El púgil avanza con su carrera en el ring pero se sostiene con su labor en las calles, a la espera del salto que le brinde su chance en el mundo de los puños tras un arranque alentador como profesional.

Se llama Luis Alejandro Tejerina, lo apodan el Púa. Es rionegrino, nació en Villa Regina, pero vive en La Matanza, afincado en Virrey del Pino, desde los 6 años. Eligió el boxeo como para atemperar lo difícil que se la puso la vida, y ama al deporte de los puños. Con sus 30 años, utiliza esta senda para descargarse y poco a poco trascendió en el mundo pugilístico. No alcanza con eso, por eso trabaja como recolector de residuos en la CABA, como para dejar instalado que el deporte no siempre se codea con el glamour y los lujos. También hay mucho de vida, de sacrificio, de esfuerzo y de aprendizaje.

"El boxeo ocupa un lugar muy grande en mi vida; es enorme el lugar que ocupa. Llegué a lo que soy hoy, a que me conozcan y a conocer cosas, por el boxeo", asegura, pero tiene otros amores: "Mi hija y mi vieja son mi vida, el boxeo es otra media vida. Pero ellas comparten mis amores", afirma el púgil de Camioneros, y que hoy se entrena bajo las órdenes de Daniel Hugo Bordenave, de Laferrere.

Claro que Luis Tejerina divide el esfuerzo con su trabajo de todos los días. "Siempre tuve que sacrificarme en el laburo para quedar efectivo y lo que he logrado es porque la he peleado", dice. Trabaja duro como recolector de basura en la zona de Villa Urquiza, Belgrano R, Villa Pueyrredón, Devoto, Villa del Parque, La Paternal. De lunes a sábados, de 6 a 12, el Púa usa también sus brazos y piernas por las calles porteñas y el domingo es el merecido franco.

A los 17 años abrazó el boxeo y siete después debutó como profesional. Fue contra Pehuén Correa, en el Cedem de Caseros, en donde logró su primer triunfo. "Fue por ko en el tercero", acota Púa, quien como amateur disputó cerca de 40 peleas, mientras que lleva 25 como profesional. "Soy diestro pero me paro de las dos maneras", indica el púgil encuadrado en súper welter. Y no se olvida de los entrenadores que le dejaron enseñanza. "Fernando Peralta y el profe Nahuel Rojas, a quien tuve en el club 17 de agosto en Villa Pueyrredón", apunta.

Acepta el convite para poner la memoria a full y traer al presente algunas peleas que quedaron en sus páginas más preciadas. "Una fue en Rosario contra el Pony Garay, cuando gané el título FIB juvenil. Llegué al tope esa vez, porque pude demostrar todo lo que había practicado en todos los años de boxeo", rememora y agrega: "Otra con José Carlos Paz, de Villa María, que pegaba durísimo; el ojo me quedó como Rocky, pararon la pelea por cómo estaba en el ojo izquierdo".

No duda en definirse como "un boxeador al que le gusta la guerra, voy al palo y palo", asegura, pero cuenta: "Hubo alguien que cuando yo entrenaba en la sede de Huracán, con Oscar Trotta, que me dijo que le gustaba mi estilo, pero que debía pensar que los golpes dejan secuelas. Por eso debes ser un poco más estilista, tenés que pensar que la idea es no dejarse pegar. Y en eso estoy, puliendo de a poco ese aspecto.

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