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Libros
16 | 08 | 2016
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Mariana Enríquez, bailarina en la oscuridad

Natalia Arenas
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Por Natalia Arenas


No hay monstruos, ni zombies ni fantasmas en los 12 relatos que componen "Las cosas que perdimos en el fuego", su último libro. Hay personas comunes y corrientes que conviven en espacios cotidianos y que, sin embargo, están a un paso de las tinieblas más terrenales. Cuanto más cercano, el horror se vuelve más crudo y espantoso

Mariana Enríquez, bailarina en la oscuridad
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No tiene miedo. No lo padeció de chica y mucho menos ahora, que es adulta, que escribe para asustar a otros y que, encima, la divierte mucho hacerlo.

-¿De sádica?

-Un poco, sí (se ríe). Pero no en el sentido de hacer sufrir a los demás, sino de buscarle el momento retorcido. Vos sabés cuando vas a poner ese detalle horroroso... y a mí me gusta pensar en eso.

Tanto debe pensar en eso que pincha, escarba, retuerce. Y danza con mujeres que se prenden fuego a sí mismas, con una adolescente que se arranca las uñas, con otra que se enamora de una calavera, con una nena que le falta un brazo, con madres que venden a sus hijos para rituales satánicos, con una criatura horripilante que acecha en el techo del vecino.

Mariana Enríquez engendró a todos esos seres y los soltó a jugar en Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), su último libro de cuentos. Esos seres bien podrían ser fantásticos. Pero lo más inquietante es que, tal vez, no lo sean. Si caminan por Constitución, si se suben al subte, si viven en una casa de Lanús, si son tan cotidianos, tan cercanos, pueden ser reales. Y eso asusta. Mucho.

El realismo en el que podría inscribirse (porque ¿qué tan rígidos son los géneros?) la prosa de Enríquez es acaso el mayor (no el único) acierto en sus relatos. Hay un aprovechamiento de lo verosímil, que se revuelca con los recursos de la novela negra, el terror y la ironía. Y en ese barro, baila cómoda Mariana.

Narradoras mujeres, espacios cerrados (casas, subtes, hoteles) y mutilaciones varias son los tres tópicos que hicieron que estos 12 relatos formaran parte de Las cosas que perdimos en el fuego. "Son épocas", dice Enríquez a DIARIO POPULAR, y diferencia así este trabajo del anterior, Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009), donde el terror pasa más por lo sobrenatural. "Éste (Las cosas que perdimos...) claramente es un libro que tiene narradoras mujeres y un tono donde el terror es disparado u ocurre de una manera más realista. Tiene algo un poquito más ambiguo que lo habitual del relato de terror que se asocia mucho al fantástico", reflexiona. Porque ¿qué define en la actualidad que un cuento sea de terror? Para Enríquez, el terror "es algo que tiene que ver con la emoción que a vos te provoca". Entonces, "es medio complicado definirlo cuando te alejás de los tópicos del género: de los monstruos, del universo lovecraftiano". Cuando los cuentos son más realistas, se pasean por otros géneros y el lector termina cerrando el círculo. "Se termina asumiendo que es un cuento de terror porque al que lo lee le da miedo", concluye.

La ambigüedad y la elipsis son dos recursos sobre los que Mariana se mueve con facilidad. Lo que se oculta, lo que podría ser de una manera pero tal vez sea de otra es, acaso, lo que más perturba.

-Esa información que ocultás: ¿está oculta para vos también?

-A veces sí y a veces no. Depende el cuento. No me gusta dar tantas explicaciones, porque me parece que el cuento no lo necesita o porque me parece que el lector puede completarlo. Yo no creo que necesariamente el escritor tenga que tranquilizar al lector y decirle 'es esto lo que pasó'. Hay cosas que uno no sabe por qué pasan, me parece. Y en algunos casos yo lo sé y en otros no. En general, lo sé. En La casa de Adela yo sé qué le pasa. Pero la que lo cuenta es la amiguita y ella no sabe lo que pasó. Entonces si ella, que es la narradora, no lo sabe... yo no se lo puedo explicar, no puedo hacer una intrusión tan de autor.

La primera persona es casi una constante en este libro: la mayoría de los cuentos estás narrados por su protagonista. "A veces la historia necesita la primera persona, para hacerla más vívida o por una manera personal de hablar del personaje", dice Mariana, pero reconoce que otras muchas veces tiene que ver con un ejercicio literario. "En mis primeros libros casi no hay mujeres y casi no hay primera persona. Porque no me gustaba, me parecía que se parecía mucho a como hablaba yo, Mariana", recuerda. Ella no encontraba personajes en sus historias, se encontraba a ella misma. "Tiene que ver con algo personal de practicar narradoras mujeres en primera persona que sean personajes donde, por supuesto, voy a estar yo pero no de una manera tan abrumadora, donde yo no me reconociera tanto", amplía.


Leer con el cuerpo

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No arrancó necesariamente por el terror. En su casa había una biblioteca grande, muy grande. Y a los 8, 9 años, Mariana leía todo lo que allí había. De una manera "omnívora", recuerda. Clásicos como Cumbres borrascosas, Tom Sawyer y Mujercitas, se turnaban con Frankenstein y con los cuentos de Julio Cortázar. Cuentos que lograban inquietarla.

Sin embargo, las primeras "sensaciones físicas" las tuvo con Cementerio de animales, de Stephen King, y Otra vuelta de tuerca, de Henry James. "Hasta ese momento, todavía no había llorado con un libro ni lo había cerrado porque me daba miedo", destaca. La literatura era, antes de King y James, un "entretenimiento menos intenso".

En general, Mariana no se refiere a sus temores propios como "miedos". Habla de situaciones, cuestiones que la "inquietan".

"Por algún motivo, en muchos cuentos aparecen partes del cuerpo mutiladas (La casa de Adela, Las cosas que perdimos en el fuego), huesos (Nada de carne sobre nosotras)... hay algo ahí que sí me inquieta", apunta. "No le tengo miedo a un monstruo. Pero sí a lo que tiene que ver con la pérdida de lo físico, con el cuerpo desfigurado. Hay una cuestión que tiene que ver con el dolor, con la mutilación, con el cuerpo torturado, que sí me inquieta, en general, en la vida, y que después le busco la vuelta de género para que esté presente ahí, de una manera menos obvia", detalla.


Entre el cuento y la novela

A los 21 años, Mariana publicó su primera novela (Bajar es lo peor) y casi 10 años después, la segunda (Cómo desaparecer completamente). Y ahora, luego de sumergirse en crónicas y relatos más bien cortos, está escribiendo una nueva novela "muy larga", cuenta.  

"El cuento tenés que saber hacia dónde va, al revés de la novela que es un trabajo más en construcción y que cambia mucho. El cuento es un momento de iluminación", define.

Aunque no todo es terror para ella (es periodista cultural y docente, y también escribió un perfil sobre Silvina Ocampo, publicado en 2014), esta novela en la que trabaja también se inscribe en este género.

-¿Te da miedo que te encasillen?

- Para nada. Yo podría tener miedo de que me encasillen, si fuera un género que no me gustara. Pero yo podría escribir toda la vida esto. Me da totalmente igual, porque es un género que me gusta y que respeto.

Hay escritores que tienen miedo a eso, y se mueven contantemente como si no hubiera solamente 20 escritores realmente famosos en el mundo de los que se espera determinada cosa... después, vos podés hacer lo que quieras, nadie está esperando un libro de nadie. Hay una preocupación a veces demasiado narcisa sobre cómo te van a leer y, en realidad, por mucho que te lean, te leen poco... porque se lee poco y yo soy muy consciente de eso. Para mí la literatura es un lugar de absoluta libertad.

-¿Creés que está subestimado el género?

-Creo que el género está un poco subestimado, pero porque todo lo que tiene que ver con el entretenimiento en literatura está un poco subestimado. Porque se los considera menos literarios, porque son más populares y porque hay cierto prejuicio con lo popular, aunque se diga que no. Y también se subestima porque suelen ser los escritores con los que muchos empiezan a leer o que son leídos por mucha gente que no lee necesariamente literatura. Estos libros están muy cerca de personas que no leen muy académicamente o pensando en la literatura como una cosa más seria o artística, sino como un entretenimiento, como 'el libro de las vacaciones'. Creo que es un gran prejuicio. No considerar a (Ray) Bradbury un gran escritor, es un disparate. Que un tipo así no haya tenido ciertos tipos de reconocimiento... es increíble.

Mariana tampoco tiene rituales a la hora de sentarse a escribir ("Me encantaría, pero no tengo mucho tiempo"). Ni un lector ideal a quien escribirle. Pero sí tiene amigos, "gente real", a quienes les manda sus escritos para que le sugieran, la critiquen y también, por qué no, la aprueben. "Y también escribo para mí. Me costó entender eso. Pero a mí me gusta lo que yo escribo. Me divierte, la paso bien", dice.

Para Mariana escribir no es un trabajo. Tal vez por eso no lo sufre y ni siquiera padece del síndrome de la página en blanco. Escribe. Primero, una idea en un cuaderno "que a veces son dos renglones". A veces un poco más, en una letra espantosa que después no se entiende ni ella. Si es un cuento, lo resuelve en uno, dos días ("El cuento es como una canción, contundente").

Desde hace un tiempo, su pluma se agita en los vaivenes de este proceso, no menos apasionante, que le representa su nueva novela. Habrá que ver qué ocurre cuando vea la luz. Fácil es inferir que no pasará desapercibida.

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