Comenzó como una aventura para muchas familias y terminó siendo el punto de partida de un lazo intercultural sin precedentes. Los galeses en la Patagonia marcaron a fuego sus costumbres que siguen vivas en las capillas de Esquel y Trevelin

La aventura de poblar la inhóspita Patagonia de fines del siglo XIX significó para muchas familias galesas, el punto de partida de un lazo intercultural sin precedentes. Un siglo y medio después, el avance de la frontera argentina hacia el sur generó un crisol de etnias.

Hoy los descendientes de aquellos colonos que arribaron al Golfo Nuevo, que luego se empezaron a asentar en las orillas del Río Chubut, son ciudadanos argentinos, que abren las puertas de su cultura y ofrecen al turista gastronomía típica, como el famoso té gales.

Actualmente, el legado galés en la Patagonia cautiva a los visitantes con su memoria viva que perdura en las capillas galesas de Esquel y Trevelin, en nombres de ciudades como Trelew, Rawson y Gaiman, así como en el Valle 16 de Octubre o Valle Hermoso, en galés BroHydref o CwmHydryf, que recuerda a los rifleros de Fontana y a una expedición que, con el viento en contra, mensuró las primeras leguas del sur.

De los atractivos que más atención suscitan entre los visitantes a las ciudades y pueblos de los valles de Chubut, está sin dudas la infusión estrella: el té galés. Se trata de una bebida tradicional que se sirve en teteras de porcelana cubiertas con pulóveres y que se acompaña con pan casero, tartas y tortas.

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Curiosamente, si bien las galletitas a la plancha son un acompañamiento típico galés con más de mil años de historia, la llamada “torta galesa” es una receta propia de los colonos que llegaron a la Patagonia. Se cuenta que mientras los hombres salían en las largas y frías jornadas a procurar alimentos y agua, escasos en la región, las mujeres quedaban al cuidado de los niños. Y que de sus manos, mezclando ingredientes básicos como harina, azúcar negra, nueces, frutas conservadas con azúcar, miel, surgió esta torta galesa, virtuosa por su buena conservación y por la concentración de calorías, imprescindible en las áridas y frías tierras de la Patagonia.

La ceremonia del té representa para la historia de la colonia galesa en la Patagonia, un momento central de la vida social y religiosa. Tan es así que al término de cada oficio religioso, la comunidad se reunía en el “vestry”, donde se compartían tortas, panes, tartas, dulces caseros y por supuesto se tomaba el té, mientras relevaban novedades sociales: nacimientos, matrimonios, fallecimientos.

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El té galés es también recordado como un símbolo de las buenas relaciones que los colonos tejieron con los originarios tehuelches que habitaban estas tierras. Antiguos relatos hacen referencia a la solidaridad entre ambos pueblos, frente a la escasez del agua durante largos períodos y a las inundaciones que arreciaban con la temporada de lluvias en la cordillera. Que en ese contexto, el pan casero y la taza de té estuvieron siempre dispuestos para ser compartidos entre ambos pueblos y que, incluso antes de que se les impusiera el castellano como idioma oficial, originarios tehuelches aprendieron las palabras “té” y “bara”, que significa “pan” en galés.

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