De punta a punta, Boca conquistará un nuevo campeonato bajo la conducción de los Barros Schelotto. ¿Pero que revela está consagración inminente del equipo? Por un lado su perfil de equipo sin vuelo que aun ganando continúa sin convencer. En otro orden se manifiestan arbitrajes pésimos, como el de Federico Beligoy el último domingo, que parecen muy permeables al microclima de La Bombonera. Algunas luces, varias penumbras.

Boca está por salir campeón del fútbol argentino como ya lo hizo en la temporada anterior. Y sin dudas merece salir campeón. Lo que no significa que haya que sobrecalificarlo en virtud de su inminente consagración ni que no se pongan sobre la mesa algunos arbitrajes que lo vienen favoreciendo en los pequeños y los grandes fallos, como si esta AFA manejada por Daniel Angelici (aunque el presidente formal sea Claudio Tapia) y colonizada por los intereses de Boca manifestara sus influencias sensibles al clima de época.

Uno de los ejemplos más recientes lo expresó el juez Federico Beligoy el último domingo en el 2-1 agónico de Boca sobre Talleres. En todas las pelotas divididas y aún en las que no lo eran, pitó a favor de Boca, configurando una actuación lamentable. Y en el último cuarto de hora del partido, esa tendencia de dirigir mal se profundizó con varios tiros libres consecutivos para Boca que no habían sido infracciones.

Este imperturbable paisaje arbitral que con claridad revela muchísimos más errores que virtudes no se lo puede esconder debajo de ninguna alfombra.

Cualquiera que frecuente el fútbol lo ve. Y el que no los ve es porque no los quiere ver o porque se hace el tonto. Más bien que la dupla técnica que integran Guillermo y Gustavo Barros Schelotto (pedida por el presidente Mauricio Macri, desplazando en su momento a Jorge Sampaoli) y el plantel numeroso que conducen desde hace poco más de dos años, sienten que las críticas duras a los árbitros atentan contra los méritos que acredita el equipo.

Festejo de Boca, Pavón, contra Junior de Barranquilla

Le pasaba algo muy parecido hace unos años al ahora descendido Arsenal. “No somos el caballo del comisario”, repetían técnicos muy identificados con el club, como los casos de Jorge Burruchaga y Gustavo Alfaro, poniendo en foco que la omnipresencia de Julio Humberto Grondona formaba parte de una gran fabula que había inventado la prensa opositora. Nunca nadie les creyó. Ni ellos lo creyeron. Grondona era el alma y la sangre de Arsenal. Y ese peso enorme tan simbólico como real era imposible desconocerlo o subestimarlo.

Fallecido Grondona el 30 de julio de 2014, Arsenal de manera inexorable se fue a pique en todos los planos. Y no solo perdió la categoría. Quedó además liquidado económicamente.

Desde el universo siempre tumultuoso y cortesano que rodea a Boca todavía no se escuchan aquellas palabras (“No somos el caballo del comisario”) que pretendían inmunizar a Arsenal. Pero Boca está en la mira del ambiente. Lo saben todos. Es un episodio de la realidad que no se borra con declaraciones de manual. Ni con frágiles explicaciones voluntaristas. Ni con enojos sobreactuados que delatan ausencia de argumentos. Boca, hoy, es el equipo del poder. Expresa el poder. Tiene el poder.

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Que este diagnóstico les guste mucho, poco o nada a los Barros Schelotto, a los jugadores y a la prensa adicta que goza y llora por Boca, es otra historia de largo aliento. A nadie le satisface que le señalen sus privilegios en público. De ahí a considerar que Boca va a ganar el campeonato solo porque es el equipo del poder, es una simplificación que revela más resentimiento que inteligencia.

Boca será un campeón sin vuelo. Un campeón más que no florecerá en los recuerdos. Un campeón que en ningún momento (ni aun con Gago y Benedetto) logró graduarse de muy buen equipo.

Es cierto que tiene cierta presencia, que conquista más resultados positivos que juego efectivo, como lo ratificó incluso en el 1-0 por la Copa Libertadores frente a Junior, pero sigue padeciendo deudas de funcionamiento que limitan seriamente sus producciones. Y le ponen un interrogante a su futuro inmediato.

Claro que gana más partidos que cualquiera de sus adversarios. Y empuja más de lo que suele construir. Ese empuje le permitió rescatar puntos que sobre el cierre de los encuentros parecía resignar, como ocurrió ante Tigre, Atlético Tucumán y Talleres. Ese empuje que evidenció en el torneo local, precisamente, fue el motor que aceleró las revoluciones del equipo en circunstancias difíciles.

Pero igual quedó en claro que Boca no gustó. No sedujo a nadie que no fuera de Boca. No dio algo extra. Algo que lo distinga. No hablamos de fútbol lujoso o brillante. Aquel que dirigió Carlos Bianchi en sus dos primeras etapas en Boca no cultivaba lujos ni perfiles brillantes, pero mostraba una decisión, determinación y agresividad colectiva de altísimo registro. Este, en cambio, no denuncia grandes fortalezas.

Se comprobó en la final de la Supercopa Argentina frente a River, cuando cayó 2-0 dando pena.

El bicampeonato, salvo una catástrofe insospechada, lo ganará Boca de punta a punta. Pero a veces los números más o menos redondos tampoco alcanzan para generar consensos importantes. Pueden iluminar algunos caminos, aunque la ruta principal está atrapada por varias penumbras.

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