Ayudante de panadería junto a su padre, Sebastián Montoya emigró muy joven de Córdoba a la Capital, donde además de ganarse el sustento como vendedor ambulante pudo canalizar su vocación musical junto a una banda.

Cuando tenía menos de diez años, en su casa de Villa Libertador, en Córdoba, Sebastián Montoya jugaba a ser artista, ponía un casette de la Mona Giménez y se lanzaba a cantar sus canciones, sin saber - o quizás intuyéndolo en su interior- que tal vez esa sería su vocación y su actividad pocos años más tarde.

No en vano se llamaba Sebastián, ya que su madre admiraba al intérprete bailantero fallecido hace pocos meses. Y con un abuelo guitarrero que iba de peña en peña, Seba no podía ser otra cosa que músico.

Desde hace 20 años, Sebastián (35) vive en Buenos Aires, pero su vida no fue fácil, y estuvo signada por la supervivencia y la lucha. Ayudante de su padre panadero, cuando los malos tiempos abrumaron a la familia, se vino junto a él a la Capital, a intentar cambiar la suerte, comprar máquinas y arrancar de nuevo.

Sebastián cuenta que hizo el secundario hasta tercer año, y largó el estudio para priorizar el trabajo. Pero al mismo tiempo, tenía reservada en un rincón de su corazón la esperanza de hacer algo con la música.

Entre idas y vueltas, su padre Rodolfo decidió volver a Córdoba (donde aún sigue en actividad) y Sebastián se quedó en Buenos Aires - donde tiene varios parientes- a probar suerte, y de a poco se abrió camino como vendedor de fiambres y quesos en forma ambulante o como distribuidor, mientras hacía sus primeras incursiones como cantante en bares y lugares pequeños donde se hacía cuarteto o cumbia.

“Al principio cantaba por el sandwich y la gaseosa, pero conocí a Luis Luna, director y productor, que tenía una banda, y me ofreció integrarme con él en un proyecto llamado Sebastián-Luna” explica que “también, en un fugaz regreso a Córdoba, integré bandas como Los Bohemios o CuarteBanda, mientras colaboraba de nuevo con mi viejo”.

De regreso en la capital, ya que sentía el deseo de una mayor independencia en sus actividades, Sebastián, que vivía en casa de una hermana en Loma Hermosa, se ganaba la vida con la venta de embutidos, y pudo armar un grupo de clientes fieles, algunos de ellos contactos de su padre.

Pero fue gracias a Luis que Sebastián conoció a los amigos que le abrieron un camino: Félix Oropel (también oriundo de Córdoba) y Matías Gómez, que desde un tiempo atrás tenían su propio proyecto cuartetero: La Ku-Cha, banda que recientemente editó su primer CD en forma independiente, y que ya lleva casi 15 años de actividad actuando en los más diversos lugares de capital y todo el país.

El mismo Félix, presente en la charla, comenta que “yo venía del grupo Cachumba, pero con Matías estábamos ya hacia tiempo con La Ku-Cha, charlamos, lo escuchamos y lo invitamos a integrarse a nosotros como vocalista. Y aquí estamos, juntos, dentro de una banda que se inició como cuarteto, ya tiene diez integrantes y muchas expectativas”.

Aunque los separa el amor por la camiseta (Seba es de Belgrano y Félix de Talleres) Sebastián dice que “más que una banda somos un grupo de amigos que se reúnen, ensayamos, compartimos asados, y la pasamos bien”.

Según su amigo Félix, compositor -junto a Matías- y tecladista del grupo “La Ku-Cha, intenta hacer un estilo que mezcla el cuarteto característico con el merengue, con el aporte de caños a la formación clásica”.

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Distinguibles por un ritmo contagioso, y letras entre festivas y testimoniales, pero con la premisa del baile y la diversión, el grupo recientemente grabó un clip con aires retro, ya que utilizan como excusa para una historia un viejo Gordini, un coche clásico de los 60, que según dicen dará que hablar.

Se viene un segundo CD

Sebastián, que tiene dos hijos chicos (de 5 y 3 años) con una ex pareja que quedó en Córdoba, dice que “me hubiera gustado aprender algún instrumento, de chico me mandaron a estudiar piano pero no tuve continuidad. Eso sí, trato de educar la voz para mejorarla y para no cansarme”.

Entre las numerosas anécdotas que Seba tiene de su actividad con la banda, recuerda que “una vez tocando en un sótano, en Capital, se largó a llover y el dueño ni nos dijo nada, pero al rato empezó a inundarse, veíamos que alguna gente bailaba en el agua, pero en un momento tuvimos que suspender porque nos íbamos a electrocutar. Fue increíble, pero marca que muchas veces no tenés las mejores condiciones para actuar”.

Habitué del ciclo televisivo Pasión de Sábado con La Kucha, Sebastián asegura tener “mucha esperanza en el nuevo videoclip que grabamos”, y apuesta a un segundo CD que saldría en abril, donde vamos a incluir ‘Nada es para siempre’, de Fabiana Cantilo, y un tema mío que habla de una historia personal muy dura” refiriéndose a un hijo que tuvo de muy joven y que murió a los dos años.

Se define como “un laburante de la música”

Los días de Sebastián lejos están de ser los de una estrella del género. Se define más como un laburante de la música. “Yo vivo de la música, pero también de lo que vendo comercialmente, tengo mi canasta de fiambres y quesos, todo de muy buena calidad, vendo en comercios, en casas, y en lugares fijos como el Parque Centenario o Chacarita los fines de semana”.

No solo eso: cuatro veces por semana, Seba se trepa a un par de líneas de tren que salen de Retiro hacia zona norte, y sin inhibiciones, arremete con su voz tapizada por cintas pregrabadas, y le da a los pasajeros un poco de música para amenizar los viajes. Detalla que “como ahora estoy viviendo en Boulogne, me queda cerca, así recorro los ramales de la Mitre y San Martín, y paso la gorra en los vagones luego de cantar temas más conocidos, incluso hago mi versión respetuosa de temas de Spinetta, Fabiana Cantilo o Walter Olmos” . Sebastián dice que “estamos en una ciudad donde el cuarteto no es tan popular, acá cuesta mucho” y señala que “cuando canto en el tren, el peor momento es si al terminar de cantar no te aplaude nadie, es abrumador, pero al menos te dan alguna moneda o billete, y a veces pasan cosas raras, como que te den un chocolate, o el número de alguna chica para llamarla, hay de todo”

Señala también que “mucha de la mercadería la consigo en Constitución y también me llega desde Villa María, pero además suelo viajar a Córdoba, porque uno no puede renunciar a sus raíces”.

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