A la hora de decidir salir a comer a un restaurante, como consumidor contamos con una serie de derechos que nos legitima a exigir su cumplimiento.
A la hora de decidir salir a comer a un restaurante, como consumidor contamos con una serie de derechos que nos legitima a exigir su cumplimiento.
En primer lugar, entre las variables a tener en cuenta, la mirada recae, no sólo en la frescura de los alimentos, el talento del chef, la higiene del lugar y los precios, sino que además, se debe incluir la casi segura presencia del 'servicio de mesa' o 'cubierto'. Su aplicación es el eje central de un áspero debate acerca de este singular hábito comercial y nacional cuyo sentido nunca termina de esclarecerse.
El cubierto o servicio de mesa es un monto que se agrega a la cuenta, que no está regulado y cuyo costo y aplicación varía según el criterio de cada local.
La mayor parte de las veces, las quejas se centran en que se desconoce exactamente qué se cobra con este cargo: ¿Tiene que ver con la atención de los mozos? ¿Es por los cubiertos? ¿O funciona como una especie de complemento de la propina?
Lo cierto es que no se termina de entender y nadie se molesta en explicarlo. Lo curioso es que los clientes jamás se quejan.
Pero más allá de las dudas, hay una certeza para los consumidores y es que, en los últimos meses, lo que llega en el ticket bajo el nombre de 'servicio de mesa' es cada vez más costos, llegando en algunas ocasiones, a superar el precio que se paga por una bebida.
En la ciudad de Bs.As se ha sancionado una norma en la que se especifica que aquellos que cobren servicio de mesa, deberán cumplimentar determinados servicios y productos.
Entre otras particularidades dicha norma especifica claramente que' los restaurantes porteños ya no podrán cobrar el 'servicio de mesa', más conocido como 'cubierto', a menores de 12 años. También deberán ofrecer opciones aptas para celíacos y estarán obligados a brindar un vaso de agua gratuito de 250 centímetros cúbicos (un cuarto de litro) por persona. Una de las razones por las cuales los argentinos se acostumbraron a pagar una cifra que va en aumento en concepto de servicio de mesa, es un ámbito más en el cual los precios de referencia se han perdido.
Para no seguir abundando sobre un tema trillado, diría que el concepto correcto debe ser: en el precio de los platos deben estar incluidos todos los costos que se generaron hasta servirlo en una mesa para que lo consuma un cliente.
Siguiendo con la descripción de nuestros derechos como consumidores y como recomendaciones para los comercios y también para que los consumidores estén atentos a que se cumplan y no permitir que vulneren sus derechos o se cometan prácticas abusivas, no debemos dejar de tener en cuenta que:
Los precios deben estar bien visibles y claramente escritos. Saber cuánto se debe abonar y por qué se abona.
El precio de la bebida o plato según sea consumida en el interior del local o fuera, si fuera el caso.
Los precios de los tickets de compra deben coincidir con los precios indicados en el bar a o restaurante. En cualquier caso se deberá cobrar lo mismo, si se pretende cobrar más tiene el derecho a reclamar.
Es necesario tener en cuenta que el IVA debe estar incluido o desglosado en el precio de cada consumición, que el establecimiento lo tiene que hacer constar en la lista de precios y lo tiene que especificar en el ticket.
No condicionar el servicio con un consumo mínimo.
Y en caso de establecer reglas y condiciones en promociones y ofertas anunciadas, indicar al consumidor en qué consisten, de forma clara y sin confusión. A su vez, de beber, el consumidor ya puede pedir que le den un vino genérico de 750 ml por sólo $ 20, o uno varietal por $ 25. Esto, según lo fijado por el Gobierno para el 'vino turista', obligatorio en restaurantes por la ley nacional 20.860. Si el comercio no lo tiene, el consumidor puede exigir que le vendan un vino igual o mejor al mismo precio. De todos modos, cuentan que aún no están imponiendo sanciones. Y en Capital, empresarios del ramo dicen que es muy difícil encontrarlo.Por último, el bar o restaurante está obligado a disponer de un libro de quejas y el consumidor a utilizarlo si así lo requiere.
Un consumidor consciente, informado y que ejerce su poder de decisión, desde una actividad cotidiana, puede influir en la construcción de conductas. Cuando una empresa detecta un descontento buscará la manera de arreglarlo para conservar a su cliente.
Un consumidor informado es un consumidor responsable.