Desde hace muchos años, Juan Carlos Porcel, uno de los impulsores de la agrupación Los Chiflados de Boedo, se convirtió en un referente y un apasionado cultor del genero murguero

La celebración del Carnaval en nuestro país tiene una vieja historia, relacionada con los primeros inmigrantes y la conformación de una identidad propia en la que la herencia europea se mezcló con los modos rioplatenses.

El primer corso data de 1863, y según algunas fuentes, uno de los impulsores, para sorpresa de muchos, fue Sarmiento. Con los años, celebrar el Carnaval fue un sello de la mayoría de los barrios porteños. El festejo también fue presa de los autoritarismos de turno, que no dudaron en prohibirlo en épocas de dictadura, y de menosprecio de sectores para los cuales solo se trataba de “ruidos molestos”.

Pero el Rey Momo sigue vivito y coleando, hace unos años fue declarado Patrimonio Cultural por una ordenanza oficial, y hoy, tanto en la ciudad de Buenos Aires como en otras regiones del país, es impensable que llegue febrero y no se inunden las calles de murgas y corsos con sus ritmos machacantes y trajes multicolores, entonando canciones a veces picarescas, y en otros casos de denuncia, pero siempre transgresoras.

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Para Juan Carlos “Pipi” Porcel, un porteño de 62 años, nacido en Devoto, y con una larga actividad como taxista y colectivero, la murga es parte importante de su vida desde la adolescencia. Casado con Alba, con dos hijos de 40 y 41 años, hincha de Boca, desde hace once años es uno de los directores de Los Chiflados de Boedo, una de las murgas más convocantes en la ciudad.

Según señala Juan Carlos “tuvimos muchas épocas de silencio, y después de todo esta es una expresión popular que solo irrumpe unas pocas semanas en el año, y ayuda a expresarse en distintas direcciones” y remarca que “estamos convencidos de lo que hacemos, el Carnaval es saludable, es disfrutar un evento donde se juntan el arte y el testimonio”.

Para Pipi, la murga es un “espacio de construcción colectiva importante, donde todos tenemos el mismo protagonismo, desde el abuelo hasta el más chiquito, uno se disfraza y juega a ser otro, y es un género que acompaña la realidad del país, a través de las letras y de la ironía”.

Todas las noches de celebración, que se dan durante seis fines de semana previos y durante el Carnaval, “llegan a Boedo hasta 12 mil personas por noche cada sábado y domingo, y culmina con los dos feriados de lunes y martes que por suerte, en 2010 fueron rehabilitados”.

Actualmente, en la capital hay 19 cortes para la realización de los corsos, en los principales barrios porteños, pero también se celebran en algunos parques y polideportivos, como el de Colegiales, el de Barracas, cercano al Ministerio de educación porteño, en el club Alvear, y en el parque Avellaneda.

Según calcula Juan Carlos, en los corsos porteños participan “unos 13 a 15 mil murgueros, y hay 106 murgas en el circuito, algunas con 400 personas y otras más chicas.

Explica que “desde hace unos años se implementó un sistema para democratizar la murga, donde jurados que son ex murgueros, músicos y profesionales evalúan el desempeño de cada una, considerando temas como la música, el baile, la poética, el desfile y las ropas y coreografías, y así se les van asignando los espacios de participación en el Carnaval próximo”.

Invitado permanente de otras murgas, como Los Habitués y Flor y Nata, Porcel destaca que la Agrupación Murgas nació para ordenar la tarea, a partir de 1997, y de a poco hemos conseguido que a nivel oficial se nos acepte y nos ayuden, entre otras formas, con la implementación de talleres varios de formación y participación en sus distintas áreas” y destaca el de Poética Murguera, a cargo de Raimundo Rosales.

Chiflados, mucho más que una murga

El camino que unió al Pipi inevitablemente a la murga comenzó hacia 2003. Cuenta que “vivíamos ya en Caseros, antes de mudarnos a San Miguel, con mi señora íbamos a los corsos, y ella empezó a participar en Los Pecosos de Floresta. Yo me integré, y lo primero que hice fue desplegar las banderas de esa murga en la cancha de All Boys, durante un partido”.

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Por supuesto, al integrar Los Chiflados de Boedo, Pipi se relacionó mucho con la barriada que se identifica con San Lorenzo. Y aclara que “por suerte, entre las murgas de los barrios no hay enfrentamientos como con los barras del futbol. Todos nos conocemos, confluimos y nos unimos, sean los de Parque Patricios, Caballito, Almagro o Villa Crespo, por eso muchas veces otras murgas me invitan a bailar, porque saben que me prendo en todas”.

Porcel desde ese momento mostró su habilidad como organizador y articulador con las murgas de todos los barrios, incluso para concretar eventos durante todo el año, más allá del Carnaval. En ese sentido, dice que con “Los Chiflados trascendemos a la murga, somos una asociación civil y por eso organizamos desde el Día del Niño hasta colectas de juguetes u otros eventos”.

Además de taxista, fue camionero y colectivero

En cuanto a su historia personal, Juan Carlos cuenta que “mi viejo era camionero, y yo lo ayudaba en sus tareas, yo ya sabía manejar a los 14 años. él hacía repartos generales, pero también iba a buscar gente de un lado al otro, incluso a quienes salián de las canchas, y solía gritar 'a Liniers por cinco guitas'”.

Por aquellos años, Pipi conoció a un muchacho que le enseñó a bailar algo de murga, “mientras yo le enseñaba a bailar rock y cumbia, pero como mi papá empezó a tener problemas en la vista, yo empecé a manejar el camión junto a mi hermano”.

En los años ‘70, paralelo a su actividad como militante del peronismo (“yo estuve en Ezeiza en aquella jornada violenta de enfrentamientos, habíamos ido un día antes y se escuchaban tiros por todos lados”), Juan Carlos formó su pareja, fue padre y al tiempo comenzó su tarea como conductor de colectivos.

“Después de mi etapa como colectivero, - relata- manejé un taxi cuatro años como peón, pero me cansé y me fui a Cutral Co, en el sur. Me fui casi sin plata, y finalmente recalé en Piedra del Aguila, donde gracias a un amigo, me contrataron en Techint, que estaba haciendo un gasoducto en Bariloche”. Luego de comprar un terreno en la zona, el proyecto de esa represa quedó trunco. “Allí me volví a Buenos Aires y manejé en la línea 107 un tiempo”.

Hasta que retornó a la empresa siderúrgica para trabajar en un gasoducto que iba de Loma de la Lata a Buenos Aires. Tras participar en una obra de Tartagal, en Salta, Juan Carlos retornó a la Capital. “Allí me compré un taxi, y desde 1992 me dedico exclusivamente a manejar”.

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