Que de nada sirve cortar una calle, que jamás una movilización popular logró revertir hechos concretos, que las redes sociales sólo sirven para alimentar egos. La cantidad de falacias disfrazadas de verdades absolutas que son cotidianamente rebatidas por los hechos fácticos es arrasadora. Y abrazadora.
Que la Justicia haya decidido excarcelar a Eva Analía De Jesús, la mujer que estuvo ocho meses presa por defenderse de una patota de homofóbicos que la molió a palos e intentó violarla para “corregir” su elección sexual, es un triunfo del movimiento de mujeres que pateó las calles, que organizó marchas, que reprodujo decenas de veces el rostro de ella en las redes sociales y que provocó que miles de otras mujeres (y hombres también) cambiaran su foto de perfil en esas redes y pidan por la libertad de Higui.
La última movilización de #NiUnaMenos hace apenas una semana exigió, entre sus reclamos al Estado (que siempre es responsable), esta liberación.
El caso de Higui se visibilizó gracias al inmenso movimiento que integran los diferentes colectivos de mujeres y LGBTQ. Lo mismo pasó con el de Belén, la joven tucumana criminalizada luego de haber sufrido un aborto espontáneo. Así, primero tímidamente y luego con mayor protagonismo, algunos medios comenzaron a contar la historia de Higui. Esa historia que expone el machismo patriarcal no sólo entre los machitos que quisieron disciplinar a una lesbiana, sino entre los que pululan por las comisarías y por los tribunales de justicia. Otros medios decidieron seguir ignorándola, pero poco importa: fue arrollador el poder de las otras herramientas comunicativas que hacen tambalear día a día las verdades reveladas de los todopoderosos.
A Higui la condenó por “homicidio simple” no sólo un tribunal. La condenó el machismo, la sociedad pacata y patriarcal que repite que los nenes con los nenes, las nenas con las nenas y el orden natural y bla bla bla. La condenó la misma sociedad que llora el crimen de una chica de clase media pero no tanto el de una piba pobre.
Pero también hay otra sociedad que se abrió paso. Es la que lloró a Araceli como a Micaela, la que logró que el espectáculo de un misógino y repulsivo Baby Etchecopar no tenga aceptación en varios teatros, la que ya no tolera que los hombres opinen deliberadamente sobre el cuerpo de las mujeres cuando nadie les pregunta.
A Higui la liberó la lucha, la sororidad, el grito de cientos de miles que en distintas circunstancias sufrimos la opresión. Y no nos conformamos con que nos escuchen y nos den cinco minutos de cámara. Queremos más. Queremos hechos. Queremos, ahora, la absolución de Higui.