Aquel pibe que en su debut en la Primera de Quilmes tuvo que sufrir seis goles frente a Huracán, supo construirse adentro y afuera de la cancha mientras que en su refugio de San Miguel del Monte acaba de cumplir 70 años

No tenía definida con claridad Ubaldo Matildo Fillol su vocación de arquero hasta que en su adolescencia descubrió en su tierra natal de San Miguel del Monte (desde una semana previa a la cuarentena que empezó el 20 de marzo, está allí junto a su esposa Olga, a quien conoció cuando ella tenía 14 años y él 17) que esa especialidad durante muchas décadas subestimada por el ambiente del fútbol iba a ser una parte sustancial de su vida.

Y cuando apuntó en esa dirección fue encontrando el placer inmenso de la autoexigencia permanente. De ser un poco mejor todos los días. De aprender todos los días. Y de sentir sin que se lo haya dicho nadie en particular, que nunca se llega a ninguna cumbre. Que siempre se está en camino.

“Pensar que en muchas etapas del fútbol se interpretaba que el puesto de arquero era el puesto del boludo”, nos dijo el Pato en otros tiempos. El mismo Pato que este martes 21 de julio cumplió 70 años (Marcelo Bielsa festeja 65 años), liquidó aquella frase de autor anónimo con la prepotencia de los hechos.

A veces áspero, en no pocas oportunidades desconfiado y escéptico, también muy orgulloso de su tránsito por el fútbol argentino, brasileño (jugó en el Flamengo) y europeo (actuó en el Atlético de Madrid), queda en evidencia que nunca se resignó a ser un eslabón del fútbol sin relieve. Por el contrario: se empecinó en construirse. Y lo más importante es que se construyó con una perseverancia, un temple y una entrega notable.

Hasta podría aventurarse en una versión libre que el Pato se construyó en la misma medida que en el tenis se construyó Guillermo Vilas. Dos colosos que nunca tiraron la toalla. Siempre intentaron dar algo más. Un esfuerzo más. Una vuelta más. Una pelota más. Para volver a empezar. Y para seguir en las buenas y en las malas, que siempre acompañan. Porque las malas que nunca se ausentan, no dejan de ser un combustible para continuar creciendo. O de mínima, para continuar resistiendo.

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“Yo arranqué pésimo en la primera de Quilmes cuando apenas tenía 18 años. Jugué contra Huracán en la cancha de Boca y me comí seis goles, algo realmente terrible para cualquier arquero. Fue traumático para mí, pero pude salir adelante”, recuerda Fillol, resignificando aquellas viejas cicatrices que nunca ocultó. Y que jamás olvidó.

Esa coraza de hombre duro que denunció en el desarrollo de su estupenda carrera profesional es muy probable que le haya sido útil para no caerse ante las adversidades. Aquella goleada por 6-3 que padeció frente a Huracán el 1º de mayo de 1969 no le bajó las defensas. Lo puso a prueba. Lo terminó fortaleciendo a mediano y largo plazo. Y lo obligó a superarse, cuando casi nadie creía en él.

El que sí creyó en sus condiciones fue el entrenador Carmelo Faraone cuando ejerció como entrenador de Quilmes. Allí se afirmó el Pato como el arquero que después atrapó la totalidad. Porque no se permitió debilidades, aunque después lo acosaran algunas frustraciones, como por ejemplo no ser convocado por Carlos Bilardo a integrar el plantel de la Selección en México 86 (por aquellos años planteó que lo había borrado “una mano negra” que nunca identificó), cuando había disputado como titular los seis partidos de las Eliminatorias de 1985 ante Venezuela, Colombia y Perú.

Siempre le quedó esa espina clavada en el corazón. Una herida abierta que lo persiguió, a pesar de la consagración en el Mundial de 1978. Su brutal espíritu competitivo nunca lo domesticó. Tampoco su perfil de hombre autosuficiente. Aunque alguna vez se atrevió a confesar una experiencia muy fuerte. Nos comentó en el marco de una entrevista para la revista El Gráfico: “Cuando me retiré del fútbol esa tarde en el Monumental frente a River en diciembre del 90, al poco tiempo comencé a darme cuenta que durante muchos años viví en una burbuja”.

La “burbuja” de Fillol era vivir por y para el fútbol. Toda la adrenalina puesta ahí. Ese enfoque tan determinado quizás le quitó saber apreciar otros panoramas, otros horizontes, otros paisajes. Lo positivo es que no se quedó esperando la carroza. El tipo duro como una roca y que parecía inconmovible, también aprendió a conmoverse. Seguramente por eso ahora en San Miguel del Monte, el Pato con el escudo de River en el pecho, expresa su solidaridad efectiva con la comunidad en el marco de la emergencia sanitaria provocada por el coronavirus.

A los 70 años el arquerazo inolvidable que Maradona siempre reivindica “como un fenómeno con una fuerza de piernas extraordinarias”, salió definitivamente de esa “burbuja”. Y completó su construcción. Por eso debe sentirse más pleno.

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