La guerra civil sin solución en el país africano decantó en un choque mayor entre diferentes potencias mundiales, situación que abona el terreno para una contienda de más envergadura

La vorágine de la Primavera Árabe, con su pretensión de cambios profundos a nivel político y social, tuvo efectos difusos hace una década. Cada país lo atravesó con sus particularidades, pero, si hubo uno en el que hizo mella de forma contundente, ese fue Libia, donde el aluvión de protestas derivó en el linchamiento y muerte de Muhammad Gadafi, su mandatario durante más de 40 años. Desde allí, sin embargo, lo que parecía un aire fresco para renovar esperanzas en el norte de África, se convirtió, con el correr del tiempo, en una tormenta perfecta que hoy, 9 años después, con una guerra civil recrudecida, amenaza con arrastrar a las principales potencias del mundo.

Si después del quiebre del régimen del longevo dictador en 2011 se apagaron los focos puestos sobre ese territorio rico en petróleo, las circunstancias en su interior, con un conflicto latente sin lograr resolver por pujas de poder indefinidas, posibilitaron que otra vez se enciendan las luces y ubiquen a Trípoli en el centro de la escena, pero ya no sólo por su relevancia en el mercado del oro negro, sino también por el peso específico que adquirió como pieza elemental dentro del tablero internacional.

Libia tiene establecidos a dos gobiernos paralelos, situación que lo condiciona desde hace algunos años, pero que actualmente, con la emergencia sanitaria a cuestas, dificulta una respuesta óptima y entonces la amenaza de la expansión del coronavirus se agrega a un ya de por si convulsionado panorama por las carencias que se evidencian tras la larga serie de enfrentamientos.

En Trípoli, la capital, está asentado el Gobierno Libio de Acuerdo Nacional, que es reconocido por la ONU, y cuenta con el beneplácito de la mayoría de los países del globo. Mientras que del otro lado, con sede en Tobruk, al este del país, está un sector rebelde en el que resalta la figura del coronel Jalifa Haftar, ex ladero militar de Gadafi.

La crisis entre ambos esquemas no hubiese pasado de rencillas étnicas, dramas internos y complicaciones para encausar la nación si no se hubieran involucrado protagonistas estelares, que encontraron terreno fértil para fomentar sus intereses, y así lo que era una guerra civil en un espacio inhóspito, rodeado de desierto, se erige en una batalla de pura incertidumbre que mantiene en vilo al planeta.

En ese sentido, se especula con una amplificación tal que en el concierto internacional observan esta instancia como una remake de lo que ocurrió -y sigue desarrollándose, aunque con menos fuerza- en Siria, donde una pulseada local llevó, poco a poco, al arribo de potencias mayúsculas, como Rusia y Estados Unidos, previo desmadre con la aparición en su máxima expresión de ISIS.

Vladimir Putín, el presidente ruso, es justamente uno de los involucrados de forma anticipada en Libia, aunque no con su propio auspicio, sino bajo el escudo de un organismo privado, el denominado Grupo Wagner, que se establece como bloque paramilitar y ya supo hacer efectiva su labor en batalla, por caso, en la propia Siria. ¿A quién respalda de forma solapada Moscú? A Haftar, al que le brindó herramientas bélicas de envergadura para avanzar a paso firme en el derrotero de los últimos años, ciudad por ciudad, lo que permitió que los rebeldes tomaran gran parte del país, incluidos los pozos petrolíferos más fructíferos.

Sin embargo, a ese envión con la rúbrica del Kremlin, en pos de posicionar a Rusia como eje de una zona de influencia en el planeta, tal la actuación que realizó en Siria poco antes, le surgió un rival inesperado: Turquía. Es que Recep Erdogan, su líder, también quiere jugar su ficha de pivot en la región, y por eso salió en defensa del gobierno que tiene al frente a Fayez Serraj, que cada vez más estaba encerrado en la capital e iba camino a la caída. El tablero lo pateó a fines del año pasado, con la firma de un acuerdo doble, que entró en vigencia a principios de diciembre, cuando todavía el mundo no estaba pendiente completamente del coronavirus.

Ese vínculo entre Ankara y Trípoli fue el que derivó en el conflicto actual que preocupa a todos, en especial a Europa. ¿Por qué? El primer lazo es estrictamente militar,y fue lo que posibilitó el despliegue de tropas turcas en el norte de África, que pone en alerta no sólo a los contrincantes específicos, pues se contrarrestó la embestida inicial, sino también a los vecinos de Libia como Egipto y Argelia. Pero el otro es más contundente, y resalta un contacto comercial que habilita a Turquía a exploración marítima particular en la zona oriental del Mediterráneo, donde se proyectan grandes reservas de petróleo y gas.

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La Unión Europea y un acuerdo con guiño para todos lados

Ese puntal es el que hace entrar en ebullición a bloques del Viejo Continente, especialmente los linderos en la región, también necesitados de esos recursos, como Grecia y Chipre, con el agregado, en este último caso, del conflicto territorial y la división que existe por la fuerza con la que cuentan los turcos en el norte del país.

Las conversaciones entre Erdogan y Putin se multiplicaron en los últimos meses, de la mano de distintos emisarios, pero la pretensión de alto al fuego choca con el propio recrudecimiento de la situación a nivel interno en Libia, donde los protagonistas hacen sus movimientos. Y eso se suma a los problemas endógenos de aquellos dos líderes, dada la expansión de la pandemia.

El tablero, por lo pronto, no queda allí. Si bien Estados Unidos apostó por evitar un involucramiento mayor, un poco por el coronavirus y mucho por la carrera electoral hacia noviembre que lo tiene ensimismado, en Europa hay interés, y entre los miembros de la Unión Europea hay divergencias, por diferentes motivos.

El principal eslabón es el negocio, con el oro negro a cuestas. Por caso, Francia había insinuado primero un acercamiento al grupo rebelde, y como vislumbró que quedaba en soledad en la maniobra, y más ahora que la victoria de ese bloque no es tan palpable como el año pasado, optó por despegarse. Emmanuel Macron, el jefe de Estado galo, quiso encontrar una solución diplomática, más allá del guiño a Haftar, pero la realidad en ebullición le da un duro golpe permanentemente. ¿Por qué el juego de París? Total, la empresa petrolera de origen francés, tiene inversiones mayúsculas en la zona, y para su desarrollo requiere cierta estabilidad que actualmente no existe.

De hecho, a principio de año hubo llamados de emergencia por el factible colapso del sistema petrolífero en Libia. ¿Las razones? La dinámica de conflicto: Haftar y sus rebeldes estaban en posesión de casi todo el país, en especial varios pozos a disposición. Pero la única herramienta para comerciar la distribución del producto está en manos de la Compañía Nacional de Petróleo de Libia, con base en Trípoli, administrado por el otro bando. Es decir: unos tienen el material, los otros la potestad para producir. ¿Cómo se resolvió? Con cortes de suministro, frenos de actividad e incertidumbre total que bajó estrepitosamente la producción de barriles, con su consiguiente golpe en el mercado global.

De allí la preocupación extranjera, que no sólo materializó Francia, sino también Italia, que a la cuestión económica le agrega la instancia histórica, al haber sido la metrópoli libia en la época colonial durante la primera parte del siglo XX. ¿Con quién juega Roma? Con Serraj y su gobierno de Acuerdo Nacional, al que le brinda estructura burocrática. Pero el petróleo también tiene su fortaleza, en este caso con la empresa ENI, afincada en Libia desde la década del 50'. El cruce por los pozos y sus posibles cierres obligó a la entidad a evacuar a sus empleados, una maniobra que corroboró la preocupación, a la espera de una solución en el corto plazo. Pero no es el único tema, pues también entra en boga la cuestión de la inmigración, a partir de la crisis humanitaria, siendo la puerta principal del otro lado del Mediterráneo. Esa mirada Italia la comparte con Alemanía, razón por la que fue Berlín, con el auspicio de Ángela Merkel, el lugar de una cumbre por Libia que no prosperó.

Por lo pronto, Europa no el único que se mete en la discusión: si hay oro negro, Medio Oriente está involucrado, aunque en su caso, también con el elemento religioso a cuestas. Por caso, la tríada de defensa del gobierno oficial en Libia la comparten Turquía e Italia con Qatar, elemento clave para la financiación del proyecto bélico. En tanto que a Haftar lo respalda, además de Rusia, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Egipto, este último incluso amenazando, desde el este, con realizar incursiones, dado ya el visto positivo por parte del Congreso al presidente Al Sisi.

El último país que entró en el conflicto es Marruecos, con una reciente reunión como anfitrión de ambas partes en busca de acercar lazos y evitar más derramamiento de sangre, pero todavía es una instancia inicial, que no evidencia saldo positivo.

Cada protagonista entiende que se juega mucho en Libia, y por eso no dan el brazo a torcer. La nación con más petróleo de África es vital no sólo por ese recurso sino por el lugar estratégico que ocupa, a las puertas de Europa. En ese sentido, la guerra civil no pareciera frenarse abruptamente, y las posibilidades de más muertes está latente, con el agregado que el devenir no sólo involucra a uno u otro bando en ese país concreto, sino a un gran caudal de piezas del rompecabezas, células terroristas diseminadas que propician desestabilización al mejor postor, y también potencias que buscan su parte de la torta.

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