La demagogia, un concepto no incorporado al reglamento de boxeo para fallar combates (ataque, defensa, técnica y eficacia), sedujo más las mentes que los ojos de jueces y espectadores para que el inglés Tyson Fury remontara dos caídas en las puntuaciones y se salvara de una derrota ante Deontay Wilder; el empate les convino a todos

No es que alguien se crea el dueño de la verdad. Cada cual la ve como la ve, y eso no admite discusión. Pero hay un criterio madre que impera para fallar peleas, y una cierta lógica macro, más allá de los detalles.

La pelea de los pesados del último sábado entre el yanqui Deontay Wilder y el inglés Tyson Fury –en la que empataron en fallo dividido-, puede servir como ejemplo específico.

Digamos que en una pelea de corte parejo como fue la de ellos -Wilder era el campeón CMB y Fury el 3º-, en la que pasaba poco y nada, donde había que fallar muchos rounds con lupa, donde el campeón es el que busca la mayor parte del tiempo la iniciativa y derriba dos veces al retador, si el resultado es empate algo anda mal.

Resumimos la radiografía del combate: pelea pareja, mala, poco clara, pocos golpes, con el campeón yendo a buscar y derribando dos veces al retador en distintos asaltos -descripción en la que estamos todos de acuerdo-, ¿qué hizo el retador para no solamente emparejarla, sino además ganarla, de no haber sido por sus dos caídas?

Algo no cierra. Wilder no debió bajarse del ring con un empate. No es justo. No es criterioso.

Pero hay una explicación.

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Fury, que dobla en personalidad a todos los pesados del momento y a Wilder quizás lo triplica, manejó bien los momentos psicológicos del combate. Pero no ante Wilder, sino ante el público y jueces.

Sacó a cuentagotas las manos, aprovechó que el yanqui erró casi todo, y faltando 10 segundos para finalizar cada asalto metía dos cachetazos tras lo cual alzaba las manos y festejaba como si hubiese metido un gol.

Quizás en cantidad de golpes había paridad, pero en la retina siempre queda lo último. Craso error. El round empieza en el 1º segundo del combate, sólo que se va olvidando a medida que la acción transcurre.

Lo cierto es que ante una paridad palpable, jamás 10 segundos de trabajo pueden valer más que 2,50 minutos, aunque en ese lapso se hubiese logrado idéntico producto que en 10 segundos.

Tampoco era que el inglés manejara la defensa con maestría para que Wilder errara, sino que la torpeza del campeón, su imprecisión y carencia técnica, lo llevaba a errar solito el blanco.

De los cuatro conceptos que se evalúan -ataque (golpe conectado), defensa (golpes evitados), técnica (corrección del golpe pegado) y eficacia (efecto del golpe)-, en casi todos estuvieron parejos, salvo en uno, que en el profesionalismo es el más importante: LA EFICACIA.

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Si alguien quiere hacer valer la mejor técnica de Fury como desequilibrante, es por un simple preconcepto de peleas anteriores, o de gimnasio, porque en la pelea hizo tan poco, dosificó tanto su ataque, que ese ítem quedó prácticamente en blanco.

No hay demasiada discusión en cómo fue el combate a trazo grueso. El problema fue cómo cada cual lo evaluó. Y allí es donde Fury supo influir en los espíritus por su actitud relajada, su histrionismo, su comicidad. Su personalidad. Todas reglas no escritas en reglamento alguno, pero que a la hora subjetiva de elegir, intervienen.

Hubo acá un Locche, que para el argentino medio ganaba todas las peleas casi sin pegar, porque compraba su show. La gente iba a eso, a entretenerse. Sin embargo, para el paladar yanqui o europeo, las hubiese perdido casi todas.

Lorenzo García –desaparecido recientemente- le ganó a Locomotora Castro en la FAB sólo para jueces y público argentino, que esperaban que el Roña le arrancara la cabeza. Como no sucedía y Lorenzo encima lo disfrutaba, aunque apenas lo tocaba para la gente ganaba. Y de hecho se la dieron, aunque objetivamente, pese a su dominio sicológico no fue un buen fallo.

Imposible demostrarlo, pero no la ganó. ¿Pero cómo luchar contra paladares?

Lo que desconcierta es que en USA se llenan la boca argumentando que allí se prioriza al boxeador de ataque, al que va al frente, pero lo aplican sólo cuando les conviene. Cuando no, se dice que la frase es un mito.

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Y acá, en Wilder-Fury, el fallo que más convenía era un empate, para que quede servida una revancha, o tal vez, un combate entre cualquiera de los dos y el campeón AMB, FIB y OMB, el también británico Anthony Joshua.

¿Está mal?

En tiempos de crisis como éstos, donde hay tanta escasez, se entiende que se quiera cuidar el negocio sin auto boicotearse. Y si no, a fijarse en Canelo-Golovkin 1 –por qué no también la 2- si no sirven como ejemplo.

A un Fury ausente de los rings durante 3 años por su adicción a las drogas, que montó un show en pleno patio yanqui –el Staples Center de Los Ángeles-, que al caer tuvo la lucidez de hacerse la visera con la mano imitando a Jack Johnson cuando cayó en el round 26 contra Jess Willard tapándose el sol con el guante a cielo abierto –denunciando que estaba consciente y alimentando la sospecha de que lo compraron-, y que al final hizo “La Gran Bonavena” cuando llamó “chicken” a Alí, al referirse a su compatriota Anthony Joshua, la maquinaria del boxeo no se lo puede perder. Y está bien. De ahí a la confusión en la escala de valores para evaluar un combate, hay un gran trecho.

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