Ni una nube en el firmamento, algo más de 28 grados después del mediodía, y una brisa agradable que sopló primero del noreste y después del noroeste, como para que la atmósfera no se tornara tan pesada y sofocante. Claro que, los que madrugaron y llegaron a la playa a partir de las 9 (o antes) pudieron recorrer la arena casi sin viento (las páginas meteorológicas hablaban de 5 kilómetros por hora).
Bajo ese marco, Mar del Plata brilló como en sus mejores tiempos, con las playas recibiendo a la gente con mucho entusiasmo. Sombrillas y sillas ubicadas casi sobre la orilla misma y haciendo complicada la llegada al mar para los que tenían su campamento playa adentro, algo muy común en tiempos lejanos, cuando era común ir sorteando familias o grupos de amigos antes de llegar a pisar la arena mojada.
En las playas con carpas alejadas, fue requisito indispensable llevar las ojotas cada vez que se inició una visita al mar, porque el calor de la arena hizo imposible la rutina tantas veces placentera de "caminar en patas".
El mar fue amo y señor desde muy temprano. "Yo vine a la mañana y ya me metí tres veces", comentó Martín un rato después del mediodía. Es cierto que esta ocasión el viento no sopló desde el norte, desde donde suele llegar con aire más cálido; pero su presencia fue un alivio para la intensidad de los rayos solares que tuvieron catorce horas de asistencia perfecta: desde el amanecer hasta el ocaso.
Grandes y chicos pasaron buena tarde del martes en medio de las olas, disfrutando del mar cuya temperatura se mantuvo en el nivel agradable que presentó desde el comienzo del año. "Yo me acuerdo de que hace algunos años, el agua estaba muy fría, me costaba entrar y aclimatarme", rememora Analía.
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Fue un día espectacular que permitió decorar con todos los ingredientes soñados del verano y que, según pronostican, fue el inicio de una racha de tres o cuatro días inmejorables. Con las playas más cargadas, los mismo que las calles y los paseos (no tanto los restaurantes y los hoteles).
Gasoleros pero felices, los que eligieron esta franja del mes para pasar las vacaciones, acertaron. Porque los días empiezan a ser ideales y, ya sin tanto viento, permiten armar una vianda con la comida para el almuerzo, bebidas, algún refuerzo para la hora del mate y los implementos que vayan a ser utilizados (barajas, dados, tejo o pelota), para que la jornada de playa sea completa. Los más sofisticados llegan provistos de una heladerita (a veces con ruedas para evitar la fatiga), mesas plegables, sombrillas y hasta la red especialmente confeccionada para jugar al tenis o a su variedad con pelota de fútbol. El protector solar, indispensable dentro del equipaje; la toalla, optativa (sólo para los más friolentos).