Juan Manuel Basurco falleció hace poco en San Sebastián: el 20 de marzo de 2014, a los 70 años. Fue sacerdote católico y futbolista profesional, en una curiosa doble faceta que lo hizo famoso. Y fue también el que acabó con el invicto (como local en Copa Libertadores) que había construido el mítico Estudiantes de La Plata dirigido por Osvaldo Zubeldía.
Con tres Libertadores, una Intercontinental y una Interamericana en el bolsillo, a comienzos de los años ´70 Estudiantes estaba en boca de todos. Y hasta el 29 de abril de 1971, su serie sin derrotas coperas en La Plata hablaba de ese poderío, hasta que las dos historias -la del Pincha multicampeón y la del cura goleador- se unieron aquella noche en el estadio de 57 y 1...

Radicado en Ecuador tras un viaje realizado como misionero, Basurco enseguida sorprendió por sus cualidades futbolísticas. Primero lo contrató la Liga Deportiva Universitaria de Portoviejo y sus actuaciones en ese equipo motivaron que pasara a uno de los grandes de ese país: Barcelona.

Con permisos especiales que pedía y que le daba la autoridad eclesiástica, no necesitaba optar entre la sotana y los botines. Podía cumplir con las dos actividades. Y aunque no tuvo una trayectoria de estrella en el fútbol de elite, el gol que anotó en aquel gran triunfo de su equipo lo convirtió en el héroe de un capítulo histórico, que los hinchas de Barcelona definieron como "La hazaña de La Plata".

      29 de abril de 1971 - Estudiantes Barcelona.mp4

Su certera definición, tras pase del legendario Alberto Spencer y ante la salida de Gabriel "Bambi" Flores, selló el 1-0 de Barcelona sobre Estudiantes, que pese a la derrota igualmente llegaría a la final de la Copa.

A pesar de que por esos días la prensa mundial habló de su gol, el hombre de los "botines benditos" jamás mezcló los tantos, ni se dejó endulzar por las mieles de la fama.

Por ejemplo, el dinero del pase a Barcelona lo donó a los niños pobres de su parroquia, y al final de ese mismo año volvió a Portoviejo, a desplegar la misión que era prioridad en su vida por encima del fútbol.

Más tarde regresó a España, dejó el sacerdocio, se casó, tuvo dos hijos y dedicó su tiempo a la docencia, como profesor de filosofía. Por supuesto, siempre lo acompañó el recuerdo de aquella noche memorable, en la que hubo un momento para que el padre Basurco, el mismo que podía dar misa y meter goles, se tuviera fe e hiciera un milagro.

 
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