calculan, debió ser el 316.
Pero hay una frase que retumba en todos sus devotos: “San Blas bendito, que se ahoga este angelito”. Es que se lo considera el protector de los males de la garganta. ¿Por qué? Todo se originó al momento de su muerte. Mientras se dirigía al patíbulo, se dice San Blas iba sanando a los enfermos que se le aproximaban. Entre ellos, una mujer se acercó y se arrodilló frente a San Blas, con su hijo entre los brazos, moribundo a causa de la ingesta de una espina de pescado que le había atravesado la garganta. El colocó sobre la cabeza del pequeño sus manos y comenzó a orar y el niño se curó. No obstante a pesar de los milagros, la ceremonia de decapitación siguió las pautas establecidas y la figura del Santo quedó para la eternidad.