No es habitual que en la tierra dilecta de la chacarera, Santiago del Estero, un chico de diez años prefiera escuchar buena parte del día a orquestas de jazz clásico como Benny Goodman y Glenn Miller.
Pero esto sin dudas sucedió, y su protagonista fue, allá por comienzos de los años’50, Alberto Tito Villalba, que a contrapelo de la tradición familiar, cayó seducido por un género que lo marcaría hasta hoy, a sus 78 años, y que lo convirtió en uno de los más destacados bateristas del jazz autóctono.
Sin embargo, el jazz no es el único amor de Tito. En su adolescencia, mientras se ganaba la vida como cadete en una empresa en el microcentro porteño (llegó a Buenos Aires a los 15 años porque su padre vino a ocupar un puesto en la repartición pública), descubrió su otra pasión: la fotografía, que le otorgaría tantas satisfacciones como su destreza con los parches.
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Tras reconocer que nunca se casó “porque era muy difícil compartir estos dos amores de tiempo casi completo con una pareja”, Tito señala que estudió fotografía en el Fotoclub Marina, que estaba a media cuadra de un salón céntrico donde se tocaba jazz moderno.
Orgulloso de su amistad con un grande del dibujo y el humor como Hermenegildo Sábat, cuenta que en aquel salón del centro lo deslumbró la forma de tocar de Rolando “Oso” Piccardi. “Lo ví tocar la batería como los dioses, y al verme, me dijo: ‘pibe si querés yo te puedo enseñar’. Yo tenía el ritmo en la cabeza y el corazón, y él me enseñó los rudimentos del instrumento, sin dudas, gracias a él soy lo que soy”.
Tras debutar en 1960 en el night club Arizona, otro local típico nocturno de esa década, en pleno microcentro, pronto se encontró acompañando a grandes como Barry Moral, Osvaldo Norton, y Harmony Club.
Villalba gusta de todos los géneros, y piensa que el jazz y la bossa nova tienen puntos en común. En este sentido, menciona a Stan Getz, músico estadounidense que tocó junto a Tom Jobim y Joao Gilberto, y se declara fanático de artistas como Buddy Rich, Oscar Peterson y Keith Jarrett.
A principios de los ‘60, Villalba frecuentaba la mítica Cueva de Pasarotus, en la calle Pueyrredón, y donde luego tocaron los pioneros del rock en castellano. Allí se reunía a tocar la “crema” de los jazzeros jóvenes, desde Jorge Navarro hasta Baby López Furst y Bernardo Baraj, de quien se hizo muy amigo, y confía que “él me enseñó cómo sacarles fotos a los saxofonistas para que salgan mejores”.
Recuerda con mucho cariño sus años como baterista en la Maison Doreé, un local céntrico, donde tocó standards de jazz con la por entonces popular orquesta de Bubby Lavecchia, junto a su mujer, la cantante Wanda Curtis, y su colega de parches Pichi Mazzei.
También acompañó a figuras como la cantante Lona Warren, y tuvo el privilegio de realizar trabajos como fotógrafo para importantes compañías de cine extranjeras, como la Warner Bros y la Twenty Century Fox.
Tito Villalba también supo compartir un trío de jazz con el luego pianista de Piazzolla, Pablo Ziegler, trabajó junto al recordado Tito Alberti, músico de jazz y ritmos latinos, y se dio el gusto de registrar, como reportero, los dos recitales que brindó Frank Sinatra en Buenos Aires, a comienzos de los ‘80.
Convaleciente de un problema de salud que lo tiene en plena rehabilitación, y que confía en superar rápidamente para volver a sus dos pasiones, comenta, en su departamento de Villa Crespo, que “siempre viví de la foto y la música, y hace dos años empecé a dibujar, algo que hoy me gratifica mucho”.
Como fotógrafo, Villalba trata de observar ciertas reglas para ser un mejor profesional, y explica que “trabajo para producir fotos agradables, y me gusta mucho hacer imágenes en blanco y negro, ya que le da un toque más artístico y sugerente. Y cuando hago shows, tengo que tratar de pasar desapercibido para no molestar al espectador, y no hacer ruido”.
Tito también ejerció la docencia como instrumentista, tocó como número vivo en cines cuando esta práctica era habitual antes de las películas y recuerda con orgullo cuando en 1960 fue ganador de un concurso televisivo llamado el Show del Mediodía, que conducía Roberto Galán, y donde se consagró como el mejor baterista.
Miembro del Club de los Bateristas, una entidad que se creó para homenajear a Oscar Moro, el recordado músico de Los Gatos y Serú Girán entre otras bandas, Tito dice que “en una época integré la banda de Johnny Allon cuando hacía rock, y por aquellos años me hice muy amigo de Litto Nebbia, una gran persona, y tuve la satisfacción de fotografiar a un grande como Astor Piazzolla”.
dEn cuanto a su acercamiento a la fotografía, Tito señala que “mi hermano tenía una Minolta, se la pedí prestada y empecé a experimentar, iba a la Plaza de Mayo, les sacaba a las palomas o intentaba hacer imágenes que me llamaban la atención, y trataba de darles un toque artístico”. De a poco, se abrió camino como reportero gráfico, y lo llamaban en especial para espectáculos. “Yo saqué - detalla- mucho teatro de revistas, todas las vedettes y los cómicos me conocían, desde Susana Giménez y Ethel Rojo hasta Porcel, Don Pelele, Barbieri, y Adolfo Stray. Eran los años dorados del género y yo les vendía fotos de forma independiente”.
Pero Tito sabía que ganarse la vida implicaba recorrer distintos caminos, por eso también hacía fotos sociales, desde casamientos y cumpleaños hasta books de modelos y fiestas infantiles, y eso le dio una experiencia muy valiosa.
Si bien gran parte de su carrera con la cámara de fotos la transcurrió como independiente, Tito Villalba trabajó en varios medios, como las revistas Caras y Noticias, y publicaciones de rock y alternativas como Pelo y Expreso Imaginario. Justamente una de sus notas más recordadas fue cuando cubrió el recital de Queen en Vélez, y comenta que “tuve el gusto de conocerlos, y cenar con ellos”.
Su tarea le permitió conocer a muchos músicos de rock, y dice que “me hice amigo de varios de ellos” y asegura que entre sus preferidos en el rock están tanto The Police como Queen y The Beatles, que para él, “fueron lo más grande”.