Gabriel y Ariel resaltan los valores que pregonó su padre durante su extensa trayectoria, con puntos relevantes de ese itinerario en la versión ALMA en la década del 90, siendo campeón. 

Cuando el año 2016 estaba preparando las valijas para irse, el golpe llegó. Una de las referencias del automovilismo zonal pasaba a la inmortalidad. Decir el Mono Bianco era, es y será sinónimo de sapiencia, maestría y pasión. Fue campeón de ALMA en los 90’, pero su taller de la calle Arieta 1758, de San Justo, siempre representó una suerte de Meca para la consulta obligada, en donde el prócer estaba para dar el consejo justo a quien se lo pidiera y sin mezquindades. Hoy no está en ese espacio lleno de historia, pero sus tres hijos Gabriel (41), Ariel (38) y Fabián (33), y su mujer, Susana, son centinelas de un apellido que se ganó un lugar especial en el deporte de La Matanza.

Héctor Alberto Bianco a los 68 años le puso un punto final a la vida en este mundo y este suplemento reunió a dos de sus hijos, Gabriel y Ariel, para recrear y recordar a quien fuera campeón de ALMA en 1994, uno de los referentes del deporte matancero. “El 13 de diciembre de 2016, el día más triste de mi vida. El día que me robó la mitad de mi corazón”, escribió Ariel.

Gabriel elige un recuerdo para romper el hielo y pintar la pasión de su padre. “Arranca en el 68’ estando de novio con mi vieja; fueron a ver a Lobos una carrera de semi preparados. Y terminó corriendo con su auto de calle, al que le dibujó el número con el lápiz de labios de mi vieja. Era un auto de calle contra preparados, pero volvió a casa y se puso a preparar el auto de carreras. Así arrancó”.

Ariel, en cambio, recuerda: “Una vez, en Olivera, venía segundo detrás de Alvarez y había tanta tierra que dieron tres vueltas más porque no veían la bandera. Hasta que Alvarez la vio, levantó y mi viejo se lo comió”.

Con esas anécdotas, relatos y trabajo “cuando éramos chicos nos quedábamos dormidos en el taller junto a él”, apunta Ariel. “Por el 78’ más o menos, un conocido tenía un chico que era discapacitado y como el hijo no podía correr, lo bancó a mi viejo. Ahí empezó en 07, y en Alma”, rememora Gabriel, quien añade: “Es la imagen de ganador, que no había nacido para ser segundo”. Y Ariel refuerza: “Iba a la plaza a caminar, se tomaba el tiempo y se comparaba con otro al que decía que le había sacado dos vueltas. Hasta en eso era competitivo, y sin querer te llevaba a ser lo mismo. Pero, era frontal, sin filtro, no había chicana para él”.

Los recuerdos están intactos, tanto como el dolor por el vacío que provoca semejante ausencia. Sin embargo, Gabriel y Ariel no esconden las heridas y tratan de que vayan de a poco cicatrizando. “La casa de él era el centro de operaciones. Estaba él y luego íbamos llegando. Se nos hace difícil porque estábamos siempre juntos”, reflexiona Ariel. “Con él vivimos y eso es proporcional al vacío que produce la ausencia”, afirma Gabriel.

Y para el final, Ariel refleja: “Lo que enseñó mi viejo quedará”. Gabriel se enorgullece: “Mi viejo era la referencia, el manual de consulta”.

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