Este matancero, que trabaja más de seis horas en el Poder Judicial y otras cuatro como vendedor ambulante, abrió un comedor-merendero en el barrio El Dorado, de González Catán.
En el inconsciente colectivo habita una idea fija, propia de los estereotipos y que tiene que ver con la imposibilidad de cambiar cuando se tocó fondo. Quizás haya algo de verídico. Sin embargo, la excepción hace a la regla, se suele decir. Por eso, hay chances claras que se puede emerger, que ponerse de pie no es una quimera. La Matanza tiene alguien que puede brindar testimonio, a partir de un ejercicio práctico, alejado de toda teoría tecnicista. "Pude haber cometido una locura, Dios me iluminó y hoy mi vida es totalmente diferente".
Sergio Fabián Robledo (42 años), dueño de esta afirmación, salió desde el lodo mismo y convirtió las miserias en frutos dulces y ricos en amor y bondad. Es un laburante, se gana la vida como puede, pero lo comparte, a partir de haber decidido dos años atrás abrir el merendero y comedor Eben-Ezer (quiere decir Dios es mi ayudador), en el barrio El Dorado, de González Catán, en donde reside junto a su familia, compuesta por sus cuatro hijos y su mujer, un verdadero puntal en su vida. 'Carolina me bancó mucho', reconoce, mientras una caja y una mochila esperan para darle marcha al segundo tiempo del día, que se desarrolla sobre los colectivos que unen San Justo con los kilómetros.
Su vida no fue fácil desde que llegó a Buenos Aires, cuando tenía 17 años (ver aparte), desde Resistencia, Chaco. Supo de mal tratos, de abandonos, de ser presa del alcohol y hasta 'pude haber cometido una locura', admite, pero pudo resistir las tempestades y hoy su sacrificio se refleja en su familia y en el comedor que mantiene junto a su primo y su mujer, desde hace dos años. 'Walter Aguilera, el pastor de la Iglesia Evangélica Pentecostal, Piedra Viva, de El Talita, fue fundamental. El se cruzó cuando estaba por cometer una barbaridad y me llevó hacia el camino de Dios', reconoce.
Sergio trabaja seis o siete horas en el Poder Judicial, sale de allí y se sube a los colectivos, en donde se calza la pilcha de vendedor ambulante. Así sostiene la actividad de su emporio solidario. 'De 8 a 14 trabajo en maestranza en un juzgado Correccional Nº 2 de San Justo, luego salgo a vender en los colectivos durante unas cuatro, cinco horas. Vendo golosinas, destornilladores, lo que aparezca', dice Sergio, quien afirma: 'No puedo creer lo que estoy haciendo. Dios me cambió y hoy me las rebusco como siempre, pero ahora de la mano de Dios. Y queda claro que se puede cambiar'.
Pese a su labor solidaria y ejemplar, los más beneficiados con esta metamorfosis experimentada por Sergio son su esposa, Carolina y sus cuatro hijos: Facundo, de 16 años, Lizette, 15 años, Santiago, 11 y Damaris, 4. Todos ellos, su primo Matías y su señora, le dan vida a Eben-Ezer, en donde Dios posa su mano misericordiosa, como alguna vez lo hizo con Sergio.