El radical cambio de expectativas y de evaluación después de la durísima caída ante River le abrió un tajo profundo a los elogios que venía recibiendo el técnico de Boca, ahora vapuleado por aquellos que antes del 2-0 en el Monumental hablaban maravillas de su labor.

Hasta minutos antes del arranque del partido frente a River, el entrenador de Boca, Gustavo Alfaro, era para amplios sectores del ambiente del fútbol argentino la representación más genuina del pragmatismo siempre celebrado. Se le reconocían al hombre de 57 años capacidades innatas y adquiridas para armar equipos disciplinados, que sabían sacar buenos resultados en base a consignas que neutralizaban a los adversarios para después sorprenderlos a campo abierto.

Alfaro, para esos paladares que surgen en los triunfos, era algo así como un “vivo” del año cero. Por eso se valoraba como construyó al equipo que conduce desde los primeros días de enero de 2019. Y se lo contraponía a ese Boca que antes dirigieron el Vasco Arruabarrena y luego los Barros Schelotto, calificados como expresiones inocentes o demasiado verdes para sacar chapa ganadora en la Copa Libertadores. Y en especial ante River.

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En cambio, Alfaro constituía al técnico que traía reminiscencias de Juan Carlos Lorenzo y de Carlos Bianchi. Una especie de síntesis conceptual de ambos entrenadores que ganaron todo con Boca en distintas etapas y décadas. La comparación forzada no dejaba de ser una simplificación intelectual con escasísimos contenidos. Era muchísimo más una expresión de deseos que una formulación convincente.

Hoy, con la derrota por 2-0 ante River en el Monumental y con un panorama muy complejo para dar vuelta la serie el próximo 22 de octubre en La Bombonera, las opiniones tan laudatorias que venía recogiendo Alfaro se fueron transformando en críticas severas a su manera de ver el fútbol, a sus planteos tácticos y a sus búsquedas.

¿Qué pasó? Muy simple: perdió mal Boca. Cuando señalamos que perdió mal, es que cayó sin atenuantes. Denunciando que nunca se advirtió que es lo que quería hacer. Porque la sensación que dejó fue inocultable. Una sensación de enorme vacío y desconcierto futbolístico. De incertidumbre total. De vaguedad para calibrar las necesidades del partido.

Y Alfaro, sin escalas, pasó del escenario que lo distinguía como un gran estratega e interpretador de la liturgia boquense, a ser considerado un profesional despojado de una lectura y una mirada inteligente. Como si de la noche a la mañana la virtud de ayer se resignificara en la consagración de la más pura mediocridad.

El cambio notable en el rumbo de las evaluaciones fue inmediato y contundente. Alfaro, como es obvio, siempre fue Alfaro con sus luces y sus sombras. Nunca tuvo ninguna sartén por el mango. Nunca se perfiló como un entrenador acompañado por grandes inspiraciones. Navegó durante su prolongada trayectoria por rutas más cercanas a la especulación y el aprovechamiento de la pelota parada que a la elaboración del juego.

Aquellos apresurados que lo vieron con rasgos muy similares o iguales a los del Toto Lorenzo y el Virrey Bianchi cabalgaron sobre el oportunismo. O sobre porcentajes de puntos conquistados, como si el fenómeno del fútbol se agotara en datos estadísticos sin contemplar las distintas dimensiones de los contextos. Si los contextos no son apreciados, sería lo mismo para la Selección nacional ganarle a Alemania un partido amistoso que ganarle en el marco de la final de un Mundial. Y no es lo mismo.

Ahora, en horas ingratas, le llueven palazos a Lechuga Alfaro. Se esperaba que en el gran escenario manifestara esa “viveza” que el ambiente descontaba. Se esperaba que apareciera la muñeca de Alfaro para complicarle la vida y el futuro cercano a River. Demasiadas fichas puestas en su figura. Y las esperanzas se derrumbaron en solo 90 minutos.

No tiene la culpa Alfaro de todas las expectativas que se habían posado sobre él. Estaba sobredimensionado. Sobrecalificado. Sobrevendido. Naturalmente, él lo aceptó. ¿Quién no lo hubiera aceptado? Si se la creyó o no, es otra historia. Lo concreto es que los adoradores de antes son por estos días los más veloces en dejarlo desnudo, ofendidos y muy molestos con la nueva caída frente a River.

El resultadismo, hermano del exitismo y combustible del pensamiento reaccionario, siempre actúa en esa dirección. Protege y endulza los oídos mientras se gana y castiga sin piedad en la derrota. Por eso someterse al resultadismo es entregarse a valores contaminados. Es ir para donde sopla el viento. El problema es que el viento casi siempre derriba a todos aquellos que lo impulsan. Hoy le tocó a Alfaro. La lista suma candidatos todos los días. Y la otra lista, la de panqueques, también.

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