
Vuela una mariposa por la plaza de Congreso. No se queda quieta. Libre, bonita y loca. Se detiene, de pronto, sobre un cartel escrito con letras de color rojo. "Nos queremos vivas", sostiene la frase, corta, contundente. Una afirmación, que no pide permiso. Dos pequeñas manos sostienen la cartulina. Son de una niña, de unos 8 años, que hace un enorme esfuerzo para estirarse todo lo posible, y así lograr que sea leído por la mayor cantidad de ojos.
Decide seguir su vuelo la mariposa. Pasa por un grupo de murgueros, la mayoría jóvenes mujeres. Tocan los tambores con un ritmo frenético. En sus remeras está estampada la nena con el puño arriba, ese ícono trazado con maestría por el artista Liniers, que anda por ahí, caminando y se detiene a escuchar (y mirar) la música que invade todo a su alrededor.
Foto: Martín Di Maggio Dadone / Diario PopularSe asoma un pañuelo blanco en la cabeza de una adulta mayor, que brinda un reportaje. Es una Madre de Plaza de Mayo, que ahí está, otra vez, poniendo su cuerpo, su alma y su vitalidad. Le roza el rostro la mariposa, la acaricia.
Sube, sube y sube la mariposa. Observa que el pueblo está por todos lados. En las veredas, arriba de los contenedores de basura, en las rejas del edificio legislativo, en las sillas de los bares, en el piso, en los árboles. El humo de los chorizos en las parrillas, los colores de las agrupaciones políticas, las banderas de todos los tamaños. Y le llega, a pesar de la altura, el sonido de la muchedumbre. "Nos tocan a una, respondemos todas", escucha.
Se asombra, la mariposa, cuando la multitud hace silencio ante el contundente comunicado que se leyó promediando la concentración. "Esto es una explosión", le comenta un mozo a una familia. El varoncito lleva una remera con una mano estampada, que le ocupa todo el pecho: "Basta de femicidios".
La mariposa despliega sus alas, desciende con brusquedad, y se acomoda cerquita de Ada Rico y Fabiana Túñez, dos luchadoras que vienen denunciando desde hace años la sangría cotidiana de una vida arrebatada, cruelmente, cada 31 horas. Ya las conoce, porque las acompañó en marchas con poquitas personas, cuando les gritaban que estaban locas, cuando aún la sociedad no reaccionaba ante el peor rostro de la violencia machista, esa ejecutada por varones que creen, están convencidos, que las mujeres son de su propiedad. Las ve contentas, felices, acompañadas por muchas, por muchos, que gritan el dolor, la bronca, la impotencia, pero también que se puede prevenir, se puede evitar, se puede hacer.
Se pregunta la mariposa, mientras decide dar otra una vuelta entera por la plaza, cuántas personas llegaron hasta ahí. No sabe. Lo que sí sabe es que hay 1.808 que ayer no pudieron estar. Son las que mataron desde 2008 hasta 2014. Apenas las que están registradas en ese observatorio de femicidios llamado "Marisel Zambrano", una chica que fue asesinada y la sociedad ignoró, hasta que su familia alertó. ¿Cuántas habrá como Marisel, pero que no conocemos?
A balazos. Con golpes, de puño y patadas. Usando cuchillos. Ahorcando con las manos. Prendidas fuego. Tiradas en pozos ciegos, en ríos, en alcantarillas, dentro de bolsas. En sus casas, en sus trabajos, en la calle. Violadas. Vejadas. Vulneradas. Como cosas, objetos, nada. Así murieron las que ayer no estuvieron. Las recuerda, la mariposa, y todavía más cuando ve los carteles con fotos de ellas, portados por sus madres, padres, hermanos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos...
"Están acá. Las mataron para que no existan más. Para aniquilarlas, borrar su memoria. Pero están acá. Más vivas que nunca. En toda esta gente, y volando conmigo, hoy y siempre", piensa, antes de retirarse, la mariposa.