En los primeros meses de 2018, Franco Armani parecía encarnar la estatura del arquero perfecto, pero a partir del Mundial su nivel ya no fue el mismo y comenzó a mostrar algunas inseguridades y errores que lo alejaron del ideal.   

El día del regreso de River que festejó en el Monumental la conquista de la Copa Libertadores en la inolvidable final ante Boca, esa leyenda del arco que fue y es Amadeo Carrizo, con sus 92 años, entre otras consideraciones futbolísticas, dijo como al pasar: “Armani es un gran atajador”.

La definición inobjetable de Carrizo no fue ligera ni trivial. Expone una lectura de las condiciones de Franco Armani, quien hasta antes de Rusia 2018 parecía expresar la suma de todas las cualidades que debería poseer un arquero. Revelaba Armani por aquellos días la síntesis perfecta del arquero ideal.

Después del Mundial, el nivel de Armani, sin dudas, decayó. No continuó siendo el monstruo casi invulnerable que despertaba ovaciones y admiración. Incluso durante el Mundial en los partidos frente a Nigeria y Francia comenzó a denunciar algunas pequeñas inseguridades que hasta ese momento no se habían manifestado.

En los meses posteriores, su nivel de ninguna manera fue el mismo que había tenido en la primera mitad del año, cuando se había convertido con intervenciones extraordinarias en una figura determinante de River. ¿Qué le pasó? Lo que quedó en evidencia es que Armani no era el arquero total que había deslumbrado al ambiente.

A propósito del rendimiento de los arqueros, hace unos años el Pato Fillol nos comentó: “Para medir bien a un arquero hay que seguirlo por lo menos durante un año. No alcanza con verlo algunos partidos o varios partidos para tener una impresión absoluta de sus capacidades. En cambio si se lo observa una temporada entera se pueden ver muchísimas cosas que en otras circunstancias se pasan por alto”.

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Marcelo Gallardo y Enzo Francescoli, en descanso y diagramación

Hablaba Fillol de un análisis más fino y ponía en foco la regularidad en los rendimientos. O la irregularidad en un tiempo prolongado. Armani la rompió en sus cuatro primeros meses en River. Y existió la tentación inevitable de compararlo con los mejores de la historia. Sin lugar a dudas, un apresuramiento. No porque Armani se haya transformado de la noche a la mañana en un arquero mediocre. No es un mediocre. Pero tampoco es un auténtico fenómeno.

Debajo de los tres palos resuelve con una alta eficacia. Pero ese importante registro de eficacia disminuye cuando tiene que abandonar el territorio más próximo al arco. Por eso no sale a cortar los centros. No se anima. Espera. Y se queda. No se siente seguro ni confiado para imponerse en las pelotas aéreas. Y River viene padeciendo esta insuficiencia que por supuesto es colectiva, pero que también es individual y abarca a Armani.

Cuando la jugada le pide que abandone el arco y achique frente a un adversario que va a encararlo, Armani da ventajas. ¿Cuáles? La principal: no ahoga y no anticipa, como por ejemplo lo hacían Amadeo Carrizo, Navarro Montoya, Germán Burgos, Hugo Gatti y Angel Comizzo, por citar a los arqueros que trascendían la geografía del área chica.

Ese rubro de arquero anticipador no forma parte del libro técnico y estratégico que cultivó Armani. Y como en el arco tiene cosas de Fillol pero no adquirió la dimensión colosal de Fillol, alcanza la categoría de muy bueno, pero no de excelente, como se anunciaba hasta la frontera del Mundial.

“Es un gran atajador”, comentó Amadeo en vísperas del festejo que desató River en el Monumental. El elogio también escondió una lectura invisible. A buen entendedor pocas palabras.

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