El chubutense tiene una parada difícil el sábado ante Manny Pacquiao, no sólo por lo boxístico, sino también por lo adverso del contexto, donde el Pac Man es el organizador. La lógica pura le asigna chances, pero las leyes del negocio se las niega. ¿Quién se impondrá? Una pelea inapostable.

Cuesta imaginar al filipino Manny Pacquiao retirarse perdedor el próximo sábado del patio de la casa de su tía, en su combate frente a Lucas Matthysse.

El Pac Man, con su empresa MP Promotions, será el organizador del evento por el título mundial welter AMB que ostenta el chubutense a efectuarse en Kuala Lumpur, Malasia, no en su casa, pero en un país vecino a su Filipinas natal, que por tratarse de dos islas sería más o menos como decir Costa Rica y Puerto Rico, si fuera en el continente americano.

Vaya a saberse por qué Pacquiao decidió organizarla allí, pero de seguro que algo se trae entre manos, o al menos así suponen los malpensados de siempre, que aprendimos a serlo con los años en el mundo del boxeo.

¿Cómo imaginar que el filipino y su grupo le hayan ofrecido a Matthysse tamaña bolsa –no trascendió, pero es importante- más todas las condiciones exigidas, y que luego éste se vuelva con el título bajo el brazo como si tal cosa, más la valija llena de dólares? ¿Y Pacquiao -que es el que organiza y paga- qué gana? ¿Solamente la plata -que le sobra- y el orgullo de organizarla?

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Hay bolsas que representan una paga, y otras que representan una compra. La de Lucas da la sensación que se parece más a esta última.

Puede que el Pac Man sea tonto, se haya vuelto tonto, o se haya equivocado en su análisis del argentino. Puede que el flojo rendimiento de Matthysse en el último choque contra Tewa Kiram, más el KO sufrido ante Viktor Postol, lo hayan confundido. O que parte de la dura carrera del filipino le esté pasando factura y nuble su enfoque, pero tiene un equipo detrás que puede advertirlo, porque lo suyo tampoco es para tirar manteca al techo.

Matthyse no solamente sigue noqueando cuando emboca una mano: además es más joven y grande físicamente. Y el Pac Man, con 39 años, perdió su velocidad y precisión natural, a la vez que los golpes empezaron a dolerle.

Matthysse no es Mayweather, a quien podría robarlo en escandalosas tarjetas. Las tarjetas se manejan. ¿Pero cómo impedir un KO si viene, o una paliza descomunal? ¿Cómo luchar ante la potencia devastadora cuando el rival posee la pegada y la justeza del chubutense, aunque es cierto que tampoco la suya es la de otrora?

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Pensar que Pacquiao, con su investidura de Senador nacional de su país, se retirará perdidoso ante su público y cámaras de TV, e incluso noqueado, sería más o menos como en su momento pensar que Maravilla Martínez podía perder cuando defendió su título mundial mediano CMB en Vélez frente al inglés Martin Murray; o que Juan Martín Coggi lo haría en Tucumán frente al colombiano Eder González, con Palito Ortega –gobernador tucumano de aquel entonces- en el ring side; o que a Mayweather le fallaran en contra los jueces a los que él mismo les pagaba sus honorarios en cualquiera de las defensas que organizaba. Suena absurdo comercialmente.

¿Pero hay imponderables? Los hay.

Maravilla y Coggi cayeron y pudieron haber perdido por KO si Murray no hubiese dado el paso atrás extrañamente cuando lo tiró -en vez de atacar-, o en el caso de Tucumán, de no haber sucedido todo lo que sucedió en aquel histórico duelo, incluyendo la opción nunca reconocida de cortar la luz del estadio si el Látigo caía de nuevo.

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No sabemos qué puede pasar en ésta, porque sin ir más lejos, la luz no podrán cortarla ya que será de día en Malasia –acá TNT Sports la televisará por codificado en directo a partir de las 21:00-, pero tal vez se derrumbe el ring, o invadan las abejas el estadio si Pacquiao pierde su vertical. O no. Quién sabe.

Rusia acaba de quedar eliminado de su Mundial, aunque claro, Putin no estaba en la tribuna y su pueblo ya se había conformado con haber llegado a donde llegó.

Sin embargo, con lo que el argentino medio sabe y conoce de fútbol, pocos acertarían la final del mismo, e incluso al campeón con la final ya armada. ¿Por qué es tan difícil acertar esos pronósticos?

Es más; si a alguien le hubiesen contado en lo previo que Italia no se clasificaría, que Alemania no pasaría su llave, que España y Brasil no llegarían a semis, y que Argentina no podría contra Islandia, ¿quién lo creería? ¿Apostarían a que eso se diera así, aun sabiéndolo de antemano?

Ignoramos si el negocio de Pacquiao es ganar, perder, o cuál. Lo que no se ignora es que no da puntada sin hilo.

Por eso cuando alguien pide un pronóstico hay que tener en cuenta tantas cosas en peleas de este tipo, con todo lo que puede haber en juego sin conocerse, más abajo que arriba del ring. No se trata solamente de un análisis boxístico, que de por sí sería difícil.

Matthysse-Pacquiao ofrece un abanico de posibilidades imposibles de descifrar también desde la lógica a aplicar: si la del ring, con un análisis puramente boxístico -compleja por desconocer a ciencia cierta la actualidad de ambos, que ni ellos mismos saben-, o si la de los condicionantes extra que se intuyen bajo las aguas.

Por eso será apasionante. E impronosticable. Como mínimo, azarosa. De esas que cuanto más se las analiza, más desorientan.

Cuenta la fábula que el genio de la lámpara le concedió al burrero un deseo, y este le pidió el diario del lunes, para saber el resultado de todas las carreras. Y aun así, perdió. ¿Cómo es posible?

¿Estaba errada la Info? No. Simplemente, se resistió a apostarle al matungo, que era el ganador de una.

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