Despabiladas. Atentas. Con paso firme. Así se las vio a las cientos de miles de mujeres que desbordaron la Plaza del Congreso y que, junto a hombres, pibes y pibas gritaron por el fin de los femicidios y de la violencia de género.
"Despacio, chicas, como mujeres", sugirió una mujer rubia que intentaba frenar los empujones que vaya a saber quién o quiénes habían originado, media cuadra antes. La señora estaba ahí, en la marcha de #NiUnaMenos, con la seguridad de que los femicidios deben terminarse, seguramente, pero también con el peso de su propia mochila de años de sociedad patriarcal sobre sus hombros: las nenas somos delicadas, los varones brutos; las nenas vamos despacito, los varones se atolondran.

Una marea de cientos de miles de mujeres avanzaba por Rivadavia y desbordaba la calle, cubriendo las veredas. Por momentos, no había un solo centímetro sin ocupar. Todo era manos, brazos, piernas, rostros, bocas que cantaban, gritos que de repente irrumpían el murmullo constante: ¡Basta de matarnos! También había hombres, claro. Muchos. Hombres que acompañaban y otros tantos que fueron solos, en grupo, con otros hombres. Hombres con carteles, hombres que marchaban, que aplaudían, y que agitaban marcando el paso con sus redoblantes.

Y qué cantidad de jóvenes, centros de estudiantes, pibes de La Cámpora, del PO, de Nuevo encuentro, del PTS, del MAS... no importa con qué banderas: jóvenes. A un pibe de 16 años le cuelgan unas rastas y un cartel del cuello: "Perdón por tantos pelotudos". Dice Franco (el del cartel) que siempre todos hablan de un "montón de muertes", pero "nunca nadie les pidió perdón".   

Había chicos, muchos, muchísimos chicos. Nenes y nenas, caminando, corriendo, a caballito, de la mano de sus mamás y papás. Bebés en cochecitos, a upa. Cuántos chicos.   


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Foto: Martín Di Maggio / Diario Popular


Ese océano de cuerpos se cruzaba, se sonreía, se abrazaba, se presentaba, se conocía, se daba aliento, se contaba sus historias.  

Se respiraba aire fresco, a pesar del amontonamiento. Una bocanada esperanzadora que despabilaba, que mostraba que todos estábamos en el lugar correcto, en el momento indicado.

"Espero que se le destapen los oídos a muchos y que tomen conciencia de que la mujer no es un objeto", dice Liliana, quien desde Floresta se plantó en la marcha, sola, aunque su marido "siempre ha sido un amor conmigo". Fue por solidaridad con todas las mujeres, destaca.



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Foto: José Brusco / Diario Popular


Un poco más allá hay otra Liliana. Esta es de Villa Bosch. Llegó "solita" a Constitución y le preguntó a unas mujeres identificadas con una especie de escarapela del #NiUnaMenos cómo llegar al Congreso. Con esta Liliana, su marido no fue un amor. 34 años estuvo casada. Soportó maltratos, golpes, violaciones por sus hijos. Hace tres años que él ya no vive con ella, pero el martirio sigue. La acosa, la amenaza, la golpea. Terror tiene Liliana. Se le nota en los ojos verdes, prolijamente maquillados, que a cada palabra se le humedecen. Muy linda es Liliana. Y tan bien vestida, que ningún prejuicioso podría adivinar que ella es una víctima más de la brutalidad, del machismo.

Una hoguera casera estalló en chispas y finiquitó a un muñeco inocente que simbolizaba al culpable hombre maltratador, violador, asesino. "Uno menos", gritaban, desaforadas, en tetas y con el cuerpo escrito con letras feministas, un grupo de mujeres que rodeaban el fuego a los saltitos, como indiecitas. Pegadita al ritual quedó la ambulancia del SAME, casi flotando en un humo denso y oscuro.


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Temprano se puso el sol, como respetando este otoño mentiroso, y entonces el lila que bañaba el Congreso se volvió más nítido, más violeta.

La parte "formal" del #NiUnaMenos fue un acto breve, pero nadie parecía querer irse. Todos (o casi) seguían ahí, respirando, llenándose los pulmones de esa ventisca que se mezclaba con el aliento a cigarrillo, a porro, a choripán, a cerveza.

"Ojalá haya otra", dijo una chica acomodándose la mochila y guardando el termo. Ojalá haya otras, muchas más marchas. Y ojalá sean menos las muertas por las que vamos a marchar.      


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