Hay tres jóvenes desaparecidos desde ayer. Me dijeron que la camioneta de uno de ellos apareció quemada en Flores”. Esa fue la primera información que llegó a la redacción. No se sabía nada, pensamos que podía ser un secuestro extorsivo o algo similar. La noticia no se publicó de inmediato, debido a que no había nada confirmado. Era un caso extraño.

Días después, el 13 de agosto de 2008, los cadáveres de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina fueron hallados en la localidad bonaerense de General Rodríguez. Estaban boca abajo, en un zanjón, al lado de un camino de tierra que nace en la ruta 6. Los habían maniatado con precintos, que quitaron antes de arrojar los cuerpos, y los acribillaron a balazos, con pistolas semiautomáticas.

El triple crimen de General Rodríguez, tal como se lo conoció periodísticamente, provocó un fuerte cimbronazo en el país. Más allá de la conmoción que generó el brutal asesinato, por primera vez en la Argentina se comenzó a hablar de la presencia del narcotráfico internacional.

Ese año, además, sicarios habían asesinado a dos jefes narcos colombianos en el playón de estacionamiento del shopping Unicenter, en Martínez.

A tres años del triple crimen, la causa que todavía se investiga en la justicia de Mercedes se encuentra a la espera del juicio oral y público contra cuatro acusados, aunque sólo uno de ellos está preso, debido a que los restantes tienen falta de mérito, o sea que no hay pruebas suficientes como para procesarlos.

Se trata de los hermanos Martín y Cristian Lanatta (el primero es el único encarcelado) y los también hermanos Víctor y Marcelo Schillaci.

Damián Ferrón trabajaba en una droguería y se había podido comprar una camioneta. Quería crecer, ganar dinero. A Leopoldo Bina lo conocía de Villa Lugano. Y ambos iban juntos a un gimnasio, donde habían entablado una relación de amistad.

Los negocios de Forza

La historia de Forza era distinta: era el dueño de un par de farmacias y droguerías y, con distintos negocios que había realizado (algunos de ellos ilegales, vinculados a la venta de medicamentos adulterados) había comprado una casa en un country de Pilar y varios autos de alta gama. Llevaba una vida acomodada.

Forza era el único que había manifestado temor antes del secuestro. Estaba preocupado porque había sido amenazado por otro joven empresario, que actualmente tiene una causa abierta por tráfico de drogas ilícitas a los Estados Unidos. Ibar Esteban Pérez Corradi había sido denunciado por Sebastián meses antes del asesinato.

 “Me quiere matar”, había dicho. Aparentemente, no le había devuelto una importante suma de dinero que le había prestado. Siempre se sospechó que esa plata era para comprar efedrina, un precursor químico que se utiliza para la elaboración de drogas sintéticas, como la metanfetamina o el cristal, un millonario negocio ilegal que manejan, principalmente, dos cárteles mexicanos que introducen la sustancia a los Estados Unidos.

Días después de los asesinatos, también se descubriría una relación sospechosa. El número del teléfono Nextel estaba en la agenda de un ciudadano mexicano llamado Jesús Martínez Espinoza, quien actualmente está preso en la cárcel de Ezeiza, acusado de elaborar drogas sintéticas en una quinta de Ingeniero Maschwitz. El narco, cuando cayó preso en Paraguay, dijo: “Sebastián me quería vender una droguería”. Pero, se sospechaba, que lo que le vendía era efedrina.

Para sumarle más misterio a este caso, una semana después, un ex socio de Forza, llamado Ariel Vilán, se mató arrojándose desde un edificio, en Caballito. Antes, escribió una carta en la que negó tener vinculación con el triple crimen.

El móvil del triple crimen, hasta el día de hoy, no ha sido aclarado por completo. O bien pudo ser una combinación de hechos que desembocaron en la masacre. Lo que sí se sabe es que el día de la desaparición, Forza y Ferrón estaban por cerrar un buen negocio: tenían planeado vender efedrina a un “empresario”. Y Bina sólo los acompañó, simulando ser un custodio privado. Estaba en el momento y en el lugar equivocado.

Forza salió de Pilar en su auto, que luego apareció abandonado en Constitución. Y Ferrón y Bina lo esperaron, primero, en un bar de la Capital Federal. Pero luego los tres emprendieron un viaje hacia Sarandí. El encuentro iba a ser en un hipermercado, a metros de la autopista Buenos Aires-La Plata.

Para el fiscal Juan Ignacio Bidone, que investigó el caso, los hermanos Lanatta y Schillaci los engañaron. No tenían ningún empresario para presentarles.

Los llevaron a la casa de uno de ellos, en Quilmes, donde los torturaron y los mataron, para luego trasladar los cuerpos a General Rodríguez. A tres años de la masacre, aún hay preguntas sin responder. Para los investigadores, aún falta encontrar a los autores intelectuales. Saber, precisamente, por qué y quiénes ordenaron matar a Forza, Ferrón y Bina.

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