Una entrada muy violenta desde atrás de Angel Romero en una práctica terminó ocasionándole una grave lesión ósea a su compañero Andrés Herrera. La imprudencia y la búsqueda de naturalizar el contacto físico agresivo para recuperar la pelota son registros que alimentan los daños colaterales.    

La noticia se conoció el último viernes: el delantero paraguayo, Ángel Romero (gemelo de Oscar) durante un entrenamiento que realizaba el plantel de San Lorenzo le fracturó el peroné de la pierna izquierda al lateral derecho Andrés Herrera de 21 años, lo que le demandará, de mínima, tres meses de recuperación y quizás una intervención quirúrgica. Herrera estaba casi transferido en 5 millones de dólares al Palmeiras y esta circunstancia hizo caer la operación.

“Un miserable obstáculo no borrará tantos sueños logrados y muchos menos los que quedan por lograr”, fueron las palabras que el capitán del Ciclón, Fabricio Coloccini, volcó en un comunicado en Instagram que hizo público, dejando instalado el gran malestar que provocó en el plantel y quizás también en la dirigencia la violenta entrada desde atrás de Ángel Romero, quien luego manifestó su arrepentimiento, denunciando en las redes sociales que lamenta “lo sucedido ya que en ningún momento tuve la intención de lesionar a un compañero”.

Y agregó: “Te hago llegar Andrés mis sinceras disculpas. Desde mi llegada al club te convertiste en mi compañero y amigo. En toda mi carrera es la primera vez que me toca vivir una situación tan difícil con un colega a quien siempre respeté y tengo un gran aprecio. Mucha fuerza y quedo a tu disposición para lo que necesites”. Por otra parte, también circuló en las redes la visita de los hermanos Romero a la casa de Herrera, posando para las fotos.

El grave episodio ocurrido en el marco de una práctica que enfrentaba a delanteros y defensores no debería subestimarse o atribuirse simplemente a las cosas que pueden suceder cuando se juega al fútbol.

Los accidentes no pueden anticiparse. O prevenirse. Son accidentes. Hechos inesperados que se producen sin anunciarse. Pero la apología bastardeada de la “intensidad” con que se ha naturalizado la disputa de un partido oficial o de un entrenamiento informal, forma parte del clima de época para jugar al fútbol.

Todo, absolutamente todo, tiene que ser “muy intenso”. Lo dicen los técnicos en privado y en público. Lo repiten los periodistas en innumerables oportunidades. Lo interpretan los jugadores desde la palabra y desde la acción. La “intensidad” parece ser la verdad revelada del fútbol. Como si a mayor “intensidad”, mejor juego desarrollara un equipo. Y no es así.

Esta figura sacralizada de la ”intensidad” como principal bandera a la hora de ir a recuperar una pelota, asfixiar la salida rival y presionar en campo propio o ajeno, se fue transformando en una herramienta que alienta el desborde físico. Es ganar la pelota en base a una presencia física agresiva y muy determinada que el ambiente exalta como una virtud esencial al momento de analizar un partido.

En ese plano de agresividad y determinación para conquistar los espacios y la iniciativa, no pocas veces se precipitan los choques temerarios, los excesos imprudentes y también las fracturas, como la que sufrió el pasado viernes Andrés Herrera. Esa matriz de fútbol que reivindica la “intensidad” por encima de cualquier otra instancia del juego, por supuesto tiene sus consecuencias. Y sus insalvables daños colaterales.

No sostenemos que hay que jugar sin presionar y dejando que los rivales en cualquier sector del campo reciban la pelota con absoluta comodidad. Aquella estupenda Holanda del 74, con Johan Cruyff de gran bastonero, modificó el mapa del fútbol mundial con una dinámica y un ritmo espectacular. Ese legado continúa vigente. Pero ese legado trascendió largamente la “intensidad” como valor supremo. El valor supremo era el juego colectivo enriquecido por formidables individualidades y por un entrenador de la dimensión conceptual de Rinus Michels.

Queda en evidencia que la “intensidad” es un arma de doble filo. Hay que ver cómo, en qué circunstancia y de qué manera se utiliza. Y cuál es el contexto para tensar la cuerda. Romero fue “muy intenso” en una práctica irrelevante. Herrera fue la víctima providencial. ¿Mala suerte? No. Es el riesgo de pasarse de revoluciones y entender mal un mensaje futbolístico sobreestimado.

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