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Historias de vida
21 | 02 | 2016
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Baio, el vendedor con ángel que da todo por un sueño

Sergio Tomaro
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Por Sergio Tomaro


De chico, su familia le inculcó el valor del trabajo y el esfuerzo, condiciones que aunó para realizarse como operario textil y especialista en ventas, a lo que le sumó ya de grande una intensa actividad como escritor.

Baio, el vendedor con ángel que da todo por un sueño
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Desde el día que a los 6 años una familia inglesa de Quilmes le compró una canasta completa de frutas y verduras que su abuelo le había dado para que aprendiera el concepto de ganarse la vida, Angel Baio, que hoy tiene 95, abrió para siempre la puerta a su destino de infalible vendedor de todo lo que se propusiera.

En rigor, siempre combinó esa notable habilidad con la predisposición natural al trabajo que lo convirtió, también, en un obrero textil con recorrido en fábricas importantes y en sus propios telares, para descubrir ya de grande la vocación de escribir experiencias y opiniones que convierte en libros que no solo reparte y dona, sino que como no podía ser de otra manera, también vende.

Lo llaman el abuelo del Barrio Cooperarios, situado en Quilmes, del cual es uno de sus primeros pobladores y adonde a principios de la década del 40 llegó recién casado con Mercedes, cuando el lugar era, tal como lo recuerda, "una auténtica selva".

Hoy, en esa misma casa, Ángel escribe a mano sobre los temas que prefiere desarrollar en una práctica que lo llevó a concebir una decena de libros que al editarlos lo acercan más aun, como se verá, a dos de sus amores que ya no están a su lado: Mercedes y su única hija, Alicia.

Sin embargo, de la amplia temática que Baio es capaz de desarrollar en el relato, el análisis y la opinión, poco ha escrito de las técnicas que la han permitido la notable habilidad para las ventas. Y tiene una justificación: "Ví tantas injusticias que un día me dispuse a escribir para denunciarlas. Así empecé con un cuadernito cuando todavía estaba en plena actividad", contó a HISTORIAS DE VIDA.

Su primer intento no tuvo una buena recepción, al menos en su esposa: "Se lo leí a mi señora pero no me alentó mucho que digamos; sin embargo se emocionó mucho cuando publiqué mi primer libro".

La enfermedad que al final le arrebató a Mercedes lo amargó tanto que estuvo un largo tiempo sin escribir aunque después retomó esa tarea que desarrolla cada mañana a partir de las 8, por más que todas las noches no se duerma hasta después de las 2.

Es que con solo reflotar recuerdos, Ángel tiene material de sobra como para multiplicar su producción literaria. Su pasado de hombre comprometido con sus responsabilidades le posibilita viajar en el tiempo a sus días de operario de Ducilo, capataz en la fábrica de hilados Defensa Fassonier y vendedor nato de la empresa Reisol en la que hizo carrera.

Escribiendo por un sueño

"Siempre pensé que podía progresar y fui para adelante y si bien de chico apenas hice el tercer grado, después terminé la primaria, el secundario y me recibí de técnico textil", rememoró. "Por eso - subraya- le transmito a mis bisnietos que no dejen de estudiar y ni de formarse porque ahí está la clave".

Pero el hombre que de chico trabajó como asistente de un lechero para que la paga diaria de tres litros de leche les sirviera a sus cuatro hermanos, afirma que tiene una asignatura pendiente. "Desde que se fue hace 16 años, nunca pude soñar con Mercedes" indicó quien cada noche se acuesta con la intención que ese sueño se plasme.

"Pero no hay caso. Así que me levanto, salgo al patio y la busco en alguna estrella mientras me pregunto si estará enojada conmigo"', se plantea con tristeza, sin imaginar que en el espacio intangible que ahora habita, la mujer que lo acompañó durante 55 años se sigue emocionando con cada nueva página que escribe su marido.

El alma de su hija vive en la biblioteca

La muerte de su hija Alicia significó para Angel un dolor enorme que atempera con el amor que le dispensan sus nietos Alejandra, Gustavo y Javier, y sus cinco bisnietos Daniel, Franco, Juan, Luciano y Julián, los últimos dos, residentes en los Estados Unidos. Pero es a través de los libros que publica, donde Ángel logra una relación directa con Alicia, que era docente.

"Cuando falleció, en SUTEBA de Quilmes le pusieron su nombre a la biblioteca del lugar y es ahí donde donó buena parte de los libros que escribo", indicó quien ya dejó allí ejemplares de sus obras "Historia de mi vida. De 1920 a 2015", "¿Quién es Dios?", "La Iglesia y Nuestro Papa Francisco"', "Proyectos y leyes para el mandato de un país" y "Quilmes, ciudad turística, cultural y deportiva"', entre otros. Como concepto final, Baio dijo: "En mi vida he sido muy agradecido con los que me han dado una mano pero también he ayudado mucho. Soy también un agradecido de Dios que un día me llevará junto a mi señora y mi hija".

Aquella venta extraordinaria a un cliente imposible

Baio se jacta de haber sido entre los años 70 y 80 el mejor vendedor textil del país, con llegada a las firmas más importantes del ramo. Y uno de los éxitos más resonantes en ese rubro lo obtuvo la vez que concretó una venta formidable a un cliente imposible.

"Yo trabajaba como vendedor para la empresa Reisol y todos los días le presentaba a mi jefe el recorrido de clientes que iba a hacer durante la jornada. Una mañana vio que entre las empresas a visitar estaba una afamada fábrica de corbatas de Barracas y me dijo que vender algo allí era imposible", apuntó Ángel.

"El jefe me dijo que a ese cliente ni siquiera él había podido venderle algo, mucho menos otros vendedores de la empresa y ni siquiera el dueño de la empresa que amigo del dueño de la corbatería", recordó.

Sin embargo Angel lo fue a ver y mientras bancó la amansadora frente a la oficina del titular de la firma, desde una ventana observó que los telares de la fábrica no producían a pleno porque usaban hilo rayón en lugar de los de acetato, que él vendía.

Cuando a las cansadas el empresario lo hizo pasar a su oficina anticipándole que no le iba a comprar nada, Baio le hizo ver esa deficiencia y le dijo: "Usted está perdiendo plata por no usar hilos de acetato".

Apenas minutos después de la paciente explicación sobre el rendimiento de los telares, el dueño de la corbatería firmó una orden compra por mil kilos de hilos de acetato.

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