Saliendo de Costanera Norte, a sólo 10 minutos de navegación, podemos disfrutar de un verdadero paraíso urbano para la pesca, tanto en jornada completa como en unas pocas horas, escapando del calor extremo.

Generoso como pocos y agredido como ninguno, el Río de la Plata sigue premiándonos inmerecidamente con sus tesoros. Esta vez, hicimos una nota bien porteña, partiendo de costanera Norte y pescando en el puerto porteño enormes bogas y lindos doradillos. Nada mal para uno de los cursos más maltratados de nuestro país, que además de alegráis deportivas nos provee de agua dulce para consumo.

Nuestro anfitrión merece un párrafo aparte. Se trata de Jorge Anzulovic, guía de buen trato y bonhomía cuya filosofía de "pasarla bien en el río" lo llevó a dejar los taxis y el gris asfalto para poner a punto su linda tracker TevaGustar, llevarla al mejor amarradero de Buenos Aires, y oficiar de guía desde una ubicación inmejorable.

Fue así que a solo 10 minutos de navegación, en un día calurosísimo y sin viento, ya estábamos haciendo baitcast en busca de dorados en una salida de agua caliente que esta vez no dio resultados. Por eso cambiamos de lugar y cinco minutos después estábamos en una punta de piedras de los malecones que protegen la entrada al puerto porteño.

Allí Leandro Tessone, responsable de los señuelos PES (que devolvieron al mercado los inolvidables Coquet, Tucanes, Plops y Culú culú), probó un prototipo del nuevo Tucán Flex y clavó el primer doradillo del día. En mi caso, me dediqué a las bogas, usando caña de 2,40, línea coreana (con resorte, plomo corredizo y cuatro brazoladitas) con abundante masa WM que me dio excelentes resultados: tras dos o tres toquecitos tímidos, grandes bogones eran clavados tras la llevada firme.

Eso sí, pescarlos era otra historia: había que batallar duro para evitar que buscaran la piedra para zafar, y tras muchas corridas y cabeceos, logramos izar unos seis ejemplares en pocas horas, todas entre 2 y 3 kilos.

La última, cuando no, dijo adiós tras una pelea interminable en la que no pudimos "verle la cara" porque cada vez que íbamos a sacarle la cabeza fuera del agua, arremetía con una corrida feroz, hasta que logró su libertad llevándose el anzuelo.

El calor, insoportable con marcas térmicas extremas, hizo que acortáramos nuestra jornada y por ello cortamos a las 14 horas, muy felices de haber disfrutado de una excelente pesca a un pasito de casa, y con el trato inmejorable de un guía que sigue el mejor destino de un profesional: transformarse en amigo de cada cliente que pisa su lancha.

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