Desde que se jubiló hace 19 años, una mujer eligió mantenerse plenamente activa a través del voluntariado que hoy realiza al frente de un equipo para aliviar angustias y pesares de pacientes y sus familiares
Aunque este domingo esté en la tranquilidad de su casa con Mario, su esposo desde hace 56 años, disfrutando de la familia hermosa que forjaron juntos, Ema no dejará de pensar en la intensa actividad que le espera mañana, Día de Reyes, en el Hospital Posadas, donde con las voluntarias que lidera tendrá una jornada especial cargada de emociones, sonrisas y alegrías propias de una efemérides tan singular que de ninguna manera esquiva la realidad del establecimiento asistencial situado en Haedo.

"No todo es tristeza en el hospital" aclaró a HISTORIAS DE VIDA Ema Perín, jefa del servicio de voluntarios del hospital que se encarga, entre otras tareas, de recibir y distribuir las donaciones que llegan para dar una mano a quienes la necesitan desde el dolor, la angustia y cuando no, en soledad.

De hecho, esta joven mujer de 73 años es una agradecida a todos los que mañana se acercarán ataviados de reyes orientales para divertir a los chicos internados y hasta los pacientes adultos, como ya otros lo hicieron en la versión navideña dominada por las ropas rojas, las barbas blancas postizas y de haber sido necesario, un almohadón oculto bajo las prendas.

"Me suelen decir cuando hablo por teléfono que tengo vos joven, pero en ese caso es lo único joven que tengo", señaló como humorada Ema, quien tras haberse jubilado hace 19 años aceptó una propuesta de una vecina para empezar a lucir el guardapolvos color rosa que identifica a las voluntarias, en este caso del Posadas.

Lo singular de Ema es que a esa labor solidaria como parte de las Damas de Rosa, como se las dan en llamar, que en un principio empezó a realizar en el área de informes del Posadas, la tomó con la misma energía con que se desempeñó en los 38 años que trabajó primero en la fábrica Chrysler, en San Justo, y más tarde, en el laboratorio Lederle.

Pero hay una historia detrás. Su vínculo con el trabajo arranca cuando a los 9 años empezó a darle una mano a sus padres en la confitería que tenían en Haedo, donde los acompañó hasta que tuvo 17, poco antes de casarse con Mario.

"Para mí no se puede vivir sin trabajar", apuntó, para reseñar algunos momentos de su trayectoria en la actividad privada, donde trabajó embarazada de sus dos hijos hasta la semana previa a ambos partos.

La respuesta justa

Competente en lo suyo, su pase de la planta automotriz al laboratorio tuvo que ver con una respuesta más que atinada que le dio a un auditor externo de la empresa: 'dígame, señora, ¿cómo es posible que cuando controlo su trabajo no le encuentro ningún error?' indagó curioso el revisor. Ema contestó: "Es que cuando tengo una duda, tomo el teléfono y pregunto". La simple y precisa respuesta fue el pasaporte al ofrecimiento para un puesto vacante en el otro lugar, mucho mejor rentado.

Sin embargo y a la distancia, Ema se confiesa. "En realidad, creo que siempre quise ser voluntaria" afirmó, a la vez que considera que esta responsabilidad que cumple en el Posadas es un eslabón más en su vida a la que no duda de calificar como "hermosa".

En su realidad actual, asistir y colaborar con el paciente o el familiar que lo necesite implica una enorme satisfacción que gravita hasta en su vestuario porque, asegura, "el guardapolvo rosa es la prenda que mejor me queda".

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