“Ahí te dejé plata para pagar”. Después de pedir la clásica pizza de los viernes a la noche, mi señora cumplió con su sana costumbre de dejar sobre la mesita que está al lado de la puerta de entrada, un puñado de billetes doblados con la suma exacta para pagarle al muchacho del delivery, con propina incluida.

Mientras ella iba a ducharse, yo cumplía con “mi” misión: subir su cervecita al freezer, poner los dos platos de madera (ambos estamos de acuerdo que la pizza es más rica en esas tablitas en las que habitualmente se come el asado), los dos vasos, servilletas, cubiertos y mi 7UP.

El ruido de la ducha y del relator radial que narra Olimpo-Independiente no es impedimento en casa para el diálogo familiar “¿Cómo te fue hoy, amor?”, pregunté. “Bien. Tranqui”, fue la esperable respuesta. Cuando algo malo o diferente sucede es normal que uno se entere de inmediato.

El ruido de la lluvia del baño ya había cesado cuando su voz se escuchó como una orden. “Ah, después fíjate la quiniela porque jugué”, dijo. “¿Vos? ¿A la quiniela? ¿Quién cumplió años?”, pregunté con asombro. “Nah ¿Viste que tengo un compañero que siempre juega y habla de la quiniela?”, repreguntó. “Sí”, respondí, aunque sinceramente no me acordaba que alguna vez me hubiera hablado de eso.

Pero uno nunca quiere dejar resquicio a que por ese lado te salgan con que “nunca me das bola” o que “siempre con el fútbol o con el tenis, vos”. Entonces dije que sí y ella continuó con la historia del día: “Hoy vino, y después de avisar que bajaba a la agencia a jugar, comentó que los días 8 siempre, pero siempre, sale el 37”.

‘¿Estás seguro?’, le pregunté. Y entonces le di para que me jugara 10 pesos al 37. Jugué a la Nacional, Provincia y Santa Fe”. Yo no creo en las estadísticas, ni en manosantas, ni en los yetas, ni en las cábalas.

Ella lo sabe, pero esta vez ni salió el tema de mi escepticismo. Puse la tele en el canal que dan los números, mientras ella se terminaba de poner el pijama. Cuando sonó el esperado timbrazo del feliz anuncio de la llegada de la grande de muzza con dos porciones de fainá, los dos ya estábamos sentados a la mesa, y en la Nacional ya habían empezado a salir los primeros números.

Bajé raudamente y al entrar al departamento, su pregunta irrumpió con emoción: “Si yo jugué al 37 y salió el 937, ¿gané igual?”. Por un segundo dudé, pero enseguida le dije que sí, que obvio. Nos abrazamos por el inesperado premio logrado gracias a ese estadístico, y ella comentó: “Con razón hoy me picaba la palma de la mano. Eso, como dice mi mamá, significa plata”.

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