El barrio El Dorado, de González Catán, es uno de los epicentros de la solidaridad, el amor por el prójimo y la sensibilidad por la situación que atraviesa el otro. Allí, Sergio Fabián Robledo y su señora, Carolina, armaron una familia con cuatro hijos (Facundo, 19; Karen, 18; Santiago, 13; y Damaris, 6) y otros cientos que llegaron a partir de haber extendido una mano para ayudar. El comedor Eben-Ezer, ubicado en la calle Achupalla 2929, entre Alagón y Luján, arrancó como merendero, pero hoy también se da de comer a una centena de chicos, que ya disfruta de un techo y de instalaciones que fueron inauguradas a principio de año.
Las necesidades hicieron que no sólo se pensara en alimentar. Había que apuntar a un techo, a mejorar la calidad de vida. "Recuerdo que mi señora me dijo que Dios iba a abrir puertas para el comedor, y fue así", reconoce el protagonista, quien trabaja en maestranza en el Juzgado Correccional N°2 de San Justo y luego se sube a los colectivos para vender golosinas o helados en el verano.
En 2014, ambos arrancaron su vida solidaria con un merendero sólo los sábados y luego se dio la merienda dos veces en la semana. En 2015 la estructura funcionó lunes y miércoles, mientras que los sábados se abría el comedor. "Hoy son unos 100 chicos, de 0 a 18 años, más seis mamás los que asisten, y además se suman otros que antes que venían lo siguen haciendo con 17 u 18 años.
Ellos dan una mano para darles de comer a los chicos", señaló el hombre, quien aclaró: "Lunes y viernes damos la merienda desde las 18, mientras que martes y jueves el comedor funciona desde las 19. La idea es que se vayan a dormir con el estómago lleno, ya que al mediodía comen en los comedores escolares".
El tiempo pasó y más chicos se fueron acercando a golpear la puerta en busca de una taza de leche o un plato de comida. En un momento las prestaciones edilicias se veían desbordadas. Por ello, se apuntó a disponer un espacio para los chicos. "Decidí donarle al comedor una fracción de 10 x 9 del terreno en donde vivo. Fui a Desarrollo Social de la Municipalidad en donde presenté una nota para que me ayudaran con las chapas al menos. Pero me explicaron que como yo tengo un trabajo en blanco, obra social y el comedor está en mi terreno, no me podían ayudar. Entonces salimos a buscar otras alternativas. Así, las 18 o 20 chapas nos llegaron desde la donación de Leandro y Martina, y desde una escribanía de Laferrere. Los demás chicos de Juntos consiguieron las columnas, cerámicas para la pared y pisos. Además pusieron luces y ventiladores para que se pudiera tener lo que hoy disfrutan los chicos, que llevó un año largo de trabajo", relata con satisfacción Robledo.
Y afirma: "Nos faltan comodidades, como bancos por ejemplo, pero nos arreglamos con imaginación y amor", comenta.