La noche del viernes 11 de setiembre de 2015 en el Gimnasio Carlos Bottaro del Club Atlético Independiente, de Avellaneda, significó la última aparición sobre un cuadrilátero de Fernanda Soledad Alegre. A dos años y medio de aquella defensa de su título mundial superligero de la OMB (le ganó a la colombiana Lely Luz “La Roca” Flórez, por puntos), La Camionera vive de otro modo, en un mundo de pañales, chupetes, de jornadas con sueño corto. Hoy sus días están dedicados a ser mamá, mientras el boxeo sigue vigente con sus hermanos, su padre, Luis Alegre, y su pareja, Sebastián Heiland.
“Me entreno cuando puedo, porque el tiempo se lo lleva ella, y a veces ayudo en el gimnasio que funciona en el garaje, en donde me preparé para ser profesional y campeona del mundo”, cuenta.
Nayra Heiland, de un año y medio, concentra toda la atención en el hogar de González Catán. “No me deja hacer nada”, confiesa, pero lejos de ser una queja.
No denota tener la necesidad de volver a sentir la adrenalina que destilaba cada vez que se calzaba los guantes. “Por ahora no extraño, estoy bien, quizás porque en el gimnasio lo respiro al boxeo a través de mis hermanos, de Sebastián, de mi papá. Todo es boxeo”, dice. Por eso, volver no parece estar en los planes a corto plazo, al menos.
“Por ahora no sé, no pienso en volver; la nena es chica y en su momento lo hablaremos con Sebastián”, define Sole y recuerda: “No es simple, porque cuando competimos se entrena tres veces al día, ya que fuimos los primeros que hicimos ese tipo de entrenamientos. Son dos horas a la mañana y al mediodía y se sigue por la noche, de lunes a viernes, doble turno los sábados y también los domingos si es que estaba cerca la pelea. Por eso no es simple”, explica Alegre.
Nayra juega, habla, pide, ríe. Su madre la contempla y con sentimiento y orgullo cuenta. “La nena ya mira la bolsa, y como hay una que está más cerca del piso tira algunos golpes. Es zurda como el padre. Cuando puedo la llevo al gimnasio y observa a los chicos que se entrenan y al padre. Copia todo”, señala sin disimular la felicidad de tener a la niña.
De todos modos, “el boxeo sigue estando pero de otro modo”, afirma la vecina de la región. Y cuando tiene que definir qué le costó más, el boxeo o ser mamá, no duda: “No hay libro que se enseña ser mamá, se aprende como el boxeo. Las piñas arriba del ring son reales, pero para mí es mucho mejor y más lindo ser mamá”, destaca y admite: “La paciencia es un punto a mejorar: me cuesta”.
La Camionera disfruta de su presente, a pesar de que está lejos del ring. “La miro cuando duerme o cuando camina y no puedo creer que sea mamá. Es todo tan rápido; caminó al año y ahora ya empezó a hablar”, subraya con admiración Fernanda Soledad Alegre, quien tras 13 defensas del título, canjeó los guantes por dar vida y hoy destila felicidad.