Dotada de una magia especial para comunicarse con los chicos, Cecile charre es una de las pocas titiriteras y ventrílocuas del país. Artesana y conductora de ciclos infantiles en tv, sigue ofreciendo su arte ahora radicada en Córdoba

A principios de la década del ‘80, surgió en el canal 7, por entonces ATC, un ciclo destinado al público infantil, que de inmediato se convirtió en una de las propuestas favoritas de los chicos: “Telejuegos” era su nombre, y en el programa se destacaba una joven creadora que pronto se convirtió en una atracción especial por sus dotes como titiritera y ventrilocua.

Algunos la recuerdan como quien le daba vida a títeres como el perro Alfonso, la bruja Casandra o Juan Zanahoria. Luego de cinco años en el aire, el tiempo dio paso a otras experiencias, pero hoy, Cecile Charré (69), no ha dejado de dedicarle sus energías creativas a los chicos, aunque viva hace 15 años, en Villa Rumipal, en el valle de Calamuchita, en Córdoba, junto a su pareja, Tito Beauville, también artista y artesano.

En charla con Historias de Vida, en su reciente visita a Buenos Aires, donde presentó un espectáculo en el Paseo La Plaza, Cecile recordó parte de su trayectoria como artista y su actualidad en un ámbito mucho más reducido pero también más cercano a la paz, como la zona de las sierras.

La vida de Cecile parece haber sido diseñada por un novelista. Ya que, por la tarea diplomática de su padre, nació en la ciudad sudafricana de Durban, pero a los 6 meses llegó a la Argentina, junto a su familia, y nunca más volvió a tierras africanas, aunque conserva un cuchillo y algunos efectos zulúes.

Cecile dice que “como gran parte de mi infancia viví en zonas agrestes y con mucho verde, en zonas como Acassuso y el Tigre, crecí en estado semisilvestre, y de chica me dí cuenta que tenía capacidad de imitar distintas voces de animales o sonidos raros”, y remarca que “tenía una enorme habilidad manual para armar personajes, así, surgió una perra que bauticé Wendy, y que de alguna forma me cambió la vida”.

Desde joven, Cecile siempre se inclinó al arte, y durante varios años se ganó la vida animando fiestas infantiles, pero cuenta que “en 1981, yo tenía 30 años, y justo entro en contacto con el productor Fernando Marín, que me propone conducir un ciclo en canal 9, que se llamaba Verano Mágico, y esto me abrió muchas puertas y la posibilidad de shows infantiles en teatros y salas”.

Pero el mayor salto se produjo a través del periodista José De Zer: cuenta que “un día me lo encuentro en la calle, yo estaba sin laburo, y él me recomienda a un directivo de ATC, Alfredo Scalise. Fui a verlo, y tras hablar con otro productor, me ofrecen armar algo para empezar en un ciclo nuevo que se preparaba para los chicos”.

Y así surgió “el perro Alfonso, que ladraba, aullaba y gemía, pero no hablaba, era un títere hiperrealista. El ciclo lo iniciamos a comienzos de 1982, junto a Claudia Cherasco, y se extendió durante cuatro años, durante los que tuvimos un gran éxito, surgieron nuevos personajes, y en Telejuegos convivían los titeres con dibujos animados y un ida y vuelta muy lindo con los chicos, y además grabamos un par de discos con relatos y canciones”.

Hacia 1986, Cecile decidió dejar “Telejuegos”, un ciclo que le había dado muchas satisfacciones. Durante un tiempo, condujo un ciclo de documentales, La Naturaleza de las Cosas, y también realizó temporadas como titiritera tanto en el Cervantes como en el teatro de la Ribera, y giró por todo el país, desde Ushuaia a La Quiaca. Cecile conoció a Tito hace 20 años, y en 2003 decidieron poner distancia con la locura de la ciudad. Relata que “lo último que hicimos fue La Otra Verdad, un ciclo de los hermanos Korol, con sátiras políticos a través de muñecos animados”.

La casa del titiritero, un lugar de ensueño en plena sierra cordobesa

Desde hace 15 años, Cecile decidió, junto a su pareja, Tito Beauville, radicarse en Córdoba. Lo hicieron en una zona muy tranquila, agreste, llamada Villa Del Parque, vecina a Villa Rumipal, en el valle de Calamuchita, cerca del río Santa Rosa.

Todos conocen ese lugar como La Casa del Titiritero. Durante varios años, la pareja tuvo una feria permanente en Villa General Belgrano, donde hacían artesanías, muñecos, títeres y juguetes. Aseguran que “vendimos lo nuestro en todo el mundo, hasta tuvimos pedidos de México, pero lo esencial es que estamos en un ámbito natural y de mucha paz”.

Cecile tiene dos hijas y cuatro nietos, y su marido, otro hijo, aunque son grandes y ya no viven con ellos. Cuenta que “Tito es titiritero, artesano y juguetero, igual que yo, y desde que estábamos en Buenos Aires nos dedicamos a fabricar muñecos para ventriloquía, repartiéndonos la tarea, desde el mecanismo básico hasta la ropa y las pelucas, todo muy artesanal”.

Dice que “la Casa del Titiritero es un lugar de puertas abiertas, además, tenemos un amplio parque, y una quinta con frutales, vendemos dulces y los pájaros vienen a comer todos los días”, y destaca que “podemos vivir de nuestra profesión, que es lo que nos gusta, yo siento que yo no elegí esta actividad, ella me eligió a mí”.

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Cecile y Tito tienen además un FB donde promocionan lo que hacen, y hace hace poco trabajaron mucho en ferias vecinas “y también hicimos teatro callejero, y armamos talleres de juegos populares. Además, en General Belgrano participamos en la colonia de vacaciones, con ayuda del intendente”.

Mister Chassman, su gran referente

A mediados de diciembre, Cecile Charré estuvo en Buenos Aires luego de varios años. Los motivos fueron realizar una presentación en el Paseo La Plaza, donde ofreció un show de títeres para los chicos con sus personajes principales, entre ellos el perro Alfonso, y nuevas propuestas, y el otorgamiento de una distinción.

Según cuenta, “yo estuve entre los fundadores del Círculo de Ventrilocuos, hace 20 años, y fue un honor para mí que me eligieran para darme una distinción por mi trayectoria en esta actividad”.

Para Cecile, si hay un referente en el arte de la ventriloquia, ese es Mister Chassman. asegura que para mí fue el mejor, porque tenía una gran técnica y le daba vida a esa maravilla que era Chirolita, aunque él decía que Mister Wilson, otro ventrilocuo argentino, había sido el mejor en su estilo”.

Cecile dice que “mi mayor orgullo fue cuando recién empezaba en televisión, y una vez en la confitería me encuentro con Chassman, él se levantó y me vino a saludar y felicitar por lo que hacía con mis títeres. Me dio su tarjeta, y la guardo como una reliquia”.

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