A los pocos días de haberse concretado su fichaje para el Barcelona, en los finales de la segunda quincena de mayo de 2013, el Flaco Menotti nos dijo convencido, anticipando lo que podía suceder: “Neymar no llega al Barcelona para ser un ladero o un buen acompañante de Messi. Nada que ver. Llega seguramente con el objetivo de descoserla e incluso de superar a Messi. Y no está mal. Al contrario. Esta es la mentalidad competitiva que también distingue a los grandes jugadores. No viene Neymar al Barça para ser solo el talento complementario de Messi”.
El tiempo transcurrido, testigo inexorable de los hechos, le dio la razón a Menotti. Neymar no había hecho pie en Barcelona para ser una figura detrás de la figura monumental del astro argentino, considerado el mejor jugador del mundo. La sana ambición de Neymar, hoy denostado sin miramientos en Cataluña por haber elegido continuar su carrera en el París Saint Germain (PSG), no era desplazar a Messi, pero sí tener una autonomía de vuelo suficiente para despegarse de la inercia futbolística del super crack rosarino.
A la luz de las circunstancias y de las evidencias, queda en claro que Neymar no logró salir de esa burbuja tan confortable y a la vez tan incómoda. Porque aunque inventara maniobras y golazos infernales partido tras partido, los golazos suyos no iban a estar en primerísimo plano. Eran de Messi. Lo mismo le cabe al formidable goleador uruguayo Luis Suárez. Podrá quemar redes ajenas en innumerables oportunidades, pero con la camiseta del Barcelona siempre estará detrás de Messi.
Neymar jugó cuatro temporadas al lado de Leo. Y ganó todo. Pero no se consagró ahí. Ya venía consagrado del Santos (cuna de esa deidad futbolística que es Pelé) y de la selección brasileña. No era una celebridad más en la constelación de viejas y nuevas celebridades que se instalan erráticamente en Cataluña para que se exhiban sus virtudes durante un par de años.
Neymar quería el cetro del fútbol mundial. Y discutirlo ahí. En la casa de Messi. No ser la pared que descarga la pelota con la precisión de un artesano. No ser el socio perfecto. Sino protagonizar todo lo que un crack como Neymar puede protagonizar. Y más aún siendo considerado por la prensa brasileña y por sus compañeros de scratch como un verdadero elegido capaz de liderar a su equipo. Como, por ejemplo, lo viene haciendo con Brasil.
En Barcelona ese rol determinante y en algunos casos excluyente nunca lo pudo conquistar . Y aunque no se le conocen discrepancias ni desplantes con Messi, la naturaleza de Neymar no es la de un fenómeno que prefiere estar lejos de las vanidades, los desafíos (“Necesitaba algo más grande, un reto mayor”, afirmó apenas arribó a París) y la autosatisfacción.
Para alejarse de cualquier vidriera que revele espectacularidad está el ascetismo inalcanzable de Andrés Iniesta. Una especie de alter ego de Bochini que ni grita los goles y mucho menos muestra sus abdominales para un afiche promocional. Neymar, en cambio, quiere fotos, quiere tapas de diarios, revistas y plataformas digitales, quiere show globalizado y quiere sobre todo a los 25 años catapultarse como el número uno del mundo. En Barcelona, con razón, interpretó que no lo iba a lograr. Y se despidió después de cuatro temporadas alegando cuestiones formales.
Messi, en ese plano muy específico de la competencia individual, no le iba a regalar nada. Ni un vaso de agua en el desierto. Podría darle la posibilidad de ejecutar un penal con el partido cocinado o un toque manso al arco vacío o una descarga exacta para que deje al arquero congelado en la intrascendencia, pero nadie tiene tanta grandeza para servirle al otro en bandeja la gloria de una consagración muy deseada.
Quizás este fue el límite marcado que encontró Neymar en el cielo blaugrana. El límite que lo hace dejar el Barcelona y abrazar la fiebre desquiciada del PSG en contratarlo en cifras monstruosas que van muchísimo más allá de los 222 millones de euros por la cláusula de rescisión. El límite que por supuesto no va a blanquear. Porque estas cosas íntimas no se blanquean. No se dicen. No se confiesan. Se guardan.
La aspiración reivindicada de Neymar es la aspiración que el Flaco Menotti supo describirnos días antes de que debute en el Barça. El PSG ahora estará a merced de Neymar. El Barcelona no lo estaba. Ya tenía su rey. Y esa corona simbólica no se presta ni por un ratito. Por eso Neymar selló el adiós.
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