Mientras el arco de la Selección de cara a la inminencia del Mundial sigue despertando tantas dudas como desconfianzas, Franco Armani entró en escena con una determinación notable. Con muy pocos partidos en River generó una verdadera conmoción en el ambiente del fútbol argentino. Sin ser un clásico atajador como el Pato Fillol ni un típico arquero de anticipo como el Loco Gatti, revela la capacidad infrecuente para cultivar los dos estilos.

El Pato Fillol, una bandera gloriosa del arquero invencible, en una charla informal de hace un par de años, nos comentaba: “Para calibrar la verdadera dimensión de un arquero hay que seguirlo por lo menos durante un año. No alcanza con verlo cuatro o cinco partidos, porque puede tener una racha a favor extraordinaria o una racha en contra mortal. Por eso lo mejor es hacerle un seguimiento durante una temporada y ahí va a quedar en claro de que nivel de arquero estamos hablando”.

Esos tiempos largos que pedía Fillol para radiografiar a un jugador (en este caso a un arquero) ya no se respetan ni se consideran. Las leyes no escritas de esa abstracción tóxica que es el mercado plantean que todo es hoy. O ayer. Pero se comparta o no su criterio, las palabras del Pato igual siguen siendo muy valiosas y dignas de ser tenidas en cuenta.

Lo que no admite dudas es que la Selección viene padeciendo la ausencia de un muy buen arquero. No es nuevo este escenario. Hace ya muchos años que falta ese arquero indiscutible e irreprochable.

Porque Sergio Romero, a pesar de su continuidad en la Selección y de los dos mundiales que jugó, no expresa la solvencia ni la seguridad reclamada. Willy Caballero, de buena producción en el reciente 2-0 a Italia en Manchester y de pésimo rendimiento en la goleada recibida por 6-1 frente a España en Madrid, tampoco ofrece garantías mínimas. Y Nahuel Guzmán, quién por características técnicas y estilo de arquero de anticipo es el que más le tendría que cerrar a la idea de Jorge Sampaoli, no logró generar el suficiente consenso en el cuerpo técnico para ganarse la titularidad.

El regreso al fútbol argentino de Franco Armani, quien llegó a River en enero de este año después de actuar durante varias temporadas en Colombia, produjo un efecto demoledor inmediato. E hizo saltar los tapones en el arco de la Selección con actuaciones estupendas, como por ejemplo la que reveló el último domingo ante Racing. O la que tuvo en la final de la Supercopa Argentina frente a Boca.

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Escasean los tiempos para continuar midiendo la estatura futbolística de Armani como había planteado Fillol en el arranque. Ahora hay urgencias en la Selección, en vísperas del Mundial. Y prácticamente sin partidos internacionales importantes en el calendario, más allá de los compromisos previos a Rusia 2018 ante Nicaragua el 29 de mayo en la Argentina y frente a Israel el 9 de junio en Tel Aviv, una semana antes del debut mundialista contra Islandia en Moscú.

¿Qué distingue a Armani a sus 31 años? Su dominio sin estridencias del área chica y del área grande. No es un atajador nato tipo Fillol, ni claramente un arquero de anticipo tipo Gatti.

Es un arquero ecléctico que contempla con autoridad ambas facetas. Esto fue precisamente lo que venía denunciando en Atlético Nacional de Medellín y lo que ratificó en River en los 12 partidos que disputó.

No es que Armani sea la síntesis conceptual más acabada de Fillol y Gatti, porque en ese caso estaríamos en presencia de un verdadero monstruo de los tres palos. Y no lo es ni lo será. De hecho, ese poeta del arco que fue Amadeo Carrizo, con razón, opinó que “debería atenazar más la pelota y no darle tanto con los puños”. Pero por encima de alguna debilidad que tendría que superar, desnuda Armani calidades de atajador y calidades para salir a achicar. Como si tuviera esa capacidad construida para desdoblarse con probada eficacia.

Ante Racing, este Armani atajador y anticipador se manifestó en plenitud. Bastaría con repasar sus intervenciones y hasta su perfecta combinación de tiempo y distancia para perseguir a Lautaro Martínez y obligarlo en el mano del segundo tiempo a rematar sin ángulo al primer palo. Esa acción sin tocar la pelota ni embestir al delantero para alejarse del penal quizás expresó la virtud de un arquero inteligente y con una notable velocidad de piernas para recuperarse luego de ir al piso.

Las dudas que debe generarle a Sampaoli la presencia o no de Armani en la Selección no se debe agotar simplemente en su anunciada convocatoria.

Porque convocarlo para que se convierta en el segundo o tercer arquero o para estar en la lista preliminar de los 35 jugadores no va a modificar nada. Eso sería puro cotillón.

Si se toma la decisión de convocarlo no tendría que ser para estar sentado en el banco. Debería ser (mal que le pese al grupo heavy de la Selección liderado por Messi y Mascherano) para provocar un cambio efectivo en el mapa del equipo. Y el único cambio efectivo es que Armani juegue. Como lo hizo Fillol por Gatti en el Mundial de 1978 y como lo hizo Pumpido por Fillol en el Mundial de 1986.

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Depende de la muñeca y del nivel de determinación de Sampaoli. Armani, mientras tanto, tendrá que seguir jugando en River como hasta ahora. Pero hay algo en claro: su tiempo ya llegó. Si lo postergan o lo congelan, después no habrá margen ni excusas para los arrepentimientos.

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