La religiosa argentina que dedicó su apostolado a los niños, primero como maestra y luego cuidando a enfermos de Tuberculosis, fue proclamada hoy beata -la primera bonaerense- por un enviado especial del papa Benedicto XVI.
Un representante del Papa Benedicto XVI beatificó en la ciudad bonaerense de Pergamino a María Crescencia Pérez,
una religiosa argentina que vivió a principios del siglo XX, en una
ceremonia de la que participan una multitud de fieles.
La beatificación de la religiosa fue proclamada por el cardenal Angelo Amato, quien viajó desde el Vaticano, hecho que conmueve a los pergaminenses de fe católica.
‘Pergamino
se encuentra estremecida por el acontecimiento, y ya la ciudad se
considera de María Crescencia‘, confiesan los habitantes que asistirán
al acto religioso.
El féretro con el cuerpo de la monja se conserva incorrupto,
un signo tenido en cuenta por las autoridades de la iglesia de su
santidad, y reposa en una tumba en el colegio de la Congregación de las
Hermanas del Huerto a la que pertenecía, fue expuesto en la vereda,
protegido por una reja, a la veneración pública.
La hasta hoy
venerable María Crescencia -un escalón anterior a la beatificación-
nació en la localidad de San Martín el 17 de agosto de 1897, y luego la
familia se trasladó a Pergamino por problemas de salud de su madre.
En
el Hogar de Jesús cursó el ciclo primario y luego se recibió de maestra
de Labores, actividad que desempeñó con ‘humildad‘ como definieron
quienes la conocieron, junto con la de catequista en los primeros años
de su vida religiosa.
El 31 de diciembre de 1915 había ingresado
al Noviciado de las Hermanas del Huerto, en Buenos Aires y enseguida se
distinguió por su afán de ser como Teresita del Niño Jesús, santa de
las pequeñas cosas diarias, y ejerció la caridad. En otra etapa de su
vida y mientras su salud declinaba se dedicó a los enfermos, niños con
tuberculosis ósea, en el sanatorio Marítimo de Mar del Plata y murió en
Vallenar, Chile.
Estuvo por última vez en Pergamino en 1928
luego partió a su destino chileno, pero había afirmado ‘por cumplir la
voluntad de Dios iría al fin del mundo‘, lo que hizo hasta el día de su
muerte, el 20 de mayo de 1932.
Un intenso aroma a violetas se sintió en el momento de su fallecimiento, ella había advertido que habría una señal y éste es un signo que suele repetirse ante algunos de los miles de fieles que visitan su tumba en Pergamino adonde fue trasladada en 1986. El milagro que faltaba para la consagración .
Un milagro hacía falta para la beatificación y se le atribuye a los ocurrido a la joven María Sara Pane a quien en
1995, con 23 años, sufría de diabetes, le habían diagnosticado tres días
de vida porque necesitaba un trasplante de hígado y la trasladaron del
hospital Aeronáutico al Italiano.
Una hermana del Huerto le
había llevado una estampita de María Crescencia, a quien la enferma le
habló como ‘a una madre‘ y le pidió por su salud y por su pequeño hijo,
de acuerdo con su relato. Su curación hepática fue tal que uno de los
médicos que iba a realizar el trasplante le dijo que era ‘la primera vez
que veía que la ciencia y el milagro se juntaban‘.
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