El volante central no solo se ganó un lugar como titular de la Selección nacional, sino que logró en pocos meses ser un protagonista muy influyente del equipo e incluso dejando señales de cierto liderazgo bien administrado.

Después de la prolongada hegemonía futbolística que expresó Javier Mascherano como volante central de la Selección durante cuatro Mundiales, cinco Copas América y catorce años jugando como titular con distintos técnicos; Leandro Paredes, luego de Rusia 2018, se quedó con el puesto.

Lionel Scaloni, primero como un entrenador provisorio de la Selección y luego de la Copa América en Brasil confirmado en el cargo hasta el Mundial de Qatar, eligió a Paredes desde el arranque de su gestión como un jugador clave en el armado del equipo.

Paredes (con pasado en Boca, Chievo Verona, Roma, Empolii, Zenit y ahora en París Saint Germain) respondió en la cancha con una naturalidad infrecuente. Hoy es el cinco de la Argentina y se convirtió en una presencia muy influyente en la estructura y en el buen funcionamiento que viene denunciando la Selección, que por otra parte genera resentimientos incomprensibles en algunos sectores de la prensa que soñaban con el arribo de Marcelo Gallardo, gran candidato del universo mediático.

Volviendo sobre Paredes, hasta podría afirmarse, sin caer en temeridades, que asume conductas y responsabilidades propias de un líder que todavía se está desarrollando. Un líder positivo. Esto es lo que transmite Paredes. Lo que revela en el campo, más allá de haberle sacado la pelota de las manos a Lautaro Martínez para ejecutar el penal en el formidable 4-0 a México del martes pasado, en Estados Unidos.

Se advierte con absoluta claridad que no es un jugador de paso en la Selección. Que llegó para dejar una huella. Y aunque en la etapa anterior de Jorge Sampaoli tuvo algunas experiencias con la camiseta argentina (actuó el 23 de marzo de 2018 en el 2-0 ante Italia previo al Mundial y en el 6-0 a Singapur del 13 de junio, cuando anotó un gol), fue con Scaloni cuando encontró un espacio y un rol que él supo aprovechar con una autoridad futbolística muy valiosa y elogiable.

Tan valiosa y elogiable que en la actualidad quedaron suspendidas en el olvido las voces que se elevaban en el ambiente cuestionando su presencia como volante central por no ser un clásico intérprete de la interrupción, el quite y la marca.

Es cierto, Paredes no juega ni jugará como lo hacía Mascherano. No es un volante de corte. Es un volante de juego y circulación que además incorporó el corte, el quite y sobre todo el anticipo en campo propio y en campo rival, con buenas perspectivas en ataque.

En Boca, parecía ser una especie de enganche algo indolente que admiraba la calidad de gran tiempista y organizador ofensivo que manifestaba Juan Román Riquelme. En su tránsito por Italia, en 2015 el técnico del Empoli, Marco Giampolo, le planteó jugar más retrasado para disponer de mayores posibilidades en el equipo y para ver con más amplitud la geografía total de la cancha. Aceptó la sugerencia. “No me quedaba otra, yo quería jugar”, dijo por aquellos días. Y comenzó a revelarse esta versión actual que Scaloni desde su mirada y decisión de ratificarlo como el cinco de Argentina, logró potenciar.

Paredes se consolidó en esa función. Desactivó de manera progresiva las críticas (muchas de ellas prejuiciosas, ligeras y facilistas) que llovían sobre sus espaldas al no ser un especialista del relevo defensivo y la recuperación de la pelota y fue ganando algo más que una disputa de contenido táctico.

Porque es un protagonista estratégico, Paredes. Que también descubre por sus condiciones y por la posición que ocupa, a qué quiere jugar la Selección. La presencia y las características de Paredes le dan, en definitiva, un significante al fútbol que pretende construir Argentina. El, como un cinco único, acompañado por dos interiores (De Paul y Exequiel Palacios o Lo Celso más abiertos o más cerrados), es el termómetro que regula la temperatura futbolística del equipo, por encima del sistema original que baje el técnico.

Ya no lo persigue ese cierto aire de indolencia que hace unos años le bajaba el precio. Es muy participativo a la hora de defender los espacios, salir en auxilio de un compañero comprometido con la presión adversaria y promover luego de ganada la pelota, la progresión ofensiva a la que también le incorpora la precisión de una pegada estupenda que aún no explotó en relación a sus capacidades.

¿Esto quiere decir que Paredes encarna a la perfección el espíritu y el juego colectivo que tenía ese crack que fue Fernando Redondo o más atrás en el tiempo lo que expresó Clodoaldo para aquel Santos de Pelé o aquel Brasil maravilloso de México 70 que integró a los 20 años? Lo que quiere decir es que Paredes cuenta con varias particularidades que lo distinguen. Como lo distinguían a Redondo y a Clodoaldo en la función de cinco con iniciativas que trascendían con holgura la tarea de la recuperación.

Es verdad que en algunas oportunidades se queda con la pelota más tiempo de lo aconsejable por confiar demasiado en su manejo. Y es un tema a corregir. Pero en las sumas y restas de las que nadie está al margen, su aporte a la Selección es muy importante. Porque le ofrece destacados recursos técnicos, capacidad estratégica para conducir y elaborar y un liderazgo inocultable en el marco de las necesidades del cuerpo técnico y de la Selección.

Por eso esta aparición formidable de Paredes en el campamento argentino no es un dato de la realidad de bajo alcance. Por el contrario: es una pieza vital en esta Selección que Scaloni nunca dejó afuera en ningún partido oficial o amistoso.

Como si Paredes se transformara en pocos meses en un jugador fundamental. Y lo es. El tiempo, en este caso, corre paralelo a su evolución.

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