La explosión en Beirut que dejó un tendal de muertos se dio en medio de un presente convulsionado, con un drama financiero que derivó en protestas masivas, quema de sedes de bancos incluido, y una incertidumbre política que propició renuncias al por mayor

La explosión que sacudió Beirut, dejando un gran caudal de muertos y heridos, además de los innumerables destrozos materiales, posó la mirada del mundo sobre Líbano, un país en el que esta catástrofe se agrega a una grave crisis en diferentes planos, desde dificultades económicas de envergadura hasta un quiebre institucional y político profundo, todo retroalimentado mientras se expande la emergencia sanitaria por la pandemia de coronavirus.

El drama que se desató en la capital de ese país aún no tiene respuestas concretas, y las conjeturas se multiplicaron rápidamente, aunque desde el gobierno se fue por un hilo argumental que describe al hecho como un accidente relacionado con un depósito de explosivos que habían sido confiscados durante los últimos años y que, por negligencia, quedaron en las adyacencias del puerto, que finalmente voló por los aires, generando una onda expansiva tal que dañó construcciones a varios kilómetros de distancia.

El golpe llega en un momento delicado, con factores negativos que oscurecen el futuro de Líbano. Y entre ellos el que más se sintió en los meses precedentes fue el financiero, con números en rojo que no parecen revertir su tendencia. De hecho, la lira libanesa, moneda oficial, evidencia una devaluación que se acelera cada vez más, rondando cerca del 90 por ciento desde hace un año, pero que, para colmo, se consolida con las consecuencias derivadas de la pandemia, entre las que se cuentan el desempleo y, especialmente, el espiral inflacionario que sumerge a cada vez más población en la pobreza.

Esa fue una de las pautas iniciales que llevó a los ciudadanos de forma masiva a las calles, abriendo el juego de las protestas en octubre, cuando todavía el coronavirus no estaba ni en la imaginación. En aquel entonces el foco estaba puesto en el bloque político, al que se acusaba, sin distinción entre oficialismo y oposición, por una marcada corrupción.

Así la situación, con el correr de las semanas, en ese convulsionado segundo semestre de 2019, se allanó el camino para la renuncia de Saad Al Hariri, el primer ministro, lo que provocó un desmadre en la esfera dirigencial, sin capacidad de diseñar un nuevo gobierno de consenso. Es que en Líbano existe una formulación que ganó fuerza desde su conformación, post época colonial, en el que se reparten de forma equilibrada los cargos entre las diferentes ramas religiosas y étnicas, evitando disparidades que se corroboran en países vecinos y que, en algunos casos, terminaron en masacres. Pero en esta ocasión esa lógica, sin fortaleza desde el Ejecutivo, entró en una nebulosa que dificulta el hallazgo de una solución por carriles institucionales.

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Video: impactante explosión en un puerto sacudió Beirut, capital del Líbano

A esa incertidumbre política se le agrega el papel de Hezbollah, una estructura vital dentro del andamiaje social, que resalta a nivel gubernamental y que, con sus milicias en plena acción, reprimió en varias oportunidades a las protestas que se desarrollaban tanto en Beirut como en otras ciudades.

Y allí hay un puntal para perfilar el devenir de la crisis, pues aquellos gritos apenas suaves del arranque, entre agosto y septiembre, que empezaron como crítica por el impulso de un impuesto a los mensajes de WhatsApp, se fueron transformando en alaridos cada vez ensordecedores, con multitudes que ubicaban la mira en turbias maniobras políticas. Así concretaron la salida de Hariri para que llegara Hasan Diab.

Sin embargo, Hezbollah se mantiene firme como pieza clave del sistema, y las críticas arrecian desde diferentes partes del globo, ya sea Estados Unidos, catalogando de grupo terrorista, o muchos líderes en Medio Oriente, bajo la órbita de Arabia Saudita, enfrentados por la ligazón de aquel a Irán.

Ese ítem es uno de los factores que complica la posibilidad de financiación para lograr enderezar la economía, aquejada hace décadas pero sumergida, especialmente, en los últimos años. ¿Por qué? Se barajó recientemente la opción de un préstamo desde el Fondo Monetario Internacional, por una cifra cercana a los 10 mil millones de dólares, para encauzar las finanzas, pero desde Washington se enturbia esa chance; y algo similar ocurrió con Riad, que vislumbraba un guiño traducido en dinero vía el petróleo pero se trastocó por los cortocircuitos políticos.

El que sí dio su aporte fue Francia, que habilitó una donación, mediante diferentes organismos, de una suma que rondó los 11 mil millones de dólares, en 2018. Pero eso implicaba, para obtener inversiones de infraestructura, ciertas condiciones dentro de la estructura libanesa que no se sellaron y por eso se cortó la llegada de recursos rápidamente.

Todo ese itinerario ocasionó una crisis tal que Beirut se quedó sin efectivo y decantó en una escalada de los problemas a niveles superlativos. El combo de inflación y devaluación es letal y la imagen que lo resume se dio a mediados de junio, cuando un grupo de ciudadanos incendió una sede del Banco Central, como una forma de canalizar la bronca generalizada, a sabiendas que una de las medidas que se tomaron fue una especie de corralito para evitar la mayor salida de dólares.

Para colmo, el coronavirus acecha. Y si bien Líbano no es de los países más perjudicados en cuanto a cifras de víctimas, sí lo está complicando en la faceta financiera. ¿Por qué? El parate general deja al país sin uno de sus elementos vitales: las remesas que llegan de la mano de familiares en otras partes del mundo.

Por eso, la explosión que sorprendió al planeta fue un golpe más a un ya de por sí delicado Líbano, que, además, observa cómo el fuego dejó inhabilitado al principal puerto de la región, que le permitía recaudar más mediante exportaciones. Todo un combo dantesco que lo deja entre las sombras de un humo espeso.

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