Un periodista de Diario Popular vivió una noche intensa en el Monumental. Sufrió el partido de River, pero más el de Juan Aurich contra Tigres. Y terminó abajo de la cancha, en la confitería del club, viendo ese partido con unos personajes increíbles

Nunca llevé la radio a la cancha. Tengo 23 años, hace 20 que voy al Monumental y jamás me puse auriculares —o me pegué a una radio portátil— para saber qué estaba pasando en otro partido. Tampoco me gusta escuchar a River por radio. Los relatores, con tal de tener la atención del oyente, generan expectativas sin sustento real y transforman un pelotazo cruzado en una "tremenda habilitacióoooooooon".

Me exasperan.

Sin embargo, ayer fue imposible despegarme de la radio. Separé mis sentidos: uno estaba en el Monumental; el otro, en Chiclayo.

No tuve fuerza para gritar el primer gol de Rodrigo Mora: en ese momento, Juan Aurich empataba 2-2, y nos obligaba a hacer otro. Al equipo lo veía mal, impreciso, nervioso, apurado, desordenado tácticamente. Hicimos el segundo. Confusión en la platea: algunos instantes después del penal de Mora, empezaron a gritar otro gol. Mi papá me miró. "No sé qué gritan en la cancha de River, porque la pelota la tiene Vallese, arquero de Aurich", dispararon en la radio. No había pasado nada.

Ahí nomás, Juan Aurich pasó al frente. Estábamos afuera.

Teófilo metió el tercero, y listo: nuestra tarea estaba cumplida.


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Mi viejo y mi hermano fueron los primeros en bajar a la confitería. Yo me negué: sentía una necesidad de acompañar a River, por si no se daba la clasificación. Hasta que no aguanté más: dejé la "San Martín" y empecé a correr.

Llegué a las escaleras. Sonó un grito desordenado. Me asomé a una boca de acceso. "Gol de Tigres", me dijo uno, y empezó a correr por el pasillo, y yo también, y fui a otro acceso, y abracé a uno que también saltaba solo, y bajé, porque quería ver qué pasaba en Perú.

La confitería de River es un salón enorme. Ancho y largo, podrían ser varias canchas de fútbol 5. Mesas desparramadas, un proyector, seis plasmas, fotos e históricas camisetas "Millonarias". Había cerca de 60 personas. Todos festejaban: pasaban la repetición del golazo de los mexicanos y volvían a gritarlo.

Encontré a mi viejo y a mi hermano. Abrazos. Nos acomodamos a un costado del proyector. El ambiente era digno de un Superclásico: nervios, gritos, insultos.

Hasta que Patilla levantó una mano.

Patilla parecía un gringo. Rubio, de ojos claros, anteojos y gorrita, podía ir a una exposición de tecnología y pasar desapercibido. En el "Pan y Queso", a Patilla no lo elijo: prefiero jugar con uno menos. Estaba atrás, en una mesa, sentado solo, rodeado de veinte hinchas. Patilla escuchaba el partido por radio. Y no miraba la televisión. Tenía una voluntad enorme, imposible para mí.

Patilla daba la señal de los goles: levantaba la mano, y entonces, todo era un estallido, una locura. Los gritos, como una ola, venían de atrás para adelante: primero, la mano de Patilla; después, los gritos de los veinte que confiaban en el profeta, y al final, los incrédulos como yo que no queríamos explotar hasta no verlo con nuestros propios ojos.

Así festejé el cuarto gol de Tigres. Pasó a ganar 4-3 y lo grité, lo festejé, lo gocé. Sentí, otra vez, el alma en mi cuerpo. Me paré en una mesa, salté, me subí al escenario, me abracé con tres tipos que estaban como locos, transpirados de felicidad porque, a veces, los goles ajenos también son propios.


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El 4-3 no tranquilizó a nadie. Uno, con campera verde, en la otra punta del proyector, agarrado del escenario, estaba sacado con el árbitro: él, a diferencia mía, vio el penal que le sancionaron al conjunto peruano y se dedicó exclusivamente a insultar al juez por cada falta que cobraba. Otro, sentado con una radio apagada en la mano, gritaba "noooooo" cada vez que Aurich atacaba. El "no" era tremendo: sembraba la confusión. Algunos le pedían que se calle. Menos uno de azul, más cabulero que Bilardo:

—Imbéciles, ¿saben la fuerza que tiene ese "nooooo"? ¡Dejenló gritar, carajo!

Patilla volvió a levantar la mano.

Y ahí sí: todos arriba de las mesas porque ese gol era más nuestro que los tres que habíamos hecho a metros, en el Monumental. Abrimos la puerta y todos a la tribuna. Los últimos minutos eran para delirar, cantar contra Boca y sacarnos la mochila que nos pusimos en Oruro, en el primer partido.

Llegamos arriba y apareció un pibe, el Diablo: —Gol de Aurich—, nos sopló.

Carrera de bombero: a la confitería de nuevo. Tenían que hacer dos goles más, pero faltaban quince minutos, pero River venía de hacer dos en tres en México, y en la Copa Libertadores, pregúntenle a San Lorenzo, puede pasar cualquier cosa.

La razón, en ese momento, no existe.

Esta vez, estaba sólo: mi papá no tenía aire para volver a bajar. Mi hermano lo acompañó. Yo sacrifiqué mi regalo de cumpleaños.

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Abajo, la confitería nos quedaba enorme.

Con el partido 5-4, se abrió la puerta: volvió el tipo de azul.

— ¡Estuvimos como el orto, boludo! ¡Esto es culpa nuestra! ¿Cómo nos vamos a ir así? ¡Se quedan todos acá!

Él era nuestro director técnico. Nos ordenaba con la misma efervescencia que Marcelo Gallardo a los suyos. Nosotros le creíamos.

—Eh, vos, verde, quedate ahí, ¿dónde vas?— le gritaba, impune, al loco contra el árbitro, que no paraba de moverse.  

El de "noooooo" seguía sentado en la misma silla y sus gritos eran cada vez más continuos y potentes. Aurich había pasado a dominar el partido y él era consciente de su capacidad: podía alejar cada avance peruano con su grito mágico.

Patilla seguía atrás, y era fuente constante de consulta. En los tiros libres, ganaba toda la atención. Nos daba tranquilidad moviendo las manos para abajo, sacudiéndolas como diciendo "nada, nada". Igual, por supuesto, lo chequeábamos con la tele.

Los últimos minutos fueron eternos, como los abrazos cuando terminó el partido. Empezamos a cantar, revolear los buzos y pedir por Boca: "Cada vez nos falta menos...".

Subí a la tribuna y me reencontré con los míos, mis eternos acompañantes. Nos dimos un abrazo digno de un título. Y fuimos felices, porque en lo que queda de Copa Libertadores no habrá más radios: todo dependerá de River. 

Y de River dependerá, también, volver a hacer historia.

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