Sin fisuras, sin pausas y con un rendimiento que contempló estupendos relieves individuales y una gran convicción colectiva, el equipo que conduce Marcelo Gallardo elaboró una victoria rotunda minimizando a un rival abatido y resignado

“Boca llega a la final, no tengo dudas. Hay que ganarle a River como le ganamos siempre: cagándolos a trompadas y patadas”. Las desafortunadas palabras de ese crack que fue Angel Clemente Rojas, en los días previos al Superclásico, quizás dan la pauta de la impotencia revelada que expresaba el sentimiento boquense en el cruce decisivo ante River por la semifinal de la Copa Libertadores.

Apelaba Rojitas a ganar en otros terrenos muy alejados del juego. Porque en el plano del juego, seguramente sabe que River le saca ventajas indescontables a todos los equipos del fútbol argentino. Incluso a Boca. Ventajas que se evidenciaron con claridad absoluta en un 2-0 que se quedó corto en relación a lo que terminó denunciando el desarrollo del partido.

Fueron demasiadas las diferencias que se plasmaron en la cancha. Diferencias de orden individual y colectivo. Diferencias de equipo. De estructura de equipo. De funcionamiento. De estatura de equipo. De recursos. De presencia. Y por supuesto de posibilidades. River superó ampliamente a este Boca indescifrable y tibio de Gustavo Alfaro. Y lo superó desde el arranque hasta el final con una determinación y agresividad futbolística que dejó al desnudo una impactante falta de equivalencias entre River y Boca.

River Boca

Por eso el resultado refleja apenas una parte del paisaje. Es lo que se inscribe en la estadística. Y hasta puede enfocarse en la pretensión de Boca de construir en la revancha del próximo 22 de octubre algo tan superador como espectacular. Son los sueños de fútbol siempre presentes. El 2-0 en las cifras no es catastrófico. Pero en la cancha, sin embargo, estuvo muy próximo a esa orientación. Porque River lo expuso a Boca con una crudeza inequívoca.

Lo expuso a perder en todos los sectores del campo. A ganarle todas las pelotas divididas. Y aquellas que no se dividen. Y por largos pasajes lo condenó al papel de partenaire. Solo con el arquero Esteban Andrada (de gran producción) como un bastión efectivo de la resistencia. Andrada, en definitiva, sostuvo a Boca en las urgencias que fueron muchas y en las peores circunstancias del encuentro.

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El uno por uno de River frente a Boca

El VAR, otra vez en el centro de las críticas por una penal cobrado tarde

Ahora, con todo arriba de la mesa se explica porque el 1º de septiembre, en el compromiso por la Superliga, Boca fue al Monumental con la idea explícita de sacar un empate haciendo un planteo propio de un equipo que se siente muy inferior. Y sacó Boca el empate que había venido a buscar, concentrándose en defender los espacios para firmar el 0-0. Interpretaba Alfaro que Boca no tenía hilo en el carretel para jugarle a River en igualdad de condiciones.

Esta vez no repitió aquella deprimente puesta en escena. Quiso plantarse más arriba Boca. Y juntó en un marco teórico (es una manera generosa de decir) del medio hacia adelante a Soldano, Reynoso, Mac Allister y Abila. ¿Para qué? No se sabe. Ni Alfaro a esta altura lo debe saber. Porque con la pelota no se juntaron nunca. Salvo Abila, el resto, retrocedió muchísimo más de lo que atacó. La subordinación a los movimientos ofensivos de River fue total. Y lo que padeció no puede circunscribirse a los dos goles que le anotaron. Porque las llegadas que sufrió fueron numerosas en cantidad y calidad.

River jugó sin ataduras. Con Nacho Fernández (autor del segundo gol luego de una estupenda maniobra colectiva) sorprendiendo en cada aparición, con los laterales Montiel y Casco pasando con polenta y convicción a ocupar zonas de ataque, con Suárez errático, con Enzo Pérez cortando y saliendo y con el reaseguro de un equipo que nunca bajó el ritmo. Un ritmo que demolió a Boca sin atenuantes. Es cierto, le faltó a Borré y a De La Cruz una dosis de mayor precisión en la última pelota. En el último toque. En el pase a la red como diría el Flaco Menotti, sintetizando la combinación de serenidad con eficacia.

River Boca

Cuando River con el penal de Borré (confirmado por el VAR) abrió el partido cuando se disputaban apenas cinco minutos, ya dejaba la sensación que no podían esperarse sorpresas. Que el aluvión anunciado iba a ser propiedad de River. Y fue tal cual. Un aluvión despojado de pausas. Boca parecía entregado. Y estaba entregado. No podía. No tenía reservas futbolísticas para bancarse un 0-1 prematuro. Y Alfaro veía que rápidamente se le quemaban los libros. Y se le quemaban sus expectativas, aunque en el segundo tiempo quiso encender el fuego con los ingresos de Tevez, Salvio y Zarate. No ocurrió nada. Ni fuego ni fueguito. Nada. Solo cenizas en el viento.

River con el 2-0 en el bolsillo le hizo precio a Boca. Y le tiró una soguita de cara al cruce en La Bombonera. Boca no hizo pie en el Monumental. Le quedó grande el desafío. “Somos un equipo molesto”, había declarado Tevez luego del triunfo ante San Lorenzo. Habría que señalar que en esta oportunidad no lo “molestaron” a River. No lo incomodaron. No lo fastidiaron. No le crearon problemas. “Vamos a hacerle a River un partido inteligente”, agregó Tevez luego del 1-1 del pasado domingo frente a Newell’s. Está de más afirmar que esa “inteligencia” reivindicada estuvo ausente.

River no está todavía en la final de la Copa Libertadores. Lo que queda muy claro es que para Boca ese objetivo, por ahora se encuentra demasiado lejos.

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