En la pastelería, 50 gramos más de harina, 1
huevo de más, 1 clara de menos, 20 gramos más de manteca o 25 gramos menos de
azúcar pueden alterar notablemente la textura de una receta, sin vuelta atrás ni
remienda que valga. Con suerte, saldrá algo comestible, rico, pero que no será
esa receta puntual que teníamos la intención de hacer.
Porque no es lo mismo un almíbar a
punto bolita que un almíbar a punto hilo, como no es lo mismo un merengue
francés, que un merengue suizo o un merengue italiano. Tampoco es lo mismo la
crema batida a medio punto que la crema batida a tres cuartos. Y no es lo mismo
cocinar un pionono a la temperatura correcta que a una temperatura un poco más
baja o elevada. En un caso saldrá crudo, y en el otro, tan seco que habrá
perdido flexibilidad y se partirá al doblarlo. Lo mismo vale para la cantidad de
tiempo de cocción, que también es muy importante respetar. Y los ejemplos son
innumerables.
Es por eso que los profesionales de
la pastelería suelen tener cuadernos llenos de anotaciones, fórmulas y balanzas
para pesar muy bien sus ingredientes y así evitar que la memoria les juegue una
mala pasada. Sin embargo, para los pasteleros que aprendieron esta máxima, el
mayor desafío está en jugar con las recetas al máximo, sosteniendo su esencia
pero a su vez desafiando sus límites para recrearlas según su propia
creatividad. Hecha la ley, hecha la trampa. La frase se podría adaptar a la
pastelería también. No es fácil, pero es posible.
En esta nota, el reconocido
pastelero Mauricio Asta nos propone sumarnos a ese juego, recreando recetas
clásicas, como son las magdalenas francesas, el tiramisú italiano o nuestros
alfajorcitos de maicena, con un toque de chocolate que se le suma a cada uno de
ellos.
En el caso de las magdalenas, éstas
son tradicionalmente de huevo, miel y ralladura de limón. Aquí, el pastelero
agrega cacao amargo en polvo y chips de chocolate a la masa, pero cuidando de
que las características propias de este bocado francés permanezcan inalterables
en su esponjosidad y suavidad. Para ello, se resta harina para sumar cacao y se
tiende a aumentar la cantidad del polvo de hornear para sostener los chips de
chocolate al crecer en el horno. El resto es igual: se colocan en moldes con
forma de conchas acanaladas y se sirven a la hora del té.
Muy diferente es el caso de los
alfajorcitos de maicena cuyas tapitas se hacen como siempre, siendo su relleno
el que cambia. En vez de dulce de leche, Asta decidió rellenarlos con una crema
de chocolate que los convierte en un manjar inigualable. Y el tiramisú italiano,
que ya lleva cacao amargo en su crema, aquí lo incluye también en su masa de
vainillas. Otra vez se resta harina para sumar cacao (normalmente llevarían 100
gramos de harina para las proporciones de esta receta y en su lugar llevan 80
gramos de harina y 20 gramos de cacao amargo).
Justamente, lo interesante de la
pastelería es este doble juego entre la exactitud casi científica de sus recetas
y la exigencia de improvisación y creatividad que tienen que tener los
pasteleros para no repetir solamente fórmulas. Los más puristas y
tradicionalistas seguirán las recetas al pie de la letra y a otra cosa. Los más
osados, intentarán poner a prueba las fórmulas con ingredientes y técnicas
novedosas. En esta nota empezamos con cosas simples que podemos hacer en nuestra
casa como el hecho de agregar chocolate a masas o rellenos que usualmente no lo
llevan. ¡Ideal para golosos y para los amantes del cacao!