De chico empezó a cultivar el sentir de la música ciudadana, para abrazar con el tiempo una vocación que le permite expresarse y vivenciar la emoción que cada letra que entona produce en el público

Luis Romano siente que cuando lo interpreta, el tango le brota desde el fondo de su ser como resultado lógico de la intensa convivencia que tuvo de chico con la música ciudadana, la misma que hasta llegó a operar como habitual canción de cuna en su casa natal de Caseros.

Luis, de 76 años, abrazó la pasión del dos por cuatro desde que su mamá y sus tías lo paraban de chiquito sobre una silla para hacerlo entonar los temas que por aquellos días eran clásicos y que reeditaba con la ternura propia de su voz entonces infantil para encanto de sus familiares.

Después, de adolescente, fueron los bailes a los que iba con su hermano para escuchar a las grandes figuras, los que hicieron el resto para que el tango se convirtiera en norte de su vida, más allá de la actividad comercial que empezó a desarrollar de joven en un rubro que todavía hoy le permite asegurar su sustento.

Este solista de voz intensa y vibrante que se presenta en distintas casas de tango de la ciudad los fines de semana, sostiene que esa actividad no es lucrativa pero reconoce que es la que más satisfacciones le genera a su espíritu definitivamente bohemio.

"A cincuenta años de haberme dedicado a esto, puedo afirmar que el tango me ha dado satisfacciones muy grandes, y también tristezas", aclaró Luis a HISTORIAS DE VIDA en la peña de Corrientes y Billinghurst, en pleno corazón de Almagro, donde los sábados a la noche le impone su estilo personal a cada tema que interpreta.

Un hito significativo en su carrera de cantor fue su consagración a fines de los sesenta en el mítico programa de Canal 9 "Grandes Valores del Tango". A su juicio, fue el "trampolín" donde tomó envión para proyectarse en el medio donde se codeó con Julio Sosa, Hugo del Carril, Carlos Dante, Abel Córdoba, Jorge Sobral, María Graña y María Garay, entre otros.

Si bien ya venía cantando con orquestas y en radios, "Grandes Valores" le abrió un puerta monumental ya que haber ganado la primera ronda y una de las semifinales del concurso, le significaron reconocimiento y prestigio.

También cantó en Medellín, Colombia, y en Michelángelo, pero en los 90 entró en colisión con los dueños de las tanguerías que pagaban muy mal sus presentaciones por lo que, decepcionado, se alejó del ambiente para recalar en su metié comercial: la venta de productos de bazar. En la determinación gravitó una frase monumental de su única hija, Marcela: "Papá, cantás lindo pero mirá que tengo hambre".

Volvió una noche

El enojo le duró quince años y en el medio perdió a Norma, su esposa. Viudo y con tiempo, volvió a reinsertarse en el mercado para cantar en la Casa de Aníbal Troilo, La Catedral del Tango, en Mataderos, y La Aurora, en Almagro.

"Por la forma de interpretar que tengo, dicen que soy un actor que canta tangos", aclaró. La mención apunta a su estilo propio y al hecho que suele bajar del escenario para cantar entre las mesas. "Lo hago porque vivencio de modo más directo la emoción del público y eso es posible por el tango", destacó. Pero Luis presiente que "cuando se termine nuestra generación, se acaba el tango tal como lo conocemos". Y tiene razón. El estéreo de su camioneta está clavado por decisión de sus tres nietos, que también son su vida, en la sintonía de una radio que emite solo música pop.

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